Envío 26 (museo de verano, motes, un condón…)

© Fotografía: Eloísa Otero.

“Los tarascos”. Gigantes y cabezudos en la calle Alfonso V (León). © Fotografía: Eloísa Otero.

Por ILDEFONSO RODRÍGUEZ

Este cartel me asalta en plena calle:
MUSEO DE VERANO DE LA SEMANA SANTA
Y gratis añado yo:
¡Combate la frivolidad del verano entrando en el museo (instalado, casualmente, en una iglesia, la de Santa Nonia, por más señas)!
¡Oh tinieblas tenebrosas contra bikini, bañador y tanga!

Cuando la gente gastaba motes, de un modo natural a alguien, sin saber cómo, le caía un mote, y ya le quedaba para los restos: el Ruinas, el Aborto, Cartabón… Mi padre se refería a un vigilante de la Renfe muy chulo en su uniforme, le llamaban Chapaprieta. En los pueblos antes eran muy comunes: de niño yo conocí a un tío Pococulo, al Obispo, al Ministro, al Perendengues…
Dicho de frente o a las espaldas, un mote había que sabérselo ganar, no todos podían tenerlo. A un vecino mío lo llamaban el tío Vinagre; tardé años en enterarme, la primera vez que oí llamarle así, me resultó de una verdad indiscutible, lo más apropiado, qué bien le definía, el tío Vinagre…

Vuelven a crecer las así llamadas malas hierbas en la acera, frente a la puerta de casa. Hace años, cuando había presupuesto, aparecía por estas fechas un fumigador, el exterminador de las hierbecitas urbanas. Con el tiempo caluroso, crecen entre las grietas de las viejas aceras. Y llegaba aquel hombre cargado con su aparato antiguo y fumigaba, soltaba el veneno, cubría las hierbas y tallos con una nube de ceniza, se ponían tan mustias como la cara de muerto que tenía el pobre hombre, un hombre triste, sin decir una palabra, el verdugo de la primavera (bueno, tampoco era para tanto, la verdad), delante de mi casa, la cara de un ghul, el demonio devorador de cadáveres (recuerda que William Burroughs fue exterminador de cucarachas).

Voy por la callejina con poderes. Ahí caído, después de mucho tiempo de no ver uno: ¡Hombre, un condón! Me sale sin más, y me alegro.

Entré en el gabinete del fotógrafo arcaico, su época dorada fueron los años sesenta. La exposición, la sobreexposición a la luz focal, la retirada al cuarto del revelado. La edad y la profesión le endurecieron el cristalino, está turbio. Todas esas causas han puesto en su rostro un gesto que pude nombrar: mira y se queda rígido como Buster Keaton.
Ya sentado en el taburete, me hace su gracia, repetida miles de veces: “nada de ponerse tieso, no se pasme, relájese, esto no es subir a Marte”. Está orgulloso de su chiste de oficio (¿de quién lo heredó?, ¿es un invento suyo?), que viene de la época floreciente de los sputniks.
Como todo retratista antiguo, tiene algo de peluquero; cuando modifica un ángulo, marca la pose correcta, toca con dedos de maquilladora, de barbero.
Su gran orgullo es el difuminador con el que nimba las cabezas, dejándolas como en suspensión, en una nube. Es el aura de sus fotografías de carnet, un polvo mortal, siniestro y blanco.
Volví a los dos días, a recoger las fotos. Me abrió la puerta del gabinete solitario y, como tocado por una urgencia, corrió a guardarse en el cuarto que luce el rótulo prestigioso y eficaz: LABORATORIO. Me tuvo esperando unos minutos y salió diciendo: “bueno, ahora ya puedo atenderle”. Sospeché que estaba fingiendo, que simulaba un trabajo incesante, que aquello no se paraba, que había prosperidad. El solo olor de su negocio señala la ruina, el tiempo clausurado.

Un anuncio: TIENES VIDA TIENES TWITER. Con tiza quisiera añadir yo: NO TENGO TWITER ¿TENGO VIDA? (Escucha, ahí cantó el pajarito).

Ráfagas: Dos amigas paradas hablando: “Y hace yoga, Pilates, taichí…” In corpore sano, mascullo al pasar.

La gente del río. La pareja de mayores que se interna en la maleza de la orilla. El joven solitario que se refresca la cara y las manos. La niña que está aprendiendo a andar, se separa de dos hombres que la cuidan (uno de ellos la llama con palmadas, como a un animalito, ella atiende un momento, después sigue en lo suyo), una y otra vez quiere ir hacia el río, a buscar el agua.

Veo a un tipo chuleta y pienso, ¡quién me diera ir vestido como mozo de ascensor o botones del Hilton!

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