Querido diario (70)

© Ilustración: Avelino Fierro.

© Ilustración: Avelino Fierro.

¿Cómo se escribe un diario? Digan lo que digan los nebulosos componentes del grupo casi secreto de “Manual de Ultramarinos” (que alguno hasta ha sido capaz de recomendar al autor a través de terceros que lo haga mejor a la manera de Trapiello), uno escribe como quiere. En palabras de Piglia: “Escribir un diario es establecer una pausa, una temporalidad propia, definida por las anotaciones cronológicas. Escribir el día es el único signo formal que identifica a un diario”. Y eso, precisamente, es lo que intenta hacer el autor… Eso sí, a su manera.

Por AVELINO FIERRO

Y resultó que mientras yo hacía señas a Chisco para que rellenara los vasos, mi acompañante dijo: “Estuve con alguien de Manual de Ultramarinos, te lee, le gusta, pero dice que mejor si lo hicieras a la manera de Trapiello, con menos citas y nombres, que insistas más en lo de tus paseos, que escribas sobre el día a día, lo que te pasa. Como esto de ahora mismo”. “Esto” era que llegaba al bar un grupo de japonesas exaltadas, jóvenes, yo creo que excursionistas por los caminos del románico, y fue como estar de repente en un centro de interpretación, en un humedal de aves exóticas, de sonidos y ademanes distintos, de óvalos y pieles diferentes. Afuera no se divisaba una llanura de arrozales; sólo el viento del norte agitaba el toldo y arrastraba la lluvia por la acera sucia y gris, llena de caries. No pasaba nada más, no sé si eso era novelable, siquiera reseñable.

Aquella recomendación en la que Manilla hacía de intermediario ha vuelto a incordiarme. Esa opinión de un tipo de los del Manual, esos tenderos de papeles viejos, ropavejeros del alma de las letras descarriadas, buscones por los desmontes y desvanes de la literatura, estuvo hurgándome. Quizá porque no sé nada apenas de ese anónimo lector y bien poco de ese grupo, que publica revistas mínimas y cuadernillos inencontrables. Alguien –y no recuerdo quién: todo esto del Manual está en una zona tomada permanentemente por las nieblas– me apuntó un día una dirección de correo electrónico a la que escribí y no tuve respuesta. Pero sin duda existe, porque la computadora no me avisó de que podía ser errónea. Se componía de dos palabras, una de ellas, Malabia, como esa calle de Buenos Aires por la que el personaje de los Diarios de Piglia, Renzi, dice oír a un paseante que habla por el móvil y detalla sus coordenadas, “como suelen decir ahora los imbéciles para certificar que están en un lugar”.

Me gustaría darle gusto al recomendante del que me hablaba M. “Todos en ese grupo, me decía, deben de ser muy raros y muy lectores”. Una frase como esa a mí me sedujo, tiene un erotismo innegable, un aire de melancolía, la atracción del canto de las sirenas de los abismos inciertos. La música era hermosa, no tanto la letra a mí destinada: “Escribir sobre lo que, día a día, te pasa”.

El encargo no es fácil. Líneas arriba lo he incumplido, al citar –en una asociación literal bastante estúpida– la calle bonaerense y el nombre de un autor, de un libro, de su personaje. No puedo escribir de otra forma, soy un lector, alguien corrompido por la literatura. Como dice Piglia de la manera de narrar de Borges, en ese mismo libro –un diario de juventud–, una mínima reconstrucción bibliográfica desemboca en un mundo paralelo, la historia que se arma con exactitud cronométrica se mezcla, cae en el vacío, en la irrealidad, en el sueño. Mi procedimiento quiere ser parecido, pero diríamos que quiere funcionar de manera inversa. Y es mucho más ramplón, lo sé. Además, yo no trato de fabular. Las anotaciones de un diario tienen que estar pintadas de verosimilitud –y hasta de terca y grosera realidad– y lo único que las lleva a vivir una doble vida, a caer en la ensoñación, es el estar acompañadas por las citas de los maestros.

Las citas llenan mis días y mi escritura de las vidas de los otros, y le dan cierto lustre, a veces casi fulgor. Son como aquellas frutas tropicales llegadas de las colonias que a veces de niños nos sorprendían en el mostrador de la vieja tienda de ultramarinos, luces de color entre la carbonilla que llena el aire del manual de la rutina, de los días que se repiten. Ese describir lo que pasa a cada instante, anotarlo todo… No conozco los diarios de Thomas Mann. He leído que son algo así: en ellos están sus visitas al médico, al dentista y al pedicuro; los regalos, las medicinas y el tabaco. Lo efímero, las nimiedades. La cuenta detallada de honorarios, porcentajes, adelantos, rentabilidades. Lo que leía y la música que escuchaba. Mann exigía para ello el mayor silencio, todos los vecinos de la casa lo asumían. “El Mago trabaja”, decían.

Esto del silencio lo he leído yo en uno de los diarios de Jiménez Lozano, Los cuadernos de Rembrandt. Y me parece bien para hilvanar un diálogo entre Naphta y Settembrini. Pero excesivo para anotar que tu editor te emite un talón por importe de 237,45 marcos. Y aunque reconozco que hay días que la casualidad colma de más incidencias que otros –como el de anteayer, en que después de trabajar todos los días navideños unas veinticinco horas diarias, tomé libre media mañana y hasta anoté coordenadas pensando en el encargo, en este recado de escribir de otra manera–, mis horas neutras de a diario no dan para que nazca una semblanza interesante o encopetada, más bien saldría algo con la redecilla y los rulos puestos.

A primera hora vi a Li dormida en la cama grande. Son días de vacaciones escolares. Junto a ella está Coneji, y en el suelo, para evitar que se dañe si le diera por caer de un sueño sobresaltado, ese perro grande que no sé cómo se llama. En la estantería de al lado siento bullir los versos de “Mirándola dormir”, de Homero Aridjis.

Voy a la habitación alta y ordeno la mesa de escribir. Veo que en el libro de Piglia he subrayado un párrafo que quiere darles la razón a mis anónimos amigos: “El tono de la prosa de estos cuadernos deriva del acto de escribir conscientemente. No hay preparación, súbitamente uno se sienta y escribe unas palabras sobre algo que ha sucedido o que recuerda o sobre algo que ha pensado, todo sucede en medio de la vida y de la acción. Escribir un diario es establecer una pausa, una temporalidad propia, definida por las anotaciones cronológicas. Escribir el día es el único signo formal que identifica a un diario”.

Veo también la nota que me recuerda que tengo que recoger la impresora. Bajo al garaje y voy a Patho Informática. Vuelvo con ella y con un cable para enchufar a él mi maltrecho móvil Bic, que necesita de algún suero que lo nutra y salve de la vejera. Voy caminando luego al Popular y compruebo que la macroeconomía y los chinos siguen mermando mis parcos ahorros. Cerca de la basílica, encuentro a Álex Sáenz de Miera. Miramos el cielo prístino de esta mañana de invierno, y hablamos de Smartphones. Él tiene todavía el primero que llegó a la ciudad, recién salido desde Nueva York. Lo muestra, ya carcomido, como esas caras de muertos vivientes que vemos en la noche de Halloween. No tiene Whatsapp.

Bajo la cuesta de San Isidoro, hasta la librería de Paco. Llegaron los libros de Llop, Steiner y Christensen. Beso a Marta E. Tomo café con Héctor. Y subo a las oficinas de La Crónica buscando un ejemplar del 16 de diciembre, en el que hay una breve nota sobre la presentación de Ciudad de sombra. Entiendo que la doble página deba ocuparla Gustavo Bueno, que ese mismo día da una conferencia en el edificio de al lado. Yo mismo se lo advertí a varios amigos: “No perdáis el tiempo conmigo, que ya tendremos ocasión de vernos y hablar. Está G.B. en el Instituto”. Encuentro a Otegui, que dice que está leyendo muy despacio mi libro y tomando notas, y que ya me contará. Eso me inquieta un poco. Beso a Juana, la sobrina de Emiliano, posiblemente la chica más guapa del centro de la ciudad. Compro un cartucho de tinta y al pagarlo pienso thomasmannianamente. Cerca del puente Teresa S. M. me para, me abraza, me felicita por lo estupendo que salió y lo que bailó en el guateque del Cuervo que amenizamos Edu y yo con vinilos españoles de la época de nuestra juventud.

A las 12,35 tecleo en Google Manual de Ultramarinos. Querámoslo o no (que no lo queremos), los buscadores digitales son un atajo que está acabando con todos los Sherlocks y detectives. Quizá la añoranza de lo oculto, de resolver los intríngulis con algo de razonamiento deductivo (esa grandeza del intelecto que se demuestra por su dedicación a cosas menores en lugar de a grandes cosas, esa especie de poesía descabellada de lo vulgar, que decía Chesterton) es el motivo de la moda de las novelas negras. En fin, el caso es que pinché en el primer link y allí estaban mi Querido diario 69, un poema demediado de mi amigo M. y una copia del artículo de Javier Tomé sobre mi libro.

Esto me decepcionó un poco. Resulta que los clandestinos estaban a la vista del mundo. Aunque seguía alentando algo de misterio en aquellos nombres –Larsen, Malabia, Karbajc– que habían dado con un montón de libros viejos, o con un artículo amarillento sobre un escritor olvidado… No, no se estaba tan mal allí. En aquella pantalla del ordenador, en aquella corrala virtual. Era lo más parecido que podemos tener hoy, cien años después, al Café de la Luna madrileño, en el que se reunían los bohemios miembros de la Cofradía de la Pirueta: Dorio de Gádex, José de Seijas, el señor de Montalbán, Pedro Luis de Gálvez, Ildefonso Segundo Uriarte de Pujana. Y, bien pensado, no estaba de más ese anclaje a la realidad, no fuera a sucederles lo mismo que a Pessoa, que de tanto organizar su vida de modo que fuera un misterio para los demás, acabó reconociendo que se había vuelto para sí mismo una individualidad no del todo clara y nítida.

A las 12,30, el tintineo de la pantalla avisa de que ha llegado un correo electrónico. Julio Ll., que me pide que repase tascas y tabernas –yo creo que tiene más números el Cuervo– en busca de un jersey viejo, marrón, que ya hizo bolas. A las 12,45 viene otro de Marta Sanz, acusando recibo de la llegada de mi libro. Marta, tan sonriente y farandulera en ese dibujo que le hace en El País Fernando Vicente.

A las 12,50 cambia la luz, el día vira al gris y unas gotas gruesas empiezan a golpear los cristales. A las 14,05 miro el teléfono de la guardia, extrañamente tranquilo; veo que la batería está cargada al 69%; por lo visto este es mi número sugestivo de la mañana. De 14 a 14,30 leo con calma un escrito de calificación acusatoria sobre una banda de traficantes de carne agusanada. Busqué –y no la hallé– la erótica hasta más de las 15,30 en un sinfín de contestaciones a la demanda, escritos de apelación y atestados.

Tomé un vermú chiquito en La Trébede y, gracias a que no encontré a ningún conocido y pude evitar un más que posible café torero, caminé de vuelta a casa. Había dejado de llover. En la esquina de Federico Echevarría volví a ver al grandullón desnortado que miraba fijamente la puerta clausurada de la floristería, llena de carteles. Miraba sin ver, allí no había nada. El trozo más grande era una parte despegada a tiras de la cara de un candidato en las últimas elecciones. O quizá vería, como Leonardo en las manchas de humedad de la pared, batallas navales y mundos secretos.

En casa no estuve ni cinco minutos. Tomé un sorbo de consomé y una croqueta, porque el papelito que estaba bajo la estatuilla de Tintín –mi tablón de anuncios de lo urgente– me recordó que tenía dentista a las cuatro. De allí salí, una hora después, con un implante de diez por cinco. Pensé de nuevo thomasmannianamente –algo que no acostumbro– al pedir la cuenta. De vuelta a casa sorbí unos Nolotiles. Y volví a la sala de la vieja estación de vía estrecha para ver la exposición del dibujante de La Crónica. Me entristecí al ver la ilustración sobre López, que sigue secuestrado en los alrededores de Alepo.

De allí, a la presentación del libro de Alberto. El local estaba lleno. Tras la mesa del autor lucían los cortinones brillantes de lamé rojo, recuerdo de aquellos tiempos en que el local se dedicaba a espectáculos eróticos y despedidas de solteras. Hubo un momento en que Alberto parecía también querer desnudarse literariamente y estuve en un tris de levantarme, ir hacía él y tirarle de la manga. Ese tono confesional que utiliza, y la presencia a su lado de Natalia, la profesora que desmenuzaría el libro, tremendamente embarazada, hacía que se respirase un aire viciado, reinaba un sopor como el de una larga sobremesa familiar. Tan de tiempo detenido y entrañable era el momento, que alguien que estaba de pie, detrás de mí, dibujó unos círculos con su dedo en mi coronilla. En otro lugar –no creo que tuviera la necesaria confianza para ello– no se hubiera atrevido. Pero el ambiente era de paños bordados sobre las mesas bajas del salón, de recibidor decimonónico, de mesa camilla. No he leído la novela; una novela corta, un cuento que se estira, una nouvelle. Un narrador en tercera persona que habla de un protagonista adolescente. Al parecer, en las últimas páginas, el narrador es ese chico y se descifra algún secreto.

A la salida, las conversaciones se agolpaban. Acompañamos a José Luis Avello hasta la zona de San Isidoro. De allí, al Cuervo, donde Manolo y Piedi hablaban de la última novela de Óscar, mediado el segundo gintonic. Fue llegando el resto de la pandilla. Recuerdo que era muy tarde cuando volvíamos a casa. Que reparamos en una calle oscura, con una farola tocada de anemia. La ciudad que bullía, ahora era solo sombra. Nos quedamos un buen rato escuchando aquel silencio. Llovía de nuevo. Y en los charcos de la calle vieja habían dejado de reflejarse las estrellas.

  1. la comentarista secreta

    Parece que la respuesta al escrito de Avelino no se ha hecho esperar:

    MALQUERIDO DIARIO

    Este escritor debería saber que es grave error coger la mala crítica, dicha en el viento o en el espeso aire, y pasarla a tinta escrita pensando así en rebatirla. Lo que se logra, qué duda cabe, es amplificarla. Tal vez lo hace por jugar a ser ese otro que a nosotros nos place tanto, ese diarista que en perderse se hace. De todas formas pensamos que no es por hacer carrera literaria por lo que se mueve usted sino por una pasión, pero que esta pasión está descompensada. No ha de ver en nuestro consejo ataque y no, señor mío, no se escribe como se quiere sino como se es. La cita no es nada si no convence sea de Piglia o de Perico los Palotes, cambie Pligia por Perico los Palotes y verá que lo que dice es una simpleza. Nosotros no nos plegamos a los cánones porque estamos en el estercolero del tiempo donde todos los Piglias del mundo se tumefactan.
    De su ingenuidad adorable y su bonhomía literaria no nos cabe duda, no tendría cuenta entretenimiento tan grande en ser pedante. Algo de su retrato dio el que tanto nos place en alguno de los salones de los pasos perdidos en página ilocalizable. Nosotros de los libros lo sabemos todo.
    Quizá sea esta apreciación de estos lectores salvajes más buena y más sana que las alabanzas todas y seamos, fíjese usted, los ultramarinos más hermanos suyos en el leer que los otros en el callar.
    Pero de la cosa que más nos dolemos los ultramarinos de las que usted ha dicho de nosotros es de que nos llame casi secretos o pocos secretos, cómo si en el fondo desease que fuésemos secretos del todo o, incluso, que desapareciésemos y, por supuesto, que no sacásemos el hocico para poner un poco de pero a sus letras. Como si en nuestro apartamiento se nos pudiera exigir el todo del nada de los otros.

    [Los Ultramarinos]

    http://manualdeultramarinos.blogspot.com.es/2016/01/malquerido-diario.html

  2. José Luna Borge

    Creo, y así lo he dicho en otras ocasiones, que el único argumento de todo diario quizá sea el cronológico, el día a día; en un diario no cabe otro.
    Veo que despejas el secreto de las iniciales en negrita y dotas de historia nominal a esos nombres sin historia, creo que así está mejor pues de esta manera esas personas dejan de ser anónimas y entran a formar parte de la red más o menos tupida y remendada que el diarista echa a diairo en las cambiantes aguas de su entorno.
    Enhorabuena, Avelino, un diario nunca contenta a todos y esa es su esencia; el gusto no puede ser de todo el mundo, lo es sólo y principalmente del diarista.

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