Laila Ripoll: “La verdad es muy incómoda porque arrastra vergüenzas…”

Laila Ripoll. © Fotografía: Javier Naval.

Laila Ripoll. © Fotografía: Javier Naval.

[Esta entrevista a la actriz, dramaturga y directora Laila Ripoll, realizada por el escritor y crítico literario Iván Humanes, apareció originalmente publicada en el número 362 (año 2014) de Quimera: Revista de literatura (págs. 42-43)

Por IVÁN HUMANES *

Laila Ripoll (Madrid, 1964) es actriz, dramaturga y directora de escena. Cofundadora de la compañía teatral Micomicón. Ha dirigido obras para en Centro Dramático Nacional, la Compañía Nacional de Teatro Clásico y el Festival de Teatro Clásico de Mérida. Su teatro comprometido, rebelde, del horror y la memoria, construido desde diferentes perspectivas (metateatrales, oníricas, metafóricas, humorísticas, grotescas…) y su relectura de los clásicos ha recibido diferentes premios: Caja España, Ojo Crítico, Premio José Luis Alonso, Certamen de Directoras de Escena, Artemad, finalista en el premio Max, etc. Recientemente ha estrenado la obra Paradero desconocido, de la escritora Katherine Kressmann Taylor.

—Por “La ciudad sitiada” (1996) recibió el Premio Caja España, fue uno de sus primeros textos, homenaje las mujeres fuertes que sobreviven y sacan la poca vida que les queda en las distintas guerras civiles del planeta, ¿cuál es el motivo del olvido? ¿Cree que España saldrá en algún momento de su “amnesia” y recuperará la memoria histórica?

La Ciudad Sitiada fue mi primer texto. En 1996 Micomicón recorrió durante varios meses Centroamérica. En aquella zona devastada por la guerra, por la angustia y por la violencia pude reconocer decenas, centenares de situaciones familiares, no por haberlas vivido en primera persona, pero sí por haberlas vivido intensamente a través del relato de mis abuelas: el hambre, la muerte, el miedo, la indefensión. “Daños colaterales” tituló un crítico el espectáculo, y eso era. En el texto hay mujeres y varones, ancianos y niños, gente corriente que sufre una situación de guerra, de conflicto armado: violadas, niños soldado, madres desesperadas, población hambrienta, mutilada, aterrorizada… Sucedió en España hace pero sucede todos los días y a todas horas en muchos, muchísimos lugares del planeta, el problema es que ya, de puro cotidiano, ni lo vemos ni lo oímos. Somos capaces de escucharlo en el telediario mientras comemos y sin que se nos corte la digestión.

En cuanto a la amnesia española, soy poco optimista, la verdad.

—Parafraseando a Zoilo, su personaje en Santa Perpetua, y a una de sus preguntas en la obra: ¿sucede que “no quieren saber la verdad”?

—Sucede que hay quien no quiere que los demás la sepamos. La verdad es muy incómoda porque arrastra vergüenzas económicas, sociales, familiares… empresas que se beneficiaron de las circunstancias utilizando mano de obra esclava, fortunas que se hicieron a base de esquilmar a los vencidos, propiedades robadas, denuncias anónimas… Vivimos inmersos en una enorme injusticia y, evidentemente, a los que se benefician o se beneficiaron de ello no les interesa que se conozca la verdad.

—En 1992 dirigió el primer espectáculo de la compañía Micomicón: “Los melindres de Belisa”, de Lope de Vega. En su línea de trabajo combina los clásicos con la denuncia actual, ¿existe entonces otra forma de releer a los clásicos?

Los Melindres… fue el primer espectáculo de Micomicón y creo que todos le tenemos un especial cariño. Lo dirigió Susana Cantero, yo empecé en la dirección un poco más tarde con “El Acero de Madrid”. Desde entonces, principio de los 90, hasta ahora, han sucedido muchísimas cosas. “Los melindres de Belisa” era un espectáculo muy dinámico, muy fresco, pero todavía muy convencional. Con los años fuimos aprendiendo a hacer los clásicos de otra manera, hasta llegar a montajes como “Mudarra” o “Los cabellos de Absalón” que dirigió Mariano Llorente, en los que abordábamos a Lope o a Calderón de la manera que nos gustaba, como mejor nos sentíamos. Creo que hay infinitas maneras de leer o releer a los clásicos. Marsillach hizo un gran trabajo en la CNTC que nos abrió un camino a muchos teatreros que queríamos hacer a los clásicos de otra manera.

—”Santa Pepetua”,”Atra bilis”,”Victor Brevcht”,”Los niños perdidos”,”Un hueso de pollo”… son algunas de sus obras. Isabelle Reck en su ensayo “El teatro grotesco de Laila Ripoll” (UNED, Revista Signa 21, 2012) las definió “plenamente grotescas por su «humorismo satánico», ¿qué importancia tiene el infierno y la muerte, la matanza o el crimen en sus obras? ¿Cómo trabaja la tragedia en el texto?

—El infierno poca, la verdad. La muerte toda. Lo demás viene añadido. Siento que pertenezco a una tradición, a una linea recta que se inicia, posiblemente, con Quevedo, con el Lazarillo, con don Quijote, una tradición a la que pertenecen Goya, Picasso, Valle Inclán, Buñuel, Azcona, Berlanga, El Roto… una tradición de humor negro, de grotesco, de denuncia a través del humor, la mueca, lo fantasmal… la tragedia aparece por añadidura. Comedia y tragedia son dos polos que se tocan.

—”Atra Bilis”,”Santa Perpetua” o”Los niños perdidos”, los espacios físicos en su teatro, ¿qué importancia tienen para usted? ¿Son manifestación de los lugares sicológicos de los personajes?

—El espacio es muchas veces (por no decir casi siempre) el punto de partida: Personajes y espacio, lo demás viene solo. En ocasiones, como en la “Trilogía de la Memoria (Atra Bilis, Los Niños Perdidos, Santa Perpetua)” o en “Luz en Tinieblas”, el espacio físico es un personaje más al que le suceden cosas, que transpira, que rezuma, que, incluso, habla.

—Antonin Artaud decía al respecto de su Teatro de la Crueldad: “Y el público creerá en los sueños del teatro, si los acepta realmente como sueños y no como copia servil de la realidad, si le permiten liberar en él mismo la libertad mágica del sueño, que sólo puede reconocer impregnada de crueldad y terror.” ¿Lo suscribe?

—Artaud me resulta contradictorio: seductor y peligroso, apasionante por un lado, pero con una sinrazón y una gratuidad que asustan. Un teatro “artaudiano” puede ser un ladrillo infumable, un pestiño reaccionario y apestoso. Ahora mismo no sé si lo suscribo o me hace salir corriendo, la verdad. He visto tanta porquería empanada en Artaud que me ha empachado.

—Fue la primera autora que estrenó obra en el Centro Dramático Nacional (“Los niños perdidos”, con la compañía Micomicón en 2005), ¿cree que se ha llegado a reconstruir el panorama escénico? ¿Qué situación vive hoy en día el teatro?

—Soy muuuuy pesimista respecto a la situación actual del teatro en España. Los circuitos están destruidos, las compañías desaparecen porque no hay actuaciones, se cierran salas… un desastre. Vivimos un momento extraordinario en cuanto a autoría dramática, en cuanto a creación en general y, sin embargo, el teatro se asfixia. Es muy difícil, por no decir imposible, vivir exclusivamente del teatro, hay que compaginarlo con otros trabajos (si es que se encuentran) para poder sobrevivir, algo que era impensable hace algunos años. Es terrible lo que está sucediendo y, lo peor es que lo que se destruye es irrecuperable.

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Iván Humanes (España, 1976) es escritor y crítico literario. Sátrapa Trascendente del Instituto Pataphysicum Granatensis. Ha publicado los libros de relatos La memoria del laberinto (CyH, 2005) y Los caníbales (Libros del Innombrable, 2011) con el que fue finalista del premio Setenil al mejor libro de relatos publicados en España; la novela La emboscada (Inéditor, 2010), y, en coautoría, los volúmenes Malditos: la biblioteca olvidada (Grafein, 2006) y 101 coños (Grafein, 2008). Premio de relato Ciudad de Jerez, El Fungible o el MADTerror Festival 2014, entre otros. Participa en el consejo de redacción de Quimera. Revista de literatura. Su último libro publicado es Lengua de orangután (Editorial Base, 2015).

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