Querido diario (76)

© Ilustración: Avelino Fierro.

© Ilustración: Avelino Fierro.

Entre lo que le aconteció al autor en Picos de Europa y la tarde que pasó en la Feria del Libro de Madrid —donde por primera vez firmaba ejemplares de “Ciudad de sombra“— se cruza un libro de esos que ponen la basura encima de la mesa… 

Por AVELINO FIERRO

Tengo que perderle el respeto a los libros. Como hace mi amigo Andy, que los soba, subraya, dobla sus páginas, anota en ellos frases de su nueva novela, los pone al lado de las sartenes mientras sofríe para leer una frase a la vez que la cebolla se va pochando; los lleva luego a la mesa –yo he visto derramadas en alguna de sus páginas hermosas gotas moradas de vino del Douro- y a la cama, amanece a su lado.

Eso, verlos como algo que te aprovecha, de lo que te sirves, algo nutritivo: comienzas a leer uno y lo que merece la pena se va quedando por las tripas, te engorda, y expulsas el resto. Algo que tiene que ver con el tracto digestivo (con el “curso”, como decía aquel vecino de cama de hospital en uno de mis ingresos; también decía “ya estampó” cuando dejaba de llover, mientras se miraba sus uñas larguísimas, todas a lo Fumanchú; y no confesaba de qué pueblo era: yo se lo pregunté a la enfermera cuando me dieron el alta: de Calaveras de Abajo).

Lo mío también tuvo que ver, en cierta manera, con el tracto. Estábamos pasando el fin de semana en Picos de Europa, en Soto de Valdeón. Habíamos caminado unas siete horas y descansábamos, nos aseábamos, nos secábamos un poco antes de ir al bar de Juanma. Óscar había avivado el fuego, leía un libro y sonreía de vez en cuando, él, siempre tan circunspecto. Dijo que salía al cobertizo a por más leña. Yo, que había cogido algo de frío, sentí un retortijón y decidí ir a las letrinas del segundo piso, porque tenía la impresión de que mis intestinos iban a emular la tormenta que ya amainaba en el exterior; no quería turbar el sosiego del salón en el que Marta leía a Rilke y Mar clasificaba flores, hojas y verduras de las eras recogidas en la caminata, mientras Glenn Gould interpretaba a Bach.

Cogí aquel libro. Ya arriba, en el largo pasillo azulejado hasta el techo, en el que están dispuestos los lavabos a la derecha, y duchas y retretes a la izquierda –estos en un plano más elevado–, fui a la carrera hasta el último de los excusados, cerca del gran ventanal. Empecé a leer al tuntún, porque parecían textos breves, seguro que columnas escritas para un periódico, y venían sin fechar. Era un libro con buena letra, y gordito, de más de trescientas páginas. Leí “Todos somos Mary Cheever”, “Camarero, lo de siempre” y, mira tú por dónde, cuando comencé con “Instrucciones para dejar de leer un libro”, tuve que posarlo en el suelo porque necesitaba de todas mis potencias concentradas. Lo puse de canto, se sostenía; pensé que así sufriría menos, apoyando sólo el lomo; no habíamos limpiado todavía y había moscas muertas y tenues churretones por el suelo. Aquello es un caserón que ha servido de albergue a juventudes obispales y siempre hay alguna zona donde no ha llegado el progreso.

Un par de minutos después, yo trataba de abrir la puerta y alcanzar un paquete de toallitas húmedas que había visto en el lavabo de enfrente. En cuclillas, con los pantalones por debajo de las rodillas, me incliné para empujar la puerta y el aire mefítico embalsado debió de hacer tiro, porque el libro abrió todas sus hojas a un tiempo, engordó lo indecible, se convirtió de repente en un pavo real. Traté de no tropezar con él, no se fuera a arrugar, pero con aquel pequeño brinco pisé en el borde del escaloncito y me vencí hacia delante. Me di de bruces contra la columna del lavabo. No podía levantarme con las piernas trabadas y antes de que el dolor comenzara a morderme recuerdo que solté una carcajada, porque juro que me acordé del soneto de Garcilaso, “cuando me paro a contemplar mi estado”. Las gafas no se habían roto. Y debí de perder un buen rato el conocimiento, porque cuando desperté, alguien me había compuesto y aseado.

Tomé un protector de estómago y un par de antiinflamatorios y fuimos al bar. Pasé mala noche. Por la mañana aquello tenía otra pinta, otro color: lo rojo era morado berenjena y un gran derrame me pintaba ojeras dobles. Me pusieron una careta en el hospital, a lo Hannibal Lecter, porque el hostión había llegado también a craquelar –aparte de los llamados huesos propios nasales– uno de los pómulos.

El fin de semana siguiente tenía que ir a Madrid a firmar ejemplares de mi libro en la caseta 192, del gremio de editores de Castilla y León. Los días anteriores me las apañé para ir a la oficina en horario de tarde y noche, después de que mis amables compañeras se ocuparan de algunos clientes con cita. No quería por nada del mundo que nadie me viera así, preso de tanto mal.

Insistí en la consulta del viernes, pero no me quitaron la careta. Pensé en el calor –todos lo decían– que pasaría en la feria, pero no me preocupaba demasiado estar con esas pintas en la capital. Aquello está lleno de hipsters, turistas vocingleros, despedidas de soltera y hombres anuncio.

El sábado por la mañana vimos la exposición de Torres García, la de Miroslav Tichý y la de Lucía Moholy, ésta en la Loewe Fundación de Gran Vía, mientras una señora con pinta de jequesa compraba un bolsito de tres mil y pico euros. Eso lo vimos al salir. A los visitantes de las fotografías nos habían mandado al sótano.

Nos alojábamos en casa del Negro, que insistió en que él cocinaría, que qué era eso de ir a gastar por ahí, y que yo tendría que descansar. Dormí casi dos horas de siesta. Nos habíamos bebido unas cañas y una botella de vino. Dormí boca arriba, claro. Al lado de la cama vi una de esas máquinas para la apnea; me hizo sentir bien: lo mío pasaría en unos días. Me duché, protegiéndome con una bolsa de plástico abierta por dos extremos y con fruncidos, que me habían vendido en la ortopedia. Me puse una camisa de cuadros de Gant, unos pantalones de Caramelo y zapatos Stonefly de verano, y un gorro marinero de Regatta, y de esa guisa entré en El Retiro.

Me acompañaban El Negro, Cecilia –que cada poco me avisaba para que separase un poquito la careta y me daba aire con un folleto de Alcampo- y Mar. Paramos a saludar a las chicas de “Cervantes y Cía”, que al verme, reaccionaron muy educadamente, tanto que casi me olvido de que a tanto mal no sé por dó he venido. Sólo que no pudieron besarme. Compré el libro de James Rhodes, este hombre que las ha debido de pasar canutas, escritor, pianista, alcohólico y de psiquiátrico. Volví a pensar que lo mío se pasaría en unos días.

Tuvimos que atravesar una cola de adolescentes; pensé que en algún momento llegaría el monitor de tiempo libre y los pondría a a bailar la conga. Luego supimos que esperaban la llegada de uno de esos yogures-youtubers de la poesía. Los poetas tienen que dejar su pedestal absurdo, decía no sé quién; es una poesía de corte confesional, sin apenas ironía, alejada del modelo predominante Auden-Gil de Biedma, escribe uno de más allá… Me gustaría saber cuántos de esos jovenzuelos pasarán de ser lectores de lo ñoño y lo banal a la droga dura de Hölderlin y Celan.

Seguimos caminando; aquello era enorme. A la altura de unas carpas con azafatas y juegos para niños, un balón salió despedido hasta mis pies. Detrás apareció un pelirrojo de unos diez años. Pisé la pelota, flexioné las piernas y amagué un regate; comencé el quiebro, pero me quedé clavado. Yo seguía tomando medicación y llevaba una semana pinchándome “fraxiparina” para prevenir los trombos, porque también me habían descubierto un derrame en la fascia plantar. Me sobrevino un vahído turbio, estaba uno para menos que nada. Recordé aquello que había leído en el libro de mi desdicha, una anécdota para futboleros, sobre John Lambie, entrenador escocés del Partick Thistle F.C., que hizo seguir jugando a un delantero después de que hubiera perdido el conocimiento al chocar con un rival. El médico del equipo había advertido al entrenador que el jugador no recordaba ni siquiera quién era. “Perfecto. Dile que es Pelé y mándalo al centro del campo”, ordenó Lambie. Así me sentí yo, hecho un pelele, cuando el pelirrojo me miró poniendo cara de ¿y? y se alejó halagándose con toques de empeine, cabeza, tacón y chut con el exterior hacia la zona de las madres.

Llegué a mi sitio. Un cobertizo feo y triste. Digo yo que al menos podrían haber puesto unas fotos con los hombres y mujeres que han dejado su tinta por estas tierras, desde Teresa de Ávila a Nacho Abad. No había cartel anunciando mi nombre y la firma. Se veía un trocito de mi libro. Casi todo eran guías de viajes. Vi que el Negro Bayón metía una de Madrid debajo de la de Soria, por eso de la defensa de la Comunidad. Cecilia hablaba con la chica que atendía el chiringuito y le pedía que mirase si había más libros míos y los desplegase por el puesto. Con ello, el stand se habría inundado del hermoso azul de la portada de Javier Cardo. Ella iba a mirar –dijo–, pero los lugares estaban copados y sorteados anteriormente y el tal desparrame no era posible. Vi que a Mar se le ensombrecía el semblante. “Salid sin duelo, lágrimas, corriendo”, recordé. Dijo que iba a ver si estaba a tiempo de comprar unas sopas de sobre en el restaurante polaco de la calle Narcís Serra. El Negro también se fue, no sin antes decirme: “Esta Feria será siempre recordada como aquella en la que por primera vez firmaron Ferlosio y Fierro”. Saqué un cigarro y me puse a fumar en el stand, algo muy prohibido.

Allí no se acercaba nadie, quizá por mi pinta, porque hay al parecer cerca de cuatrocientas casetas, porque nadie quiere perder el tiempo comprando una guía de Soria que no le iban a firmar, y porque allí –pensarían los paseantes– había un gilipollas que quería hacerse el gracioso y llamar la atención. Y la mayoría de los visitantes, para el único libro que compran al año, quieren que sea algo perfectamente serio.

Había pasado media ahora y yo seguía fumando, saliendo a veces a la parte trasera a tumbarme sobre la hierba, cuando oí por la megafonía que en la caseta 321 firmaba ejemplares de “Mientras haya bares”, Juan Tallón. Ese era mi libro de hacía justo una semana en la montaña. Me encorajiné y fui hacia allá acelerando el paso y apretando los puños. Al llegar, vi que era la caseta de la librería Alberti y al lado del que sería, sin duda, el autor –un chico guapo, con las canas bien puestas, de mirar sereno, con ojeras de gintonics, desengaños y libros desordenados– estaba la librera, mi amiga Lola Larumbe, una mujer encantadora, que no pudo reconocerme.

Y a él, le perdoné la vida.

  1. Luis Osby

    Vaya episodio escatológico… Hacía tiempo que no me reía con tantas ganas. Gracias, Avelino, y, oye, que te conste que me alegro mucho de que el percance quedara en nada, pero es que tu relato es para escojonarse. Buenísimo. Un fuerte abrazo

  2. José Luis Avello

    Puedo decir que comparto escenas, y no solo una, similares a la tuya. Más que escena lo tuyo fue un verdadero sainete con público incluido. Mis experiencias nunca han sido violentas, todo lo contrario. En la facultad, los alumnos y profesores comparten, individualmente, cabinas donde se depositan los excedentes de producción y consumo y todas ellas se hallan en un habitáculo en cuya puerta exterior reza: servicio de caballeros. Hasta aquí todo correcto. Desde hace bastante tiempo, el personal de limpieza mantiene un tira y afloja laboral contra los dirigentes de su empresa. Los que frecuentamos esos espacios hemos notado que, a menudo, en el portarrollos higiénico industrial abs cp0204b no hay papel. Es importante. en estos casos, llevar reloj. No se puede salir, con los gayumbos por encima del pantalón y por debajo de las rodillas, entre las horas en punto y las y diez porque te puedes encontrar en medio de este “seminario” con media clase y el delegado. Pero hay que correr el riesgo a partir de y cuarto. Te desplazas a la cabina de al lado con la esperanza de encontrar aunque sea una pequeña tira de papel lo suficientemente amplia para evitar enmarronamientos innecesarios. Lo bueno es que este papel es abs, como se ha podido comprobar cuando he detallado el modelo: antideslizante.
    Hasta ahora he tenido suerte pues nunca me he tropezado con nadie en medio del servicio. Tan sólo una vez, me he encontrado con las dos otras cabinas ocupadas. Retornas, te sientas de nuevo a la espera, con la esperanza de que los ocupas de al lado no se encuentren en tu misma situación. Ahora llevo periódico.

  3. Teresa Corchete

    ¡Vaya de lo que se entera una!
    Cada vez me haces reír más😜

  4. sendo G.Ramos

    La vida no es tan bella en la ciudad ,amigo Avelino. Aquí cerca tienes una casa de reposo ,que es lo que necesitas ;donde puedes leer libros sonoros a las seis de la mañana cuando los pájaros despliegan sus mejores trinos.Andando por tantos quebradas no es extraño que te descalabres.Vaya trio con autor:La Mar de Cecilia y El Negro Bayón

  5. Félix Páramo

    “Cuando me paro a contemplar mi estado”… ¡Anda, que no dieron estas palabras tema para autores! El mismo Garcilaso seguro que las plagió de algún predecesor. Estado ¿físico, sicológico, espiritual, místico…? Me da, que nada de eso. Estado real, puro y duro de una trivialidad cotidiana narrada y alimentada por una ¿cadencia? irónico-literaria exclusiva solo tuya. Lo anterior y posterior a esta frase en tu escrito son todo concomitancias lúdico-festivas para auténtico entretenimiento del lector. ¡Y vaya si sirven tal propósito! Como siempre, ¡Enhorabuena!

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