“Charing Cross Road. (Una historia inacabada de don Quijote en el West End)”

Imagen de portada: Placa situada en el número 84 de Charing Cross Road, en el lugar donde estuvo la librería Marks&Co.
Imagen de portada: Placa situada en el número 84 de Charing Cross Road, en el lugar donde estuvo la librería Marks&Co.

Reproducimos el relato que, en forma de “(Cuasi)Pregón Literario”, fue pronunciado por el polifacético profesor, escritor y cineasta leonés Epigmenio Rodríguez con motivo de la Feria del Libro Antiguo y de Ocasión León 2015 que se puede visitar en la Plaza de San Marcelo del 9 de octubre al 1 de noviembre. De este texto, la Asociación de Libreros de Viejo y Antiguo de Castilla y León (ALVACAL) ha realizado una tirada en papel de 250 ejemplares, numerados a mano, en edición no venal.

CHARING CROSS ROAD

(Una historia inacabada de don Quijote en el West End)

 Por EPIGMENIO RODRÍGUEZ

“I do love secondhand books that open to the page some previous owner read oftenest. The day Hazlitt´s essay came he opened to “I hate to read new books”, and I hollered “Comrade!” to whoever owned it before me”.

“Me encantan los libros de segunda mano que se abren por la página que algún dueño anterior leyó más a menudo. El día que recibí el ensayo de Hazlitt, se abrió por “Odio leer libros nuevos”, y grité “¡Camarada!” a quienquiera que fuera su propietario antes que yo”.

“It looks too new and pristine ever to have been read by anyone else, but it has been: it keeps falling open at the most delightful places as the ghost of its former owner points me to things I’ve never read before.”

“Parece muy nuevo y prístino para que alguien lo haya leído, pero así ha sido: se abre una y otra vez por los sitios más encantadores, pues el espíritu de su anterior propietario me señala cosas que no he leído antes”.

Helene Hanff
84, Charing Cross Road

Noticia de última hora

El titular ocupaba toda la portada del Evening Standard.

Eran cinco palabras, sólo cinco, en letras enormes. Nada más, ni fotografías ni información adicional. Acababa de ocurrir y, con el vespertino ya en prensa, únicamente les había dado tiempo a cambiar la portada con la primera información, escueta, que había llegado a la redacción.

Dos capuccinos grandes

Cuando el periódico llegó a la calle sólo hacía una hora que él había entrado en el Starbucks. Era la primera vez que lo hacía, ni en aquél ni en ningún otro establecimiento similar. Echó una ojeada alrededor, como evaluando la escena, o ubicándose, o puede que las dos cosas. En la esquina del fondo había una mesa libre, la única entre la docena larga del local. Se dirigió a ella y se sentó de espaldas a la pared.

La posición era perfecta para verlo todo. Las personas que ocupaban las otras mesas, las que esperaban pacientemente en la cola a ser servidos, los tres camareros que se afanaban, con gestos automatizados a fuerza de repetirlos, en preparar cappuccinos, expresos y lattes.

Desde allí pareció mirarlo todo, pero en realidad no veía nada.

Transcurrieron cinco minutos. Si sus pensamientos no hubieran estado tan lejos, le habría extrañado que ningún camarero se acercara a preguntarle qué quería tomar. O se habría dado cuenta, no era tan difícil, de que allí no servían en las mesas, que la cola era la única forma de conseguir la consumición. Y, por supuesto, se habría enterado de que dos mujeres jóvenes, ambas con yihab, se habían sentado en su mesa (esa costumbre tan londinense) con sus large cappuccinos y un buen trozo de cheesecake cada una. Y habría contestado, faltaría más, tan educado él, al gesto de las mujeres con la cabeza a modo de saludo en el momento de sentarse.

Pero no. Casi coincidiendo con el instante en que ellas se acomodaban, miró el reloj. No una mirada fugaz, como hacemos normalmente, no. Sus ojos se clavaron en la aguja del segundero y, hechizado, la siguió mientras contaba mentalmente los segundos. Cuando la aguja se acercó a las doce, en el momento justo en que las mujeres compartían una risa comedida y cómplice, seguramente tras alguna confidencia pícara, respiró hondo, apretó los dientes y cerró los ojos.

La jubilación

Portada de 84, Charing Cross Road (Ed. Penguin), en la que aparece la famosa librería Marks&Co.
Portada de 84, Charing Cross Road (Ed. Penguin), en la que
aparece la famosa librería Marks&Co.

Todo había empezado con la lectura de 84, Charing Cross Road, casi un año antes. Exactamente una semana después de su jubilación, pues el libro formaba parte del paquete que sus compañeros (sabedores de su afición a la lectura) le regalaron en la fiesta de despedida.

La obra de Helene Hanff, publicada en 1970, no es sino un compendio de la correspondencia que la autora mantuvo con Mr. Frank Doel, jefe de compras de Marks&Co., una librería de segunda mano establecida en la dirección que habría de dar nombre al libro. La autora, lectora impenitente y compulsiva, había contactado por primera vez con la librería (tras descubrirla en un anuncio en la Saturday Review of Literature) en 1949, con el objeto de conseguir los libros que, por su rareza, no encontraba en la ciudad donde vivía, Nueva York. La relación epistolar se mantuvo hasta la muerte del librero, en 1968.

A nuestro hombre le fascinó la historia. La amistad que ambos llegaron a desarrollar, aún sin conocerse, a lo largo de esos casi veinte años. La relación de la escritora no sólo con Mr. Doel, sino con el resto del personal de la librería, cuyos asuntos personales y familiares llegaron a formar parte del contenido de las cartas de una manera sorprendente entre personas que nunca se habían conocido. Los envíos de regalos, y hasta de comida, que Hanff llegó a hacerles para paliar la escasez que siguió a la gran guerra. La muerte, en fin, un tanto estúpida, de Mr. Doel como consecuencia de una apendicitis, antes de que la autora pudiera viajar, como tenía planeado, a Londres para conocerlos, a él y al resto del personal de la librería.

Pero por encima de todo le fascinaron los intercam-bios acerca de los libros, singularmente los que tenían que ver con su amor compartido por los de segunda mano.

Tanto, que decidió mudarse a Londres. Viudo, sus dos hijos habiendo volado hacía tiempo (uno a Canadá y otro a Australia, nada menos), la idea le había rondado la cabeza desde hacía varios años, casi desde que su mujer se había ido para siempre. Ahora, con la jubilación, nada se lo impedía. Era consciente, claro, de que una situación económica desahogada en su pequeña ciudad del norte se transformaría en otra apurada en Londres. Pero no le importó. Vendió la casa (no era mal momento, la verdad), le envío un tercio del dinero a cada uno de los hijos y puso el otro en un fondo de inversión seguro, al menos en opinión de John, el amigo con el que había cultivado la afición del birdwatching durante toda la vida, y que trabajaba desde siempre en el Natwest.

Dos semanas más tarde ya estaba instalado en un apartamento modesto al oeste de Westminster, en Shepherds Bush. Sólo por un mes. Después, buscando la mayor cercanía posible, de manera que no le resultara necesario usar el transporte público, alquiló otro apartamento, aún más modesto, en Bateman Street, en pleno Soho. A menos de cinco minutos caminando de lo único que le interesaba.

Nunca se arrepintió. Si alguna vez tuvo alguna duda, algún leve titubeo (que no: esa facilidad de los ingleses para moverse, incluso, y casi se diría que especialmente, en la edad provecta, en busca del lugar que objetiva-mente responda mejor a sus intereses y sus gustos –y a sus posibilidades económicas–, liberados por completo de atavismos que les empujen, como un destino inevitable, al reencuentro con el lugar de su infancia), Charing Cross Road se encargó de hacerlo desaparecer a las primeras de cambio.

Por supuesto, Marks&Co, la librería del número 84, la de su admirado Mr. Doel, no existía. Ya lo sabía antes de venir –había leído también La duquesa de Bloombury Street, el libro de Hanff publicado en 1973, en el que la autora narraba su viaje, por fin, en 1971, y su melancolía al visitar la tienda, ya inerte, aunque aún no se había establecido ningún nuevo negocio en el local–. Pero aún quedaban muchas. Librerías de viejo en las que por menos de cincuenta peniques podía comprar ejemplares en pasta blanda, y por poco más de una libra los de pasta dura, le reafirmaron en lo acertado de su decisión viniendo a vivir junto a aquel paraíso. Y por si la segunda mano no fuera suficiente atractivo, estaba la especialización, sobre todo en el tramo de la calle comprendido entre la estación de metro de Leicester Square y el cruce con Shaftestbury Avenue.

Como si de un superviviente recién salido del desierto en una tienda de comida se tratara, empezó a comprar compulsivamente, hasta el punto de llegar a hacer cinco o seis viajes en el día acarreando libros a casa.

En unos meses no le cabía uno más en el apartamento. La ansiedad que le produjo el hecho de no poder comprar más (incapaz como era, al contrario que su admirada Helene Hanff, de deshacerse de uno sólo de sus tesoros –“Ordeno y limpio mis libros cada primavera, y me deshago de todos aquéllos que no voy a leer de nuevo, de la misma manera que me deshago de la ropa que no voy a volver a ponerme”, había dicho en una de sus cartas a Mr. Doel–), se sumó a la que ya le venía generando la imposibilidad de leer todo lo que compraba, por más horas que le robara al sueño.

De ese estado pareció venir a salvarle el descubrimiento, no supo muy bien cómo, del placer de leer en las propias librerías. En los bajos. Poco a poco, casi sin darse cuenta, fue dedicando más tiempo a leer allí, en aquellos rincones mágicos (tan cerca y tan lejos al mismo tiempo del mundo que circulaba a toda velocidad sólo unos metros más arriba, al otro lado del muro), donde a los placeres de la vista y el tacto (y hasta el oído, al pasar las hojas) venía a sumarse el del olfato: una mezcla embriagadora del olor a libros viejos y a humedad imposible de encontrar en ningún otro sitio.

Durante una fase corta, un par de semanas, repartió su tiempo en tres o cuatro de sus favoritas. Después, sin un motivo aparente, se estableció en una de ellas, la más pequeña y acogedora, no lejos de la esquina con Litchfield Street. El dueño, un hombre de su edad y pocas palabras, le dedicó alguna atención al principio, pero después, influido seguramente por la confianza generada tras sus meses de buen comprador, nada.

Tal llegó a ser su entrega al nuevo modo de vida, que en más de una ocasión llegó a esperar cerca de media hora en la puerta a que el librero abriera. Y a que tuviera que avisarle de que iban a cerrar.

El caballero de la triste figura

Portada de Don Quijote, edición de F. Warne&Co. Traducción de C. Jarvis.
Portada de Don Quijote, edición de
F. Warne&Co. Traducción de C. Jarvis.

Fue allí donde encontró El Quijote. Mejor dicho, donde el dueño se lo mostró el mismo día que lo adquirió, nada más sacarlo de la caja en que se lo había traído un proveedor habitual, también profesor, y también jubilado, a quien la pensión, junto con lo que sacaba de la venta, paulatina e inexorable, de su biblioteca y el resto de enseres, se le iban como el agua de una bañera sin tapón en las apuestas de las carreras de caballos.

Se trataba de una edición de la segunda mitad del XVIII (la reputada traducción de Charles Jarvis), con más de cien ilustraciones, en cuatro volúmenes encuadernados en piel, con incrustaciones doradas y en muy buen estado. Se enamoró de él a primera vista. Tras unos minutos, pocos, de tira y afloja, consiguió que el propietario se lo vendiera en trescientas cincuenta libras. Al fin y al cabo, pensó (ya había hecho lo mismo con algunos otros en media docena de ocasiones), no hay mal que por bien no venga: hacer de la necesidad virtud y cambiar cantidad por calidad. Y corresponder así, de paso, a la comprensión mostrada por el dueño en relación a sus largas estancias en el local.

Se lo llevó a casa inmediatamente. No lo había leído, de modo que, sin esperar siquiera a quitarse la chaqueta, se sentó en la butaca y se enfrascó en la vida y milagros del caballero español.

Dos días tardó en leerlo. Dos días y dos noches durante los cuales no dejó la lectura más que para ir al baño y para dar algunas cabezadas, en ninguna de las cuales llegó a dormir más de media hora seguida. Tal fue la excitación que le generó la obra del genio de Alcalá de Henares. Y tal la empatía con el protagonista, con el que, no sabía bien por qué, tanto se identificaba.

Abrazó el último volumen y caminó con él hasta la cama. Se dejó caer y, ahora sí, se quedó profundamente dormido con el libro entre los brazos. Así, en la misma postura, permaneció durante las siguientes doce horas. Se despertó hambriento como nunca lo había estado (él, que era más bien frugal y comedido en la mesa), como si el hambre de los tres días se hubiera acumulado y multiplicado por mil. Se levantó, preparó media docena de sandwiches y los devoró.

Después, ahíto, cogió el primer volumen, se sentó en la butaca y empezó a releerlo.

A los casi cinco días de lectura compulsiva le siguieron otros tantos de enfermedad. Febril hasta el borde del delirio, sobre todo por las noches, no pudo levantarse de la cama en una semana. Cuando por fin lo hizo y se sintió con fuerzas para salir de casa, con el aspecto de un cadáver andante que sólo en un lugar tan concurrido podía pasar desapercibido, se encontró con la noticia que jamás hubiera esperado.

The housing association

La librería, su librería, estaba cerrada. Y como decía una nota escueta, sin más explicaciones, para siempre.

Se frotó los ojos. No podía ser verdad. Pero lo era. Recorrió la acera sólo para comprobar que lo mismo había ocurrido con algunas otras. Con la cabeza a punto de estallar, como un boxeador completamente groggy, consiguió a duras penas llegar a casa y dejarse caer sobre la cama.

Se informó. Supo así que la housing association propietaria del bloque había subido drásticamente el alquiler de los locales, hasta el punto de hacer imposible la supervivencia de muchas de las librerías. Durante las semanas siguientes cerraron la mayoría de las que aún no lo habían hecho.

La simpatía con las housing associations, de las que conocía bien sus fines (facilitar el acceso a una vivienda digna, generalmente mediante el sistema de rentas bajas, a aquéllos que no podían acceder a ella de otra forma), le ayudó, con el paso del tiempo, que todo, o casi todo, lo puede, a superar el mal trago.

Mal que bien, enfrascado en la lectura de los muchos libros que tenía pendientes en casa, fue tirando. Salía poco. El primer día que lo hizo y se acercó a “su” calle, descubrió con horror que en el lugar de su vieja librería, la cercana a la esquina con Litchfield Street, la que le había acogido con tanta calidez, había abierto sus puertas un nuevo establecimiento.

No supo qué le pareció mayor, si su vulgaridad o su prepotencia. En todo caso, allí estaba. Un Starbucks.

Volvió a casa. Al contrario que aquella otra vez, cuando la había encontrado cerrada para siempre, estaba tranquilo. Rebuscó entre sus libros y volvió a leer 84, Charing Cross Road.

Después, por tercera vez, leyó El Quijote. Al terminar, un brillo nuevo apareció en sus ojos. Una determinación sin medida, como no la recordaba, se había apoderado de su cabeza y su corazón.

Alea jacta est

Los preparativos le llevaron casi dos meses. Cuando todo estuvo listo, también él, salió del apartamento y se dirigió al Starbucks, no sin antes (lo último que hizo en la casa) acariciar durante un buen rato la portada de los dos libros con los que había dormido las últimas semanas, y que aún estaban encima de la cama.

Salió. En su cabeza, sin la más mínima duda, anidaba la seguridad de que iba a hacer lo que debía, y que, al contrario que don Quijote en su lucha con los molinos, él no iba a fracasar.

Al llegar al establecimiento se detuvo un momento frente a la puerta y cerró los ojos. Pero no titubeó. Simplemente recordó una vez más al caballero de la triste figura. Haría lo que tenía que hacer, y lo haría sólo cinco minutos más tarde. Respiró hondo, abrió los ojos y entró en el Starbucks.

Don Quijote se enfrenta a los molinos de viento. Ilustración de Gustave Doré. 1860.
Don Quijote se enfrenta a los molinos de viento. Ilustración de Gustave Doré. 1860.

“La ventura va guiando nuestras cosas mejor de lo que acertáramos a desear; porque ves allí, amigo Sancho Panza, donde se descubren treinta o pocos más desaforados gigantes, con quien pienso hacer batalla y quitarles a todos las vidas, con cuyos despojos comenzaremos a enriquecer, que esta es buena guerra, y es gran servicio de Dios quitar tan mala simiente de sobre la faz de la tierra.

“Fortune is arranging matters for us better than we could have shaped our desires ourselves, for look there, friend Sancho Panza, where thirty or more monstrous giants present themselves, all of whom I mean to engage in battle and slay, and with whose spoils we shall begin to make our fortunes; for this is righteous warfare, and it is God´s good service to sweep so evil a breed from the face of the earth”.

Miguel de Cervantes
Don Quijote de la Mancha
CAPÍTULO VIII – Del buen suceso que el valeroso don Quijote
tuvo en la espantable y jamás imaginada aventurade los molinos
de viento, con otros sucesos dignos de felice recordación.

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