UROGALLO / Crónica / “La sonrisa interior”. Taller de Voz con Cristina Samaniego

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Veinte personas —en su mayoría jóvenes, en su mayoría actores, pero no solo— participaron en el taller “La voz en su laberinto” que impartió la pedagoga y directora teatral Cristina Samaniego en el MUSAC (León), en la mañana del pasado sábado 29 de octubre. La actividad formaba parte del programa del UROGALLO, I Festival de Poesía Expandida, que se celebró en León a finales de octubre de 2016, organizado por la Concejalía de Cultura, comisariado por la asociación UAW/MF y producido por Producciones Infames

Por ELOÍSA OTERO

“Mañana, mañana y mañana
Arrastrándose lentamente de día en día hasta la última sílaba de tiempo escrito
Y nuestros ayeres han alumbrado a locos el camino a la sucia muerte
Duerme, duerme, breve llama
La vida no es más que una sombra pasajera
Un pobre actor que danza y duda su tiempo sobre la escena y luego calla para siempre
Es una historia contada por un idiota llena de ruido y furia sin ningún sentido.”

Me apunté al taller de Cristina Samaniego por dos motivos: realmente me apetecía explorar el terreno imaginativo y oculto de la voz, tal como anunciaba la convocatoria. El segundo motivo era hacer un pequeño reportaje para dejar constancia sobre una de las propuestas del festival de poesía expandida “Urogallo” que me pareció de lo más sugerente. Porque la poesía es “voz” que se proyecta o se escucha, es la voz de la delicadeza humana, la voz del amor y del cuidado. Y hay que aprender a proyectar (y escuchar) esa voz, pensé.

Unos días antes del taller nos llegó a los inscritos un mail con los versos que figuran sobre estas líneas. Había que aprendérselos de memoria para el sábado. Por primera vez en mi vida me puse a memorizar unos versos (creo que ya nunca se me olvidarán) con consciencia.

Escribo este artículo diez días después del taller, a partir de las notas que fui tomando allí, empapada aún por una especie de alegría que perdura y que entono desde dentro, porque la experiencia me ha dejado huella.

Recuerdo que llegamos puntuales al Musac, a las 11 horas del sábado, y fuimos confluyendo en la sala en la que iba a tener lugar el taller. Cristina apuntaba unas sílabas sin sentido (INGE KALINKO DAPRO DIME…) en una pizarra, a partir de un extraño canto coral que sonaba de fondo.

Después, sin hacernos caso, inició unos ejercicios de calentamiento y relajación, absolutamente concentrada en ello. Los alumnos del taller, al parecer bastante duchos en estas lides, empezaron a descalzarse y a calentar a su vez, realizando de forma individual pequeños ejercicios y estiramientos…

Pasaron unos minutos, y Cristina nos pidió que nos sentáramos en círculo. Nos fuimos presentando. La mayoría eran actores de distintos grupos locales —principalmente de la compañía universitaria El Mayal y de Acéfalo Narciso Teatro—, pero también había actores por libre, cantantes y algún poeta. No sé muy bien cómo contar lo que vivimos allí, a partir de ese momento, pero estas son algunas de las cosas que anoté:

“La voz no se puede trabajar sin el cuerpo… La voz es aire. Todo depende de cómo gestiones ese aire. Hay que usar unos músculos que están dentro del cuerpo, hay que encontrarlos…”, explicaba Cristina, usando su cuerpo de manera demostrativa. “Y esos músculos, además, vibran… A ambos lados de la nariz, detrás de la máscara facial, están los senos maxilares… ahí vibra la voz, ahí tenemos una glándula que segrega serotonina… Cuando la voz vibra ahí, como decía una profe que tuve, es como pillarse un moco y además gratis…”, y Cristina empezó a ponerse divertida, cambiando el tono, haciéndonos reír.

A través de distintos ejercicios empezamos a explorar los lugares donde la voz vibra y a practicar con la respiración, abriendo al aire las entrañas del cuerpo, controlando el diafragma (“ese gran paraguas”), abriendo las costillas, sintiendo la espalda, descubriendo el suelo pélvico…

“Hay pocas verdades absolutas en la técnica. La única verdad en teatro es que los milagros no existen, la única verdad es trabajar, trabajar… Todo es válido siempre y cuando entronque con la organicidad… Encontrar tu voz…”.

Cristina nos habló entonces de la “sonrisa interior”. “Tenemos dos bocas, ésta (decía señalando la suya propia, la boca) y la del fondo, detrás del velo del paladar. Visualicemos la boca del fondo, donde está la campanilla, intentemos sonreír con ella…”. De ahí pasamos, gracias a distintos ejercicios, a observar el cuerpo y la respiración, a visualizar nuestra musculatura interna, a descubrir que nuestro interior es un fuelle, a activar el suelo pélvico, a provocar que los músculos vibrasen con la voz, aprendiendo a llevar la vibración donde uno quiere, a sentir que el aire puede pasar libre…

Nos animó a cantar juntos cosas sencillas, como “La tarara”, desde distintas posturas corporales. Luego pasamos al texto que nos había pedido memorizar… Cristina nos contó que algunas de las técnicas que nos esbozó se basaban en el método que inventó un japonés, Suzuki… Nos explicó que “aquí tenemos el oído adocenado”, y nos habló de su experiencia en Polonia, “donde todo el mundo canta y toca un instrumento”.

En un momento dado empezamos a practicar un canto con las extrañas sílabas que había anotado en la pizarra (INGE KALINKO DAPRO DIME…), en forma de canon, repitiendo la melodía en distintos tiempos, en distintas tonalidades… Previamente, casi sin darnos cuenta, Cristina nos había introducido en la práctica de un ritmo que resultó de alguna forma catártico.

“La música tradicional juega con armonías enriquecedoras, que producen vibraciones, que tenían un sentido. Cada vibración sonora produce un efecto, permite entrar en determinados estados… Hay músicas y cantos que fueron prohibidos por la Iglesia por los efectos que causaban en las personas que los emitían y en las que los escuchaban..”.

Nos habló del teatro de la Grecia clásica, de los corifeos (“el teatro en Grecia era música, cantaban”), pasando por las Voces Búlgaras, el flamenco, las músicas de la Europa del Este hechas con cuartos de tono… hasta llegar al proyecto de recuperación de Gardzienice (Polonia), Grotowsky

En poco más de dos horas de taller pasamos de aprender a indagar en nosotros mismos y en nuestra propia voz (en nuestro propio cuerpo) a cantar entre todos como un solo cuerpo. Y aunque en este vídeo malo y sin calidad, grabado tan solo para dejar testimonio, no se aprecie, aquello fue como un milagro (de pronto poder cantar todos juntos, y que aquello sonara y vibraran nuestras entrañas):

Cuando terminó el taller casi eran las dos de la tarde y nos tomamos una caña con Cristina, en una terracita frente al MUSAC. Allí nos contó algunas cosas de su trayectoria y de su trabajo, de sus esfuerzos y de lo duro de su aprendizaje, de cómo en un momento dado decidió romper con todo y volver a empezar… Por la noche, en el teatro El Albéitar, asistimos a “Retratos de silencio”, su espectáculo en solitario, concebido como un cuaderno de bitácora en el que Cristina Samaniego resumió sobre las tablas una parte importante de su experiencia artística y profesional de manera emocionante, pasional y magistral (se puede leer una reseña en la crónica del festival “Urogallo” escrita por Gabriel Quindós). La aplaudimos a rabiar.

“¿Qué queda de lo que se dice en un escenario?”, se preguntaba y nos preguntaba Cristina Samaniego poco antes de la caída del telón.

Diez días después a mí me queda la alegría, la curiosidad (o ganas de profundizar en muchas de las cosas que nos esbozó) y el haber compartido y aprendido que existe algo como la “sonrisa interior”, capaz de proyectarse en una voz que, unida a otras, puede hacernos vibrar de emoción como un solo cuerpo.

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Toda la información de UROGALLO en:

Acerca de Eloísa Otero

Periodista y escritora leonesa.

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