Envío 24 (balanzas, mirar, Mallarmé…)

© Fotografía: Miriam Vega.

© Fotografía: Miriam Vega.

Por ILDEFONSO RODRÍGUEZ

Un antiguo refrán sobre las catedrales dice: Toledo en riqueza, / Compostela en fortaleza, / y León en Sutileza. He ido recogiendo muchas muestras de la famosa sutileza y el proclamado ingenio leonés (sobre todo las referidas a nombres de conjuntos musicales). Ahora anoto dos.
En el escaparate de una tienda de lámparas: OH TOÑO… QUÉ LUZ
Y, claro, la CARNICERÍA SUTIL, vista diariamente al pasar en el autobús (ganas he tenido de entrar y comprarme una chuletillas de cordero –sutiles– y darme un gusto).

En el Rastro, una mañana de domingo con buena luz. El chamarilero acatarrado se suena las narices empleando a modo de pañuelo hojas de un papel suave y fino que arranca de un cuaderno, hojas tan finas como papel de fumar, adelgazadas por el tiempo. Son los apuntes (¿latín?, ¿matemáticas?) de un estudiante cuidadoso –desde mi posición alcanzo a ver la buena letra, no hay borrones ni tachaduras–, el alumno, chica o chico, que pasaba siempre a limpio, ordenaba, llevaba el cuaderno al día. Tan antiguo ya como aquel que asistió a los jardines del héroe Akademos, allá en la Atenas de Perikles.

Al pasar por la carretera comarcal por la que tantas veces pasé en la infancia para entrar en la ciudad, veo a la familia africana, padre, madre, dos niños, sentados en el poyo del antiguo mesón, celebrando su domingo nómada. Imagen impensable en aquella otra vida.

Los coches han abandonado desde hace años los diseños cuadrangulares, con lunas altas que dejaban ver a los ocupantes. Se han ido redondeando y cerrando, como eran los modelos de los años cincuenta. No es sólo cuestión de aerodinámica: se están haciendo herméticos, son el huevo del ser, dentro se empolla el individuo absoluto, el centro mismo de la Civilización.

Balanzas en la calle. Por Ordoño va una pareja de excluidos (palabra siniestra de una sociología aceptada como hecho natural), el hombre en silla de ruedas con una pierna amputada a la altura del muslo. Empuja la silla una mujer, animosa.
Gentes en los cincuenta años, tal vez menos, aparentan más. El color de sus ropas, marrones, el halo de pobreza que los envuelve.
Sólo que el hombre va pelando una naranja con sus manos, y el color de la fruta es más poderoso que toda la composición del cuadro vivo, llena de luz la calle, destella. ¿Estética de la miseria? No sé, la imagen era poderosa.
(Naranjas. Cuando el Maestro Gurdjieff visitó a su discípulo moribundo, Luc Dietrich, sacó dos naranjas y le dijo: “Toda tu vida ha sido una preparación para este momento”.
Y cuando un amigo mío visitó a un gran gurú del yoga, mientras alguien hacía las pomposas presentaciones que tanto les gustan a los hindúes, se fijó en que el Maestro tenía, todo el rato, la vista clavada en un punto, no era capaz de apartar los ojos. En la bolsa de naranjas que mi amigo llevaba en la mano).
Balanzas, equilibrio, contrapeso. Al rato, en la plaza de la Inmaculada, está sentado en una terraza un tío con el puro habano más grande que he visto en mi vida, parecía de chiste, el cigarro puro de los capitalistas de los tebeos o los más feroces de los cuadros de Grosz.

El riesgo de la mirada; mirar, ¿es libre?, ¿compromete la mirada? Te quedas por un instante mirando a alguien que está a la espera, un desvalido, un matón en su esquina… Le miras, no le haces invisible, y ya le has dado entrada, has abierto la puerta, se dirige a ti, con permiso, mira, escucha. O te suelta aquello de tú, ¿qué hostias miras?, y hay que najarse rapidito.

Escena matritense. A las puertas de la Casa del Libro, hay un tipo sentado en el suelo, sobre una manta, con un cartel TE REGALO MI POESÍA. Tiene delante una libreta con la hoja en blanco (“que su blancura defiende”, escribió Mallarmé), el boli en alto, la mirada abstraída, atisbando la inspiración. Como cualquiera de nosotros, los poetas. Como probablemente y en secreto tú, hipócrita lector, mi semejante, mi hermano.

Paso delante del lugar donde por última vez vi pasar con vida a mi amigo.

Un Comentario

  1. Martine Joulia

    Fonso, algún día los tienes que reunir. Son soberbios estos textos, y tan emotivos…

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