
El fotógrafo José Ramón Vega y el poeta Víctor M. Díez continúan con su original sección creativa para TAM TAM PRESS. Se titula “CANCAMUSA” y tiene periodicidad mensual. Cancamusa es un término utilizado, con frecuencia, en el mundo de la magia y que viene a significar: dicho o hecho con que se pretende desorientar a alguien para que no advierta el engaño de que va a ser objeto. El mecanismo de la sección consiste en la propuesta, por parte de Vega, de tres de sus fotos, en principio, inconexas entre sí, sobre las que Víctor M. Díez debe escribir, improvisar, armonizar un texto que cree un trampantojo poético. Nada por aquí, nada por allá. Sin trampa ni cartón. ¿Dónde está la bolita?
Aquí va la décimo sexta entrega:
Atrapadas
Fotografías: JOSÉ RAMÓN VEGA
Texto: VÍCTOR M. DÍEZ
CANCAMUSA (Marzo 2016)

Atrapadas están las especias tras el esmeril del vidrio. Un jardín vertical de promesas para el gusto: los condimentos, las salsas, las harinas y tempuras. La sinfonía opaca de tarros, botes y botellas es tan serena que juega a integrar reflejos de ramas de árbol en los envases, con la naturalidad del entomólogo. Hay un orden clásico encriptado, que juega con las simetrías y deja intuir los aromas de los currys, las pimientas y el cilantro. El cocinero o la cocinera son científicos en su laboratorio, pero tienen su especiero en un altar que invita al ritual mágico que transforma lo crudo en lo cocido. Todo espera un fuego. Se intuyen etiquetas al otro lado, por eso nos maliciamos de no estar invitados al banquete. Escuchamos desde fuera el aria, como Carpantas hambrientos a los que no sacia tanta belleza estática. Parece una naturaleza muerta esta hornacina, una vitrina contemplada con los ojos de un animal doméstico, al que no dejasen abrir la caja nunca tan fuerte del deseo. Saliva va y los cuarenta sabores. Ábrete sésamo.

Atrapada está la bicicleta en el puro adorno, en la quietud escultórica. Pero se niega a lo intransitivo del momento, con su enorme portabultos y su lujosos timbre, que parecen un grito de Galileo: Eppur si muove. Hay también un beso entre las flores. Entre las de dentro y las de afuera. En el vinilo traslúcido que parchea la luna del escaparate, hay viñetas de pequeñas figuras que luchan entre las manchas abstractas y mangas de peatón callejeando. El paño vidrioso muestra, como en una radiografía, los intestinos de la fachada urbana que queda a nuestra espalada. No hay cortinas, pero el juego de reflejos traslúcidos crea la trama entre lo íntimo y lo extraño. En el norte no hay cortinas…, parece el comienzo de una canción de amor empalagosa. Lo que hay es esencia de Amsterdam, en esta imagen. Un no sé qué de luz de los canales. Como si sonara un acordeón de marinero en esta ofrenda floral al ciclista desconocido.

Atrapadas están, como en una trampa de promesas lujosas, las muchachas adormecidas por la tecnología. Presas en el amarillo de los tubos, ociosas sobre el arcón de los chalecos salvavidas. Los pies descalzos son su edad. Luz de bodega, barrotes de celda, pan y agua. Aún no lo saben las doncellas, pero Barba azul está a bordo, acechando todos sus movimientos y con una llave ensangrentada al cuello. El plano cerrándose produce claustrofobia, marea el ruido del motor y el aire petroleado por el diésel. Huyan muchachas. Garotas, bailen bossa. Tiren sus teléfonos al océano.