Alberto R. Torices / “Sacrificio”, una novela corta de amor y culpa

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Le pedimos a Alberto R. Torices el texto que leyó en la presentación de “Sacrificio” —la obra con la que ganó el Premio de Novela Corta Fundación Monteleón, recién editada por Gadir— el pasado 8 de enero de 2016 en el Gran Café de León. Y nos envía esto:

Por ALBERTO R. TORICES

Queridos amigos, me dicen desde Tam-Tam Press que les gustaría publicar aquí mi presentación de «Sacrificio», pero en realidad al que le gustaría es a mí… Literariamente, lo que sigue no vale nada pero me permite compartir algunas cosas importantes para mí, asuntos que explican la génesis de esta obra, por ejemplo, o mi desaparición durante estos últimos años, así como sentirme un poco menos inseguro en el ‘regreso al pasado’ que es la publicación de este manuscrito. La invitación de Tam-Tam Press también me brinda la oportunidad de daros las gracias a los que acudisteis al acto de presentación, y lo hicisteis tan bonito, tan amoroso y colmado… Yo no he ido a presentaciones durante mucho tiempo, y ahora veo que venís todos a la mía. No me lo merezco… pero GRACIAS, a los que estuvisteis físicamente, a los que estuvisteis de otras maneras, a los que habéis contribuido a divulgarlo, a Héctor y a Natalia que me flanquearon en la mesa, a los que os habéis alegrado conmigo en estos últimos días y semanas… Ahora tengo miedo, me parece que esta novelita no va a estar a la altura de vuestro interés, ay, lo cierto es que yo mismo tendría unas cuantas apelaciones y críticas que hacerle al autor, todo es inseguridad cuando se escribe…

1. Un poco de historia, con minúscula

La publicación de esta novela pone fin a un tiempo de silencio y aislamiento que ni yo mismo sabría decir cuándo empezó. No ha sido corto, eso sí, o por lo menos a mí no se me ha hecho corto… En 2007 me mudé con mi familia al pueblo en el que vivo, Valdefresno; en 2009 apareció Los sueños apócrifos, mi libro anterior a este; y poco después, en 2010, puse fin a mi condición de miembro activo del Club Cultural Leteo, interrumpiendo las tareas de edición y organización de actividades culturales en las que venía colaborando con Rafael Saravia, Nacho Abad, Yago Ferreiro, Miguel Paz, Sergio Santa Cruz… y el resto de los escritores que fueron mi grupo, mi escuela y mi salvación durante los años que compartí proyecto con ellos. Estos tres hitos, junto con otras circunstancias quizá más difusas y menos visibles, anunciaban este período de aislamiento y crisis —una palabra que ya es tan mía como mis propio apellido— en el que me sumí en los años posteriores, y que no casualmente tuvo su ecuador y punto álgido en la marca de los cuarenta años, que llegaron hasta mí y me pasaron por encima como cuarenta caballos salvajes. En este tiempo incluso mi relación con la escritura se vio en entredicho y, dado como soy a los desdobles y a la imaginería esquizoide, me vi a mí mismo acariciando obsesiva y tiernamente la idea de dejar la literatura; de dejarla como se deja un vicio o una manía, una mala costumbre que está arruinando nuestra vida y abortando nuestras posibilidades de ser felices. Acaricié la idea de dejar de escribir igual que acaricié durante años la idea de dejar de fumar. Y en efecto, a los 40 dejé de fumar, hasta el día de hoy sin recaídas. También dejé la escritura, que un poco como el tabaco me envenenaba y arruinaba mi bienestar y el de los que me rodeaban. Pero con la escritura sí recaí, mi fuerza de voluntad no fue tan poderosa como para imponerse a esta dependencia. De hecho, durante el corto tiempo en el que “oficialmente” dejé de escribir, lo hacía un poco a escondidas, secreta y disimuladamente. Algo patético, muy ridículo, porque para dejar de escribir y considerarme un ex-escritor, y dejar constancia explícita de ello y creérmelo, lo que hacía era escribir un montón de páginas contando justamente eso, que ya no escribía, que felizmente ya lo había dejado, que ya había superado mi vicio y mi dependencia y cogía otro folio e insistía: ya lo he dejado, en serio, ya no escribo más…

Lo cierto es que en todos estos años no han dejado de acumularse los manuscritos en mi cajón, hasta el punto de que puedo decirles a mis herederos que si me alcanza la Parca a una hora temprana, podrán administrar mi legado al ritmo de una publicación al año o cada dos hasta que alcancen la mayoría de edad y puedan valerse por sí mismos…

Lo importante de todo esto, lo que quiero decir, es que la escritura puede ser una vía de conocimiento y de auto-conocimiento, de construcción y auto-construcción; puede ser la mejor aportación de un individuo a su grupo o comunidad, al tiempo que la estrategia para madurar y perfeccionarse a nivel personal. Puede ser eso y debería serlo, pero también puede ser y a menudo es una vía de escape, una fuga de la realidad personal y la mejor manera de desentenderse de la realidad social; puede ser, y a menudo es, una manera de restar y empequeñecerse, y hacerse cada vez más inmaduro e irresponsable. En esta disyuntiva, uno puede creer convencida y muy equivocadamente que se halla a un lado cuando está al otro, y en esta disyuntiva me he visto yo en los últimos años, y me sigo viendo, me sigo cuestionando, aunque por suerte la situación ya no es tan dolorosa, o tan «crítica», como lo fue en su momento.

Dicho esto, se entenderá que para mí resulte extraño, en un primer momento, y muy revelador, después, regresar a la arena literaria con un trabajo que me devuelve al momento anterior a este tiempo de desórdenes y avatares. Después de caer en la casilla del pozo o crisis, y esperar varios turnos sin tirar, caigo en otra que me devuelve a una vuelta anterior de esta andadura. La primera redacción de este manuscrito tuvo lugar en el verano de 2007; desde entonces hasta hoy ha habido capas de reescritura y sucesivas correcciones, y si ahora se publica es porque me ha sonreído la fortuna, por supuesto, pero también porque he seguido buscando oportunidades para esta historia, porque en el caso de este relato no me he resignado a abandonarlo en el cajón.

Celebro con muchísima alegría que finalmente el manuscrito haya encontrado su oportunidad, y aún más lo celebraría si este re-inicio albergara la posibilidad de ir liberando y desahogando progresiva y ordenadamente el cajón…

Sacrificio es un texto especialmente sentido, especialmente íntimo y personal. Pero al mismo tiempo me perturba y descoloca este salto atrás y lo que este libro tiene de reaparición de un escritor que fui hace años, bastantes años, y en el que ya sólo me reconozco (o quiero reconocerme) parcialmente.

Pero estos han sido los hados, así han dispuesto los dioses que sucedan las cosas, y lo mejor que podemos hacer los mortales es aprender a fluir con la corriente que nos lleva.

El Gran Café de León durante la presentación de la novela. © Fotografía: Vicente García.
El Gran Café de León durante la presentación de la novela. © Fotografía: Vicente García.

2. Una novela “corta”

Decía que la primera escritura de esta historia tuvo lugar en el verano del 2007, en un tiempo de particular efervescencia creativa. Aquel verano yo trabajaba en el Centro Nuestra Sra. del Valle, y hubo una semana en la que se me asignó turno de noches. Siete noches seguidas velando el sueño de otros, haciendo rondas y buscando el mejor modo de sortear las horas de la noche hasta llegar al buen puerto del alba. Aquella semana en particular, no sé por qué, lo que hice fue básicamente escribir, cosa que a mí mismo me sorprende, porque yo no soy un escritor nocturno. Pero algo pasó, algo me pasó y cada noche me traía el regalo feliz de una nueva historia cuyo primer borrador yo pergeñaba atropelladamente, tratando de seguir el curso de una historia que salía de mi cabeza más rápido de lo que podía plasmarla mi mano. Siete noches, siete historias (o por lo menos cinco o seis…) concebidas según el ideal kafkiano que establece como trance creativo más deseable aquel que comienza cuando los demás duermen, y termina cuando los demás despiertan, como si la escritura fuera un acto bochornoso e inconfesable, una práctica que conviene ocultar y preservar del conocimiento ajeno. De aquel turno de noches salí agotado y feliz, con mis papeles bajo el brazo y una agradable sensación de agotamiento y deber cumplido

El resto de aquellas historias fueron y son cuentos que andan por ahí, en el cajón o no mucho más lejos, pero esta en particular siguió pidiendo páginas y horas hasta convertirse en esto que veis.

Ciertamente, uno puede decidirse a escribir cuentos y, con trabajo y un poco de suerte, escribe cuentos; del mismo modo, uno puede decidirse a escribir novelas, y con más trabajo y más suerte, escribe novelas. Pero uno no decide escribir “novelas cortas”, yo al menos nunca lo he decidido y llevo varias. Quiero decir que en este género hay un extra, un plus que no depende ni del escritor ni de los mismísimos dioses que nos sonríen o nos boicotean, que nos retienen o nos permiten avanzar como a desacarriados odiseos. Es algo que sólo depende de sí mismo y de su soberana voluntad de manifestarse o no; es misterioso, indefinible, ingobernable. Esto que por torpeza e incapacidad llamamos novela corta, que con la misma torpeza y la misma incapacidad podríamos llamar relato largo, es a mi entender un fenómeno de una entidad difícil de aprehender, imposible de dominar; es algo que se impone y decide el cuándo y el quién, el cómo y el hasta dónde. Pero en esa condición inasible y en esa frágil naturaleza está su particular encanto, su grandeza y, si no es mucho decir, su delicada superioridad. Delicadas, inasibles e insuperables son obras como Los muertos de James Joyce, el Relato soñado de Arthur Schnitlzer, El balneario de Carmen Martín Gaite, Aura de Carlos Fuentes o, más próxima a nuestro tiempo, El ruletista de Mircea Cartarescu. Y todas ellas, junto a otras muchas de su misma especie, confirman el prodigio delicado y el misterio intangible que es eso que, incapaces de acertar con las palabras, llamamos novela corta. Muy humildemente, pero honrado y feliz, sumo a esa gloriosa nómina mi obrita modesta y afortunada, que corre tras ellas como el cordero retozón tras la solemne manada.

El Gran Café de León durante la presentación de la novela. © Fotografía: Vicente García.
El Gran Café de León durante la presentación de la novela. © Fotografía: Vicente García.

3. “Sacrificio”

Ya he dicho que es una novela que narra un intento de redención, la necesidad de expiar una vieja falta y borrar la mancha de la culpa. La culpa, la culpa, la culpa… Siempre la culpa, de qué seremos tan profunda, tan incurablemente culpables. La culpa se agarra a nuestra entraña como un alien, se trepa a nuestra chepa y crece, engorda, nos aplasta cada día un poco más. Esa culpa que mancha y pesa, que tanto cuesta limpiar y soltar. Esta es una novela muy propia de un hombre que fue niño tardofranquista y adolescente internado en un seminario, y después joven romántico y prófugo, y finalmente adulto retornado, inseguro y sindiós, con un largo expediente de cuentas íntimas que saldar.

Es también, y termino, una novela de adolescentes, esas pobres, turbulentas, agobiadas criaturas que fuimos todos y quizá seguimos siendo un poco. En Sacrificio hay un adolescente, o preadolescente, que es un alter ego mío, claro, y paradigma, me parece, de esos dolorosos tránsitos vitales que consisten en renunciar a las pocas seguridades que teníamos para aventurarnos en lo puramente desconocido. Hablo, básicamente, de emociones.

En cuanto a la carga moral de la novela, que no es poca, sólo decir que yo quisiera escribir siempre novelas morales (que no moralizantes), esto es: novelas cuyo núcleo duro sea el viejo enfrentamiento entre el bien y el mal, una refriega que tiene lugar antes que en ningún otro sitio en nuestro interior, y que nos impele ante todo a discernir qué es qué y posicionarnos de un lado o de otro. Una batalla tan vieja como la especie, en la que los «daños colaterales» de nuestros desatinos resultan particularmente sangrantes, como en el caso de esta historia.

Pero es igualmente una novela de amor, y yo también quisiera escribir siempre novelas de amor y sólo novelas de amor, porque el amor es el asunto más profundamente moral, porque en el amor la culpa halla uno de sus mejores caldos de cultivo, porque nada como el amor para novelar, no digamos ya para vivir.

GRACIAS

Información relacionada:

Héctor Escobar, Alberto R. Torices y Natalia Álvarez en la presentación. © Fotografía: Vicente García.
Héctor Escobar, Alberto R. Torices y Natalia Álvarez en la presentación. © Fotografía: Vicente García.

1 Comment

  1. ¡Qué bonito lo habéis puesto! Gracias por la invitación, Eloísa. Y gracias por las fotos, Vicente. Y gracias por existir, Tam-Tam…

    Alberto

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