Querido diario (79)

© Ilustración: Avelino Fierro.

© Ilustración: Avelino Fierro.

A la vuelta de sus vacaciones el autor trata de recordar su viaje de días pasados, “de describirlo como corresponde, con un estilo algo afectado, sofisticado, éblouissante”…

Por AVELINO FIERRO

Estos últimos y mínimos sucesos me hacen pensar que uno no puede sustraerse a su destino de escritor. Pero siempre me resistiré a reconocerlo, lo juro por Dios (esto de invocar a la divinidad es un viejo atavismo de la infancia religiosa: uno jura –y no promete– por miedo, porque en el fondo sigue creyendo que tras todas las derrotas de la vida, tras las lágrimas derramadas, habrá consuelo; uno jura porque piensa que cuando haga cola para poder entrar en las verdes praderas donde brincan y bailan los elegidos, el ángel escrutador lo sacará de la fila y le dirá: “Anda, ven, date una ducha, y ponte luego esta blanca túnica, y vete con aquel grupo de risueños; tú eres uno de los que se sentarán a la derecha del Padre…); siempre diré que esto de escribir es un entretenimiento de algunos viernes por la tarde o de otras horas tontas. Nada serio ni obligado (y, por lo tanto, nada de fiar, que decía Francisco Umbral).

Pero si uno ve ayer, 3 de octubre, caminando hacia su primer día de trabajo tras las vacaciones, esa palabra boutique, y ese letrero, “Final de verano” –aunque juro que había leído en un principio “Final de amor”–; si al atardecer oye desde la parte alta de la casa a su nieta Libertad cantando con un acentuado y dramático tono nasal, y cae en que aquello se trata de “Rien de rien”; si a las cinco y media de la madrugada está soñando que coincide en el lavabo de caballeros de l’Académie con Marlon Brando, y se saludan con un leve toque de nudillos de los puños respectivos y le dice: “Nos ha dado por ensayar una obrita este último mes, y no te hemos avisado porque siempre dices que no pillas el acento de esta tierra, ese sonsonete de violonchelo”…

Si a uno se le junta todo eso, sabe (al igual que un dolor persistente lo llevará irremediablemente al médico) que acabará yendo, sin demora, al cuaderno de escritura.

Y aquí estoy antes de que amanezca, afrancesado perdido, bajo la luz del flexo y con la única compañía sonora del ruido ronco –de resfriado– del camión de la basura. Tratando de recordar el viaje de estos días pasados, de describirlo como corresponde, con un estilo algo afectado, sofisticado, éblouissante.

Pero a estas horas y sin estrellas en la noche oscura ni la luz tenue de alguno de mis madrugadores, ni soplo de viento, ni música leve a la que engancharse, uno no está para juegos de artificio literarios. No obstante, he recordado que en el cuaderno de viaje que siempre nos acompaña había escrito un texto apresurado.

“Hablamos poco los días antes de partir; únicamente el Negro dijo que llegaría el día 20, antes de las tres y media, en tren a Calatayud. Que allí lo teníamos que recoger. Oyendo el topónimo supe que la copla Si vas a Calatayud… iba a imponerse como la canción del verano, o al menos, del viaje. El sábado llamamos a Olvido para comunicarle que saldríamos a las nueve de la mañana, que no se pusiera colonias ni cremas corporales perfumadas, dada la alergia de Mar. Y, al rato, mientras tendíamos unas sábanas en la terraza, a los dos a un tiempo, nos asaltó la misma preocupación. ¿Qué ropa nos convendría para el viaje? Es ciertamente un problema: Olvi es una mujer sofisticada, de lentejuelas y gafas de Prada con tirabuzón; el Negro, en cambio, un gran adán: lo he visto entrar en cholas y camiseta de anuncio de película de Peckinpah en una recepción en la Embajada de Italia cuando el resto del grupo íbamos con zapatos de charol. Rebuscamos en el armario y pensamos que tendríamos que adaptarnos. Compusimos varios conjuntos del tipo de: chaleco verde sobre camisa de manga larga color crema y un foulard flamboyant (a la manera de las capas de cebolla innecesarias y para aparentar, de las rubias nasales gangosas del centro); yo llevaría mis habituales vaqueros muy remendados. Al poco, vimos que sus ropajes no cabrían ni en el arca de Noé, y los míos llenaban escasamente una pequeña bolsa de gimnasio. A las dubitaciones del equipaje se unía el que yo llegaba desentrenado a esos días previos a la marcha: había escuchado algunas canciones de Rameau, Françoise Hardy y Experience, pero también me había sumergido con cierto ahínco en las brumas alemanas: comencé a leer –¡por fin!– La Montaña mágica; acabé el Robert Walser –¡creo que llegó a caer la nieve desde las páginas del libro cuando lo cerré!–; retomé el de M. E. Bonds sobre la música como pensamiento –¡qué seria se pone ahí la Quinta de Beethoven!–; Rilke de nuevo, en la acertada traducción de Antonio Pau… Vaya embrollo: sin tener claro qué llevar, qué leer, qué música escuchar… Tengo que organizarme: he sacado de la estantería el viejo libro de Verlaine y compañía, traducción de Esteban Torre; el de Joseph Joubert; el de Pla, sobre París. Aunque vamos a una comarca alejada de la capital y corre el año de desgracia de 2016 –y el libro de Pla es de crónicas de la ciudad en 1920–, el escritor ampurdanés siempre es un seguro: algún paisaje a través de la ventanilla del tren, la luz rota que queda en el bulevar tras el aguacero, una comida con un Saint-Émilion aterciopelado y agradable… Algo encontraré en su atmósfera para serenarme y tratar de escribir un par de folios. Y qué casualidad que en el suplemento semanal de El País aparezca, un par de días antes de iniciar el viaje, un reportaje sobre los lugares planianos. Grandes fotos y textos breves. En uno de ellos se cita al escritor: ‘Viajar sin tener un objeto concreto es una auténtica maravilla. Yo siento que podría curarme de todos mis vicios y de todas mis virtudes, caso de que tenga alguna; lo que no podré dejar jamás es mi recalcitrante vagabundaje. Hay que viajar para descubrir con los propios ojos que el mundo es muy pequeño’. Mucha aventura no espera uno encontrar –aventura que, en este mundo de hoy, se entiende como adversidad– pues a casi todos los rincones llegan los geos, las aseguradoras y el 112. Puede, a lo sumo, que si paramos en el Pirineo de Huesca para ver a Yayo y Maribel, la ruta prevista se altere o interrumpa. Por los lugares franceses yo querría ver Moissac y Albi –y juro fatigar en otra ocasión la senda de los cátaros, esos caminos que me nombra Isabel Llagaria–. Lo demás me trae un poco sin cuidado. Ya no espera uno que lo traspase la emoción en la contemplación de lugares desconocidos, como a aquellos viajeros románticos del Grand Tour. Ojalá viviéramos esa escena del inicio de Una habitación con vistas, aquel redoble de campanas, la protesta de las turistas inglesas porque sus ventanas no dan sobre el Arno, los sones del O mio babbino caro, en la voz de Kiri Te Kanawa. Se viaja hoy alimentado por la cultura (bueno, recuerdo aquel viaje de hace tanto, con varias parejas valencianas de recién casados, a los que la Laguna veneciana se les parecía a la Albufera y protestaban a diario porque no había paella en los menús); alimentado, y buscando traer algo más surtida nuestra mochila mental, dejar más posos en algún azarbe del cerebro con las vidas, sueños y escrituras de los otros, pero no esperamos imprevistos, sabemos que ya no cambiaremos de caballos en cada parada de postas y es improbable que caigamos en manos de bandoleros en el lado francés…”.

Así pensaba antes de partir. Sí, hay que viajar, salir de nuestro rodal para dejar de dar vueltas como burros en su noria. Aunque luego todo se diluya: Han pasado unos días y no conseguiría hacer un relato mínimamente hilvanado de la ruta. Quedan sensaciones, y algunos nombres: Cahors, Rocamadour, Beynac, la mansión almenada de Josephine Baker, Sarlat, el río Lot, Daglan, y el campamento de Phlip, que era nuestro destino.

Desde aquella cabaña de madera nos movíamos por la comarca aseada, inteligente y perfectamente amable, por carreteras en sombra. Hay en la zona enormes castillos de la época de la Guerra de los Cien Años, granjas con rebaños de ocas, y nogales, muchos nogales.

En el château de Biron se exponen este verano los fondos de la Fundación Maeght. En el centro de una de las salas, una gran cabeza en bronce de Giacometti parece silenciar el aire.

Todo lo contrario a esas narraciones o crónicas sobre personajes, bailes y burdeles que están en la obra de Toulouse-Lautrec, que vemos en su museo de Albi, al lado de la enorme catedral de ladrillo, y al que llegamos una mañana gris de domingo, entoldada por el aguacero.

Caras lívidas, cabellos rojos, luces agrias del teatro de la noche; ritmos ondulantes, arabescos del acre amor, japonerías. Una cortina de trazos imperiosos está en el fondo de la mayoría de sus cartones, líneas que crean una vibración nerviosa sobre la que el dibujo da su contorno a las figuras, y las ilumina con manchas blancas, amarillas, verdosas o azuladas, que parecen venir desde faroles ocultos entre candilejas.

Una luz que también como un telón de fondo pintaba el trozo de mundo que yo veo desde mi ventana, caía ayer desde el cielo; eran las ocho y veinte de la tarde. Las líneas que rezuman en Lautrec eran ahora de un color más plano, menos vibrante y sin profundidad; una manera más pompier; un acabado azul cobalto que se mantuvo hasta la llegada de las primeras sombras.

También del libro de Pla recuerdo –está conmigo más lo leído que lo vivido, lo pasado por el tamiz de la escritura– sus personajes certeramente escuadrados (Picasso, Proust, Valéry...) y las luces: neblinas anacaradas o de una palidez de leche cuajada, el cielo de suave color de estaño.

Este verano francés llega hasta Madrid, con su cielo cada día más incierto, hasta la exposición de Bruce Davidson y esas cuatro fotos de la Viuda de Montmartre, la viuda de Léon Fauché, un pintor cuya biografía hay que rastrear en la historia menuda y modesta del barrio. Todo pervive en esa luz desmalazada y blanquinegra que entra por el ventanal desde un cielo de bruma, o en la que languidece en la anochecida del parque. Esa luz es el aroma de aquel tiempo recobrado, como una mirada soñolienta.

  1. Anónimo

    Me gusta tu narración .
    Y el nombre de tu nieta. Mi madre se llama igual.

  2. Félix Páramo

    Enhorabuena como de costumbre. Es curioso que uses “desmalazada”, yo utilicé alguna vez “desmazalada” y no sabía que existiera tu versión. De oírlo… ya sabes.
    Ah!, cuando nombras a Kiri Te Kanawa… “chapeau”, pero tal vez no escucharas “O mio babbino caro” interpretado po la niña Jackie Evancho cuano tenía 8 ó 9 años. Fue en su momento tan tan enternecedor… aunque hablara de suicidios desde el Arno, ja ja.
    Un saludo y a seguir.
    F. Páramo

  3. Marta Prieto Sarro

    Viajar lejos, para llegar casi a casa: Albi, Moissac. A donde llega el rastro de santo Martino o de Lucas de Tuy.
    Que Libertad cante a Edith Piaf es para nota. ¡Enséñale La vie en rose, Avelino! Yo te mando un beso

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