Tarde de sábado en la Gran Vía

Gran Vía de Madrid. / Wikipedia.

Gran Vía de Madrid. / Wikipedia.

“…Así es como iremos, poco a poco, haciéndonos al inédito formato de los establecimientos comerciales, no importa la materia de que se ocupen, que se reducirán en breve a dos únicos tipos: el lujo (junto al gran lujo) frente al saldo, la franquicia, el rastro, el outlet y la segunda mano”.

Por IGNACIO FERNÁNDEZ HERRERO

Durante el siglo XX el comercio internacional persiguió en vano su máxima liberalización, pero sólo conquistó una sopa de letras y una serie de sucesivas rondas de negociación. Fueron los tiempos de interminables conversaciones en La Habana, Marrakech, Annecy, Torquay, Tokio, Punta del Este, Montreal, Bruselas y Doha. Fueron así mismo los tiempos del GATT (Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio) y, finalmente, de la OMC (Organización Mundial del Comercio). Eso si, con todo ese ir y venir se sentaron las bases de lo que ya en el siglo XXI es el paso decisivo hacia la ansiada liberalización en forma de siglas todavía más incomprensibles, las de los Tratados de Libre Comercio, ahora de tipo regional o bilateral: ALCA, TLCAN/NAFTA, APTA o el que se cierne sobre nuestras cabezas TTIP.

Naturalmente, nadie piensa en todo esto, ni falta que hace, mientras deambula una tarde de sábado por la Gran Vía madrileña. No, el paseante ignora ese contexto prediseñado por los opacos poderes multinacionales y, aturdido por el guirigay, se limita sencillamente a observar y asombrarse por esa ceremonia de lo irreal y por ese frenesí de consumo. No obstante, en medio de la confusión recuerda algo que leyó no sabe bien cuándo ni donde, algo sobe el neuromarketing que guía los movimientos de esa masa amorfa de compradores/espectadores y una frase de un periódico que firmaba un tal Luis Grau: “nuestro mundo funciona a base de crear necesidades ilusorias, agotarlas pronto y concebir velozmente otras nuevas para sucederlas”. Uno de los ejes de esa estrategia coincide en el mapa precisamente con este enclave madrileño, aunque toda la ciudad, como otras de referencia mundial, es una auténtica capital del shopping, el puerto de entrada de los flagship store de las marcas de moda.

Nadie, ni siquiera el paseante escéptico, se pregunta “¿cuánto es suficiente?”, tal y como le gustaría a María Novo, la catedrática de Educación Ambiental y Desarrollo Sostenible. No, lo que dirige el peregrinar de las gentes son los consejos de los nuevos predicadores: “debes quererte más, darte más gustos, cuidarte más”, como advierte Adela Cortina, otra catedrática de Ética y Filosofía Política. Porque el consumidor de la edad poscontemporánea sabe bien que nada es para siempre, ni un abrigo, ni un trabajo, ni una vivienda, ni una pareja, ni una religión. Por el contrario, todo es tan efímero que quienes entran y salen del reino de la cadena irlandesa en boga, 15.000 metros cuadrados en el número 32 de la Gran Vía, sólo se pondrán aquello que han comprado una media de 0’9 veces. Es decir: no importa tanto lo adquirido como el hecho de formar parte de esa nueva liturgia social masiva del consumo low cost.

Costumbre y obligación en cualquier caso, se trate del black friday, de los ocho días de oro o de las periclitadas rebajas de enero, a todo se nos acostumbra y se nos obliga, dos términos casi sinónimos en esto del comercio. Así es como iremos, poco a poco, haciéndonos al inédito formato de los establecimientos comerciales, no importa la materia de que se ocupen, que se reducirán en breve a dos únicos tipos: el lujo (junto al gran lujo) frente al saldo, la franquicia, el rastro, el outlet y la segunda mano. Ni huella de otros establecimientos intermedios con los que estábamos familiarizados, donde se conjugaban calidad, buen trato y precios aceptables. No existirán más. También del ámbito del comercio se enseñoreará la desigualdad como norma general que habrá de presidir nuestro ser y nuestro estar en los tiempos venideros, TTIP mediante. O casi ya en los presentes, como se puede observar una tarde de sábado en la Gran Vía.

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