Querido diario (80)

© Ilustración: Avelino Fierro.

© Ilustración: Avelino Fierro.

“La escritura de un diario funciona como el motor de cuatro tiempos y como la vida misma, a veces radiante, petroleada y exultante; otras renqueante y estremecida”.

Por AVELINO FIERRO

Ahora que he comenzado a leer los diarios de Renzi, el tomo segundo, pienso levemente, sin demasiada concentración ni insistencia, en las características del género. Ya ven que lo expreso así, distante, disimulando, embozado, acobardado, porque en el fondo lo que hago es preguntarme a mí mismo por mi escritura y por mi actitud, por si debo decir esto o lo otro y –lo que es fundamental– por si merece la pena seguir escribiendo.

Sobre lo que uno tiene que poner de sí, no lo tengo claro. Los críticos de estos últimos meses han alabado la trilogía de un autor escandinavo que, al parecer, narra también sus miserias y su vida canalla, y eso hace que se cuente con más lectores. También ha sucedido con el libro de James Rhodes, que cuenta una vida llena de calamidades y de su salvación gracias a la música. Su editor español anota todo eso en la contracubierta y señala que es uno de los más eminentes concertistas de piano de la actualidad y un gran renovador de la música clásica. Estas dos afirmaciones últimas yo las pongo muy en duda. Compré ese libro en Madrid, en la Feria del Retiro, en un momento en que salí a fumar de la caseta donde yo firmaba –es un decir– ejemplares de mi segunda entrega de diarios y me acerqué a visitar a las chicas de Cervantes y Compañía. Y me vi en la obligación de llevarme algo.

El libro lo había visto unos días antes en la terraza del Mucha Miga, porque Gabriel lo estaba hojeando. Lo he dejado en Madrid, en casa de Cecilia. Si hay un tercer tomo de estos diarios, le propondré a mi editor que ponga en la contraportada todos mis vicios.

Sobre el escribir. De nuevo vuelven las cautelas, me expreso con sordina. Yo no tengo la distancia adecuada para escudriñarme, no sé bien si lo que arrastro de mi vida –y mis lecturas– al cabo de los días se deposita en lo que escribo. No sé si es un reflejo de nítidos contornos en el espejo en que me miro o aparece un esperpento como las imágenes valleinclanescas del Callejón del Gato. ¿Qué les llega a los lectores?

A finales de verano, en la playa gijonesa, una mujer me quitó el sol. Estaba yo sentado en una hamaca, leyendo y dibujando el libro de poemas de Antonio Cabrera. Ella dijo: “Avelino Fierro, ¿verdad?”. Yo respondí que sí, claro. Pero que a ella, en aquel instante, con aquellas gafas oscuras, deslumbrado yo y con su rostro en sombra, no podía ponerle nombre. “No tienes por qué, no puedes: soy una lectora tuya”, respondió.

Me levanté. Torpemente, estaba demasiado retumbado. Era alta; llevaba pantalón corto y una camisa airosa y amplia debajo de la que se adivinaba un bikini rojo. Un bolso de rafia. Y allí seguía el sol. Charlamos sobre el leer; sobre que no pertenecía a ningún club de lectura –le pregunté si había estado en Langreo, su lugar de nacimiento, cuando habían invitado allí a Julio Llamazares (ella me había enumerado antes a todos mis amigos de letras); era una lectora solitaria. Sospeché que también era lectora compulsiva, una resistente. Me sentí de su club, y le cité la frase de Leila Guerriero, esa de que los lectores severos nunca fuimos multitud, pero siempre estuvimos ahí.

En aquel momento llegaba Mar, que había ido a pasear hasta el final de la playa. “Ésta, seguramente, es tu mujer Mar, tu consejera y correctora, ¿verdad?”. Preguntó también si mi hijo Javier seguía en Alemania, con sus estudios de música. Y desmenuzó, con elegancia, otros detalles familiares. Momentos antes yo me había echado la camiseta por los hombros y estaba cada vez más abajo, hundiéndome en la arena; me sentía muy desprotegido. Ya digo que no era aquello un interrogatorio de tercer grado, porque ella era extremadamente educada, pero empezaba a parecerlo, porque yo sudaba copiosamente y la lámpara solar me tenía aturdido. Dije cosas, varias, muchas, un poco atolondrado, no recuerdo cuáles.

Cuando se despidió, le pregunté a Mar si podíamos traerla a casa a vivir con nosotros. Antes le pedí a ella que me dejase besarla; tuvo que agacharse, porque a aquellas alturas del encuentro yo estaba semienterrado. Le dije que me perdonase por el pringue de mis cremas protectoras.

Vi cómo se instalaba cerca de nosotros, unos metros más allá, donde le esperaba una amiga, y empezaba a desnudarse. Yo seguía acalorado. Y liberado, como si hubiera confesado –cual un Rhodes cualquiera– mis pecados, masturbaciones y deseos impuros, y me hubieran dado la absolución. Diría que me sentí inmerso en una ardiente burbuja.

Piglia habla de una historia que encuentra en la biografía de Tolstoi y que siempre ha querido escribir. Una pareja, él escribe un diario y se lo da a leer a ella: anota desde experiencias homosexuales a cacerías de mujeres jóvenes de origen campesino. Sí, anotar en un cuaderno la vida, toda la vida, para que lo lea una mujer. Una lectora atenta, que se horrorice o se fascine; puede que con eso sea suficiente.

Se escribe también aquí, en este libro titulado Los años felices, de la necesidad de anotar en la literatura diarística el día, mes y año, o alguna de esas tres formas, para orientarse en el torrente del tiempo. Yo no cumpliría con ese mandamiento. Escribo sin fechar y sin método, muy de tarde en tarde, cuando me apetece. Pero siento que lo hago en estado de cierta agitación: siempre hay un zumbido, como una emisora mal sintonizada que me viene obligando a buscar el dial correcto, la sintonía que trae la calma. Cierto estado de efervescencia o incertidumbre, el gusanillo de narrar después de haber tenido la cabeza y las orejas metidas en los días que pasan, en la vida.

En los diarios que he leído en los últimos meses hay una cierta cronología: en los de Jiménez Lozano, José Mateos, Andrés Trapiello, la nueva edición del Libro del desasosiego de Pessoa, o el de Valerio Adami (a pesar de que lo titula Diario del desorden), y hasta en ese otro lleno de líneas nerviosas, taquigráficas, como si fueran versos, el de Pontormo.

También lo dice Blanchot: el diarista está sometido a una cláusula aparentemente ligera pero terrible, debe respetar el calendario. Así que no sé bien a qué me dedico con esto. Me siento expulsado de ese club. Pero eso trae consigo cierta tranquilidad: uno no está obligado a nada. Ellos, los escritores de raza, pueden buscar refugio en los diarios frente a las arduas exigencias de sus otras literaturas, de su pulso con las palabras, de sus creaciones serias o de largo aliento, de su ficción. Yo, que no estoy empeñado en esas graves contiendas o batallas, me limito a estos caracoleos o escaramuzas. Puede que sólo valga para esto.

Ni sé cómo lo cuento ni qué debo contar de esta vida anodina, de mis días de a diario. Pero siempre encuentra uno consuelo en las verdades de los maestros: Andrés, en una entrevista para la revista Letras Libres, dice que no es necesario que aparezcan aquí gánsteres, Niuyor, corrupción, sexo, violencia, ni siquiera alto costumbrismo. De acuerdo, lo importante es el cómo, el toque, como él dice citando a Cervantes. Y de eso, uno también tiene poco que decir. En otras ocasiones he hablado de ello, de forma tartamuda, casi balbuciente; con tanto reparo, que me he refugiado en las anécdotas o en la ironía.

Piglia dice –después de precisar que no cree en la sinceridad y en la espontaneidad– que lo que apuntes como estos necesitan no es “más literatura”, sino más rapidez, encontrar ciertos tonos, ensayarlos, escribir “al correr de la pluma”. El dejar correr la pluma es para él algo que debe buscarse. No todo está perdido porque al menos eso lo he sentido yo a veces como algo innato. Ya lo anoté hace tiempo, y quise explicarlo a las nuevas generaciones hablando de aquella teoría, de la metáfora del doble carburador. Pero la escritura de un diario funciona como el motor de cuatro tiempos y como la vida misma, a veces radiante, petroleada y exultante; otras renqueante y estremecida. Imagino que de eso no está nadie libre. A veces la cosa marcha como una seda, se desliza uno sin sobresaltos y a velocidad constante de crucero sobre la hoja en blanco. Otras se viaja en constante traqueteo, pillando todos los baches.

Y vuelve la burra al trigo: fechar el diario y escribir de forma más diligente, aplicada, constante ¿sería ventajoso? Parece que sí. Uno se pondría –Blanchot de nuevo– bajo la protección de los días corrientes, de esa regularidad dichosa. Y se evitaría que personajes o anécdotas o vidas vayan cayendo en el olvido. Tener el diario al día supondría, además, que dichos personajes o situaciones no aparezcan tardíamente en mis escritos como saldos pasados de moda, sin vida, dando tumbos, difuminados, con luz de tenebrario.

Como estos que, si cierro los ojos, acuden ahora un tanto atropelladamente a mi recuerdo.

En el prólogo del libro de poemas de Miguel D’Ors: “Noviembre, mes de los muertos. De tarde en tarde se abre un boquete de azul en el horizonte hosco y un minuto de sol débil, asordinado, suaviza un poco el ambiente ya casi invernal”. Luego habla de los viejos que se agrupan en los bancos públicos buscando absorber esa tibieza y el calor animal de la compañía. Yo tengo anotado en esa página, a lápiz, “la poesía para la vida, como el sol de noviembre para los viejos”. Y hay un dibujo de los tejados que se ven desde la ventana, los árboles deshojándose y un cielo enturbiado.

Tras la presentación de Mi nombre es Sena, Marta del Riego, su autora, me dice que ya quedaremos otro día para festejarlo, que deben volver con su padre a La Bañeza. Yo, aunque había pasado ya los nervios y estaba satisfecho pensando que había logrado hacer oír medianamente bien al público mis citas de Pla, Baroja, Camus y Kundera (me gustó decir aquello de “esa borrachera de debilidad” de uno de sus personajes, para describir los momentos de abatimiento y el no querer seguir luchando en las derrotas de la vida) seguía deconstruido y con ganas de volver a armar las piezas del cuerpo y la cabeza: paseé algo por calles mal iluminadas, recalé en el Cuervo, en Chisco y en el Black. Y cuando volvía a casa me crucé con un grupo de universitarios zumbones que venían y seguían de botellón. En un momento dado ensayamos un paso de baile sobre la acera para no chocarnos, ese balance semicontrolado de los beodos. Podría triplicarlos en edad, pero por unos momentos –y no como con mi lectora del bikini rojo-– me sentí a su altura.

Encuentros con amigos, lectores, jóvenes y crepúsculos y otras luces. Dice Piglia, al inicio de Los años felices, que ha pensado en sus diarios como una intrincada red de pequeñas decisiones que forman secuencias diversas, series temáticas que pueden leerse como un mapa, que van más allá de la estructura temporal y fechada. Y anota la serie de los amigos, los encuentros en bares, conversaciones, sus esperanzas y cambios a lo largo de los años. Luego –aunque no llevo ni mediado el libro– veo que se aplica a ello: serie sobre autores argentinos; serie sobre teoría de la literatura; serie sobre Tolstoi o Pavese; serie apuros económicos o relaciones con las mujeres… En estos escritos míos todo es atonía, uniformidad. Como mucho, puedo anotar que me cruzo, ya anocheciendo, frente a las verjas de la Beneficencia, con una mamá y su niño, de unos nueve años, que vuelve, sin duda, de actividades extraescolares con su cartera a la espalda. “Pero papá volverá a tener trabajo, ¿verdad?”. Y noto que se me cruje el alma. Vi también al gitanillo de gafas de culo de botella dando tumbos por Federico Echevarría, no sé si porque las placas de su cabeza –colocadas después de que lo atropellase el tren– se habían salido de sus raíles o porque había bebido. Iba en silencio, cuando lo normal es que grite bastante. Y muy desorientado: pasaba al lado de un contenedor de basura del que sobresalía una hermosa pierna de maniquí y no vi que la jalara.

Hay otras lectoras, sin biquini, que recuerdo: Dorotea o Teodora, que me dice que ha comprado veinte ejemplares del primer libro porque las páginas que hay en él sobre un viejo cine club la han llevado en volandas a aquel tiempo de juventud, a tanta intensidad. O la que me aborda en el bar del callejón muy de madrugada, con su pelo enmarañado, taladrándome con su mirada, y me dice que lo está leyendo y que le está gustando tanto que…; yo noto cómo me tiemblan las piernas y trato de escapar diciendo que salgo a fumar y forcejeamos con la manilla de la puerta. Bueno, para eso se escribe, para afrontar los peligros de que te lea una mujer.

Yasmani me cuenta que en Cuba todo sigue igual. Que hay apertura porque se les acabó la teta de la vaca soviética y, ahora, la del petróleo venezolano; que por eso andan zalameros. Dice que Darien, que ha pasado allí unos meses, no pudo poner en marcha una antigua prensa para grabados porque le faltaban piezas y era imposible conseguirlas. Que también trató de reformar un baño y tampoco consiguió reunir los materiales. Luego le pido que me haga reír de nuevo y me cuente, en su castellano perfecto y sabroso, la historia de las pruebas de virilidad con el ventilador ruso. Lleva muchos años aquí, se siente español, pero de vez en cuando le ataca la extrañeza. Esto también le pasa a Sena –el personaje femenino de la novela de Marta– a pesar de llevar cinco años en Berlín.

El 27 de octubre, a las nueve de la mañana, voy a ver la exposición de los barcos de Jesús Boado, en la sala del edificio de la Junta. Está cerrada. Olisqueo por allí cerca y un funcionario me abre y disculpa al compañero que debería estar. Maquetas naïf de barcos y gabarras, con sus humos suspendidos de algodón. Un mundo desconocido y que no sé si me atrae, que siempre he mirado de manera distante. No lo tengo muy practicado: me he subido un par de veces al velero de Conty y ya el primer balanceo sobre el agua me pone una cinta de desorientación en la frente. Prefiero pensar –y casi siempre lo hago– en algunos libros en los que aparece el mar. Extrañamente no son Melville, Baroja o Conrad; los que vienen traídos a la orilla son Paul Morand y Valéry Larbaud. El primero puede que se deba a que en su Venecias, en el que habla de algunos cruceros, dejé dibujado un barco. Lo he comprobado hace un instante al sacar el libro de la estantería. Hay también otros dibujos, un gato veneciano, el agua brotando entre las juntas de las losas de la plaza de San Marcos, un sombrero flotante…

Y en la página 54 encuentro un recorte de la sección de cine del Teleprograma y una anotación a lápiz: “15-9-86. En TVE ‘Eva’ de Joseph Losey, con Jeanne Moreau, Stanley Baker y Virna Lisi y Venecia; Billie Holiday songs (y, al parecer, Peggy Guggenheim haciendo de ella misma)”. También se me aparece Larbaud y su poema “Carpe diem”. Quizá porque en la portada del libro en la editorial Trieste hay unas gaviotas posadas en ese mar de estacas en que se apoya Venecia. En esos versos voy pensando cuando me dirijo a la oficina, en su comienzo. Antes de entrar en el despacho, Marta y Mercedes, la trabajadora social y la educadora, me hacen una consulta. Estoy tan absorbido por el poema que les pido que me repitan todo un par de veces. Luego nos reímos al contarles mis cuitas, y que no recuerdo más allá del tercer verso: “Retén este triste día de invierno sobre el mar gris, / de un gris suave, esta tierra azul, este cielo umbroso, / desesperanza y ternura a la vez…”. Eso es lo se me viene a la cabeza, literaturas marinas. Y no –lo que sería mucho más evidente– la mole enorme de aquel transatlántico, más alto que el mismo Campanile, cuando estuvimos de visita por primera vez. Caprichos de la memoria.

Veo a Pati B. Está algo enfermo y le ha cambiado la color. Pero eso es de que habrá paseado menos, habrá estado escondido. Todo irá bien. Lo veo –como me sucede desde hace un tiempo– en la librería. Está fuerte, casi gordo. Gordo como los libros que lee. El inicio de casi todas nuestras conversaciones últimas tiene un mismo guión: Él me pregunta qué tal estará el libro que tiene entre manos (siempre es uno de más de quinientas páginas de pura literatura, novela, Pynchon, Dicker y cosas así); yo le respondo que sigo la recomendación de Pla y después de los 35 años he dejado de leer novelas, que es un síntoma acentuado de primitivismo, que lo que tiene que hacer es leer más poesía…; luego, pasamos a embromar todos los asuntos de la literatura, las mujeres y la vida.

Tras el encuentro con la lectora de la playa, escribí un breve párrafo en el libro de poesía que leía en aquel momento para no olvidarla. Bueno, cosas así no se olvidan, pero si se anotan puede que luego se recuperen para describirlas. Al final de esa nota había una breve frase, “la gran familia de los hombres”. Resulta ser el título de uno de los artículos que Barthes incluye en Mitologías. Hace referencia a una exposición de fotografías que se presentó por aquellos años en París, “The Family of Man”, cuyo objetivo era mostrar la universalidad de los gestos humanos en la vida cotidiana de todos los países del mundo. Primero se babeliza –dice Barthes– la diversidad de pieles, cráneos y costumbres, y luego se extrae una unidad: el hombre nace, trabaja, ríe y muere en todas partes de la misma manera. Quizá cuando anoté esa frase estaba pensando en todos los cuerpos semidesnudos de casi todos los hombres en todas las playas de los veranos del mundo. O quizá no. Y al lado de ella me llegaba otra frase capitular del libro, “Billy Graham en el Velódromo de Invierno”. Son como dos frases que se han ido quedando pegadas a uno como esos restos de celo que no hay forma de quitarse de los dedos, que pasamos de una mano a otra cuando estamos cerrando un paquete postal. El caso es que son frases comunicativas, inanes, no literaturizadas. El caso es que quiero que me dejen de una vez en paz. Y las conjuro escribiéndolas varias veces. La gran familia…, la gran familia…, hombres, hombres; velódromo, velódromo, invierno… Adiós, adiós.

En el primero y en este segundo volumen de los Diarios de Ricardo Piglia, el escritor cambia constantemente de vivienda. En la página ciento cincuenta y cuatro, anota: “Encuentro un enorme departamento en Sarmiento y Montevideo. Con teléfono, tres ambientes, buena luz, contrato hasta abril de 1971. Dejé seña, veremos si funcionan las garantías”.

Estos continuos cambios me resultan familiares. Libertad, que acaba de cumplir nueve años, me dijo al inicio del curso: “Ave, es la primera vez que no cambiamos de casa”. Estaba contenta porque podía volver a la misma clase, con los mismos amigos. No tendría que seguir a su mami, maestra, a la nueva escuela, como siempre han hecho, en su carromato de zíngaras, con sus tres gatos a cuestas, en vez del tradicional oso que a la noche, junto al fuego y a los sones del violín, se pondría a bailar. Su madre ha aprobado este año las oposiciones con buena nota y ha podido elegir escuela en un pueblo cercano, ya no es interina. No le quise decir a Libi que eso sigue siendo algo provisional, que casi con seguridad, el año que viene, al final del verano, tendrá que meter de nuevo en cajas sus muñecos.

(En un momento dado, he recordado que en otro libro de Piglia, La forma inicial. Conversaciones en Princeton, el entrevistador le dice que se aprecia que algunos cuentos los ha escrito frente a una misma ventana, mirando las azoteas y las cúpulas de Buenos Aires. Y allí dejé, como tan a menudo hago para frotarme los ojos y descansar de la lectura, un dibujo a lápiz que es el que irá ilustrando este nuevo capítulo de mi diario).

Decepción con Agamben. Busco en El fuego y el relato, en lectura rápida, como de puntillas, ideas para mi prólogo al libro de Antonio Manilla sobre la cultura en tiempos del twitter. Hace de filólogo y no de filósofo: me dice de dónde vienen las palabras –libro, pantalla, leer– pero no cómo funcionan las cosas. Como si reflexionase a expensas de una segunda parte, un análisis posterior que no está ni sugerido en el libro. Algo que echo en falta. Toño, corrigiendo las últimas pruebas tiene su pelea con la filóloga de la editorial, que quiere quitarle todas las cacofonías y repeticiones, que él, como poeta, busca con afán para que la prosa del ensayo tenga su ritmo. Será un buen pulso: me dice de ella que es competente, pero que él va a pelear.

Llueve. Veo que Paco, el librero, sigue con el cartel de la presentación de mi libro en el escaparate meses después. Nunca hemos dicho nada sobre ello, pero él y yo sabemos cuánto hay en mí de agradecimiento. Tiene el último diario de Andrés, Sólo hechos; son las diez pasadas y no ha llegado. Hago tiempo volviendo a ver la exposición cercana en Pallarés. No hay grandes obras, pero los tres pequeños bodegones del inicio (Picasso, Braque y Gris) son suficiente para que me emocione. Son obras de una época en que la vanguardia sólo era una palabra inventada por Apollinaire; todavía se creía en la pintura, en ciertas formas de aprendizaje y destreza; pervivía una vocación amorosa (“Me pongo a trabajar como los demás corren a casa de su amante…”, anota Delacroix en su diario, un miércoles, 30 de noviembre de 1853).

Y ver enfrentados a los pintores y modelos de Picasso y Óscar Domínguez me produce el mismo efecto: la mujer del pintor canario tiene sus carnes dibujadas como las suaves ondulaciones de las dunas de las islas. Esas islas en las que fuimos jóvenes.

Amanece y en el cielo el gris comienza a tener una cierta presencia: leves movimientos también de nubes deslavazadas, como sin querer hablarse entre ellas, como cuajarones fríos, como manchas de humedad después de fregar el suelo que van cambiando de forma. Un cierto desorden. Han anunciado, por fin, la llegada del frío, quizá la nieve. Estas nubes picudas, esquinadas, de feroz mascarón de proa, parecen ser sus heraldos.

  1. tino rivero

    Desengáñate Ave, tú no escribes diarios; así como Jourdain, el burgués gentilhombre de Moliére llevaba cuarenta años hablando en prosa sin haber caído en la cuenta, tú llevas unos ciento cincuenta episodios entregados de lo que creías entradas de un diario cuando en realidad son monólogos: exultantes, amargos, divertidos, tiernos, desganados, cotidianos, ligeros, volátiles, tristes, laudatorios, enfadados, etc… pero monólogos, monólogos ilustrados.
    Eres un monologuísta, Ave (diosmelibre de confundirte con los chistosos) y aunque no soy una mujer, cuando incumples los plazos te echo en falta.
    Sé fuerte. Un abrazo

  2. robertomolero

    Fantástico relato. Me encanta la inclusión de uno de tus dibujos. En este caso pareciera que te has dejado melena a lo afro. Aunque tal vez sea un cojín donde reposar. Un abrazo.

  3. Félix Páramo

    Excelente, Ave. Da gusto “perder” el tiempo leyéndote. No sabe uno cuánto gana! Me encantó la palabra “cuajarones”, hacía mil años que no la oía ni usaba. Por cierto, cuando llegó Mar… acabó la historia con tu fan? No hace falta que respondas, se estropearía la magnífica puesta en escena de tu lúdica representación en esa escena.
    Un saludo

  4. Ana

    Has llegado a leer Instrumental? Cuál es tu opinión? No de la vida del autor, ni de sus conciertos.. tu opinión del libro

  5. Anónimo

    Gracias Avelino……lo disfruto mucho.Por cierto me encanta el dibujo pero estoy un poco confusa con tu pelo.

  6. Anónimo

    A mi mujer le pasaba lo mismo con ese pelo. Le he tenido que explicar que no soy yo, que puede ser alguien parecido a Piglia en la ventana de su departamento (por ejemplo, el de Canning y Santa Fe que alquila después de que los tipos de Coordinación Federal rastrillen, metralleta en mano, el edificio en el que hasta entonces vivía).

  7. Jose Angel

    He leído el libro de Avelino por casualidad (una referencia en El ojo crítico de Radio Nacional). Ya había leído a José Luis García Martín y algún Diario más de gente poco conocida. Estos escritores “menores”, de ciudades generalmente provincia, (yo también vivo en una provincia muy menor) tienen el encanto de la prosa cercana y sin aspavientos. Me ha resultado maravilloso su amor por lo libros y la forma que tiene de contarlo. No me extraña que hable de Mateo Díaz. Para mí es tan bueno como él. Seguiré comprando los libros que vaya sacando. Gracias Avelino.

  8. Avelino Fierro

    El anónimo que habla de su mujer y de Piglia creo que soy yo (un torpe que se enreda en esto de las redes).

  9. José Luna Borge

    Piglia es un pillo sumamente inteligente, adorable, hace unos diarios con materia de siglos pasados acomodándolo y reacomodándolo todo al momento presente en que el color moral de aquellos recuerods ya nos son lo mismo, pero su obra se lee con gusto , ese es su milagro.

  10. José Luis Avello

    No sé por qué esta tu nueva entrega me ha sabido, no a poco, quizás sería mejor decir a no Avelino. No has sido el seductor de siempre, el que te obliga a releer y a mirar nuestra vida con tus ojos. Por esta razón he tardado en ofrecerte mi opinión. Ingenua, es cierto, propia del que no sabe ver en la obscuridad o, mejor, detrás de la oscuridad ¿A ver si tenemos la culpa los dos? Lo más seguro es que sea toda mía.

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