“Vida submarina”. Un relato de Sol Gómez Arteaga

© Ilustración: Dibujo sobre papel de Carlos Morcillo Santero, de Moraleja, (Caceres).

© Ilustración: Dibujo sobre papel de Carlos Morcillo Santero.

“Este relato nace del deseo de Carlos Morcillo Santero de ilustrar y de Sol Gomez Arteaga de ser ilustrada”. Publicamos un nuevo relato de la escritora nacida en Valderas (León) y afincada en Madrid, ilustrado expresamente por Carlos Morcillo Santero, de Moraleja, (Caceres).

VIDA SUBMARINA

Por SOL GÓMEZ ARTEAGA

Cuando Mario sintió que la tierra temblaba bajo sus pies, lo primero que pensó fue en las decenas de damiselas, tangs, mollies, blenios y otros peces de agua salada que habitaban su enorme acuario. Animal de tierra e hijo de una dependienta de ultramarinos, toda su vida había trascurrido intentando construir su tesoro y se pasaba las horas muertas alimentando a sus peces, contemplando su forma de relacionarse, asistiendo a su crecimiento, purificando el agua, atendiendo al pequeño y cuidado montoncito de piedras y algas que, como un edén marino, se desarrollaba en su interior. Por eso al llegar a casa y comprobar que la pecera estaba intacta y que solo unas gotas de agua habían caído al suelo, respiró aliviado. Aunque esta sensación de tranquilidad le duró poco, pues al encender la radio y escuchar que todas las noticias de todos los canales auguraban una repetición del terremoto en los próximos días, le invadió de nuevo el pánico. Miró a la pecera. La sola idea de imaginar a sus amados peces coleteando y ahogándose en el parquet le horrorizaba. No podía soportarlo, no podía. Tenía que deshacerse de ellos como fuera. Los regalaría. Recurrió a los escasos amigos que tenía y le sorprendió que, pese a la admiración que siempre les causaba la contemplación de su acuario, ninguno de ellos los quisiera. Telefoneó a la tienda donde los había comprado pero el dueño había salido de viaje, y la dependienta no podía hacerse cargo. Entonces se le ocurrió pegar carteles en los postes, farolas y fachadas de los edificios de la ciudad. A su requerimiento respondió un tipo de voz atiplada que le aseguró que esa misma tarde se pasaría a recogerlos. Pero al contemplarlos una vez más, esta vez despacio, concentradamente, le vino a la cabeza el origen de todo. Era muy pequeño cuando en el cubo de la basura descubrió una bola de cristal de champús “sindo” —¿no sé si os acordáis de unos champús individuales, semejantes a pequeños peces?—, que su madre, al venderlos, había desechado. La sacó al patio, la llenó de agua tintada de azulete y de un libro de fauna acuática fue recortando, uno a uno, los peces de papel que lo ilustraban y pegándolos en el exterior de lo que a partir de entonces se convertiría en su juguete más preciado. Se pasaba las horas muertas imaginando como nadaban, como crecían, como hablaban y en un lenguaje desconocido —buff, af, clak, zffi— también le hablaban, él entonces empezó a contestarles —truf, ugggg, pikk—. Ahí nació su pasión por todo lo acuático y el deseo latente, ahora se daba cuenta, de ser animal de agua. Su destino y el de esos seres de vida oceánica y azul estaban irremediablemente unidos. Telefoneó al tipo con el que estaba citado y como no contestaba, le dejó el raro mensaje: No pierdas el tiempo en venir a buscarnos, no nos encontraras, disculpa las molestias.

Con sumo cuidado echó tangs, damiselas, mollies, blenios y demás peces dentro de una bolsa enorme y la cerró. Tenía cuatro horas largas de viaje hasta llegar a la playa más cercana.

Mientras bajaba las escaleras una corriente de aire le hizo sentir la brisa marina, el salitre de la roca habitada por crustáceos, la vida acuática que por fin todos juntos iban a tener.

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