Envío 28 (en las ciudades fronterizas, una casa, oído en el telediario…)

León, detrás de la girola.  "Viva el Soviet". © Fotografía: Eloísa Otero.

León, detrás de la girola. “Viva el Soviet”. © Fotografía: Eloísa Otero.

Por ILDEFONSO RODRÍGUEZ

Hay obras en un cuarto de la Residencia de La Regla. Por la puerta sale en una ráfaga la voz del obrero que canta: La felicidad, ja, ja ja ja. Canciones de los veranos, indestructibles. El Repertorio del Obrero, lo llama mi amigo, el músico pensador. En las praderas del año 1967 bailé esa canción, la cantábamos, himno bárbaro, medio mamados con el Ponche Caballero o el Gallego Méndez. Y ahora sale por una rendija en medio de los dolientes, qué flash.

Visión de un aborigen. El mendigo que se refugió bajo la gran maceta de plantas tropicales (ficus, hojas de palmera) que adorna la calle principal de la ciudad. Ahí está, en lo que Lastres llamó “el lugar indígena”.

Desde la calle Misericordia le señalo a un amigo el lugar inexistente, nuestra casa de la juventud ascendida al cielo de las desapariciones, allá arriba, mira, estaba el balcón. En la transparencia veo escenas, personajes como para escribir el Ulises durante un año, ahí, sentado en la calle, mirando al aire. 

En las ciudades fronterizas, de límites indecisos, es corriente oír la fórmula: se le vio, se le vio entrar, se le vio haciendo, se le vio… Ese impersonal resume la vigilancia de la ciudad, una vigilancia que un amigo sentía, exasperado, como insufrible, porque se basa en el conocimiento absoluto: todos nos conocemos, me decía, es imposible encontrar un sólo desconocido. La ciudad entera se pasa informes, se comunica con miradas anónimas que se transforman en noticias: se le vio entrar en la casa donde velan a los muertos, en la estación, en la tienda de los mirones, y ya hay noticia sobre ese particular. Muchos huecos se abren en la calle, ninguno guarda tanto secreto; pero cada vez que alguien entra allí, hay a sus espaldas unos ojos, alguien está mirando, y la boca sin nombre dirá el selevió.

Al sacar los billetes del cajero automático, se llenó la calle de un olor a pan tierno. Inexplicable.

Un hombre va de paseo por una calle tranquila y ordinaria en el Londres de todos los días, una calle de casas grises y paredes desnudas, cuando, de pronto, durante unos instantes, se descorre un velo, los adoquines de la calzada dejan escapar exhalaciones del abismo, el suelo le hierve al rojo vivo bajo los pies y le parece que oye crepitar las calderas del infierno”.
(Arthur Machen)

Una casa que lleva años sellada, bajo la amenaza del derribo codicioso. Tuvo una librería donde era obligado comprar los cuadernos y los libros de ciertas asignaturas; siguen en la nariz aquellos olores a novedad insípida, forzada. Sobre los huecos cegados resaltan ahora la cenefa de azulejos verdes, la forja de los balcones.
Un hombre viejo pasa ante la fachada. Va armado con un bastón, pero va garboso, dando pasos fuertes. Cuando alcanza el portal sellado suelta un bastonazo que deja oír su resonancia en el interior de la casa; golpea y sigue adelante, un gesto casi automático, diario, sin detenerse, sólo un golpe y seguir.
Eso fue todo lo que vi desde la acera de enfrente; pero aquel acto pedía interpretación: o era pura imagen, y el viejo un gamberro, un tipo duro; o el gesto, en su ciclo diario, alcanzaba a ser un símbolo. ¿Que pasó en ese portal? Ahora venían otras resonancias: un antiguo rencor, una ronda desaparecida, la señal, un seña a algo, a alguien a quien se quería despertar, avivar su memoria. Alguien en el interior de la casa. El bastonazo diario era un recordatorio: acuérdate, sombra, piensa otra vez en aquello.

En la estación. Hay en el andén una pareja muy joven, ella es argentina, se hace notar, se da cuenta de que me estoy fijando en ella. Y hace bromas con el aparato que detecta puñales y bombas. ¿Detectará en la maleta mis braguitas de colores?, le pregunta al compañero.
Qué picante alegría de voz argentina, antes de subir al tren.

Oído en el telediario, en un bar. Una víctima del huracán Matthew cuenta: Traía piedras el mar.
Y ya nos hacemos una idea (poética) de lo que debió ser aquello (sí, pero en la barra tomándonos nuestro vinito).

No echar a la calle cosa mortecina. En el siglo XVI la ciudad escuchó esta ordenanza proclamada en bandos con tambores. La calle de hoy esparce otros dulces y otros venenos.

Un Comentario

  1. Extraño poder de emoción tiene sobre mi todo lo que escribes…

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