Querido diario (84)

© Ilustración: Avelino Fierro.

© Ilustración: Avelino Fierro.

De alguna manera, estas páginas del diario del escritor, lector y fiscal de menores leonés Avelino Fierro cierran una etapa. El autor anuncia que con esta entrega, la nº 84, se cerrará el futuro tercer volumen de sus diarios —el primero fue “Una habitación en Europa (Diarios 2010-2012)”, y el segundo “Ciudad de sombra. (Diarios 2013-2014)”—, y que a partir de aquí, ya veremos. Deseamos que estas últimas páginas no sean sino una despedida momentánea…

Por AVELINO FIERRO

Salí a pasear en este último día del año por uno de los barrios deprimidos de la zona norte de la ciudad. El otro es el mío. Me gusta más por el que caminé, ya de noche, un buen rato. Tiene cuestas y recodos inesperados y ese olor a humo de cocina económica o de haberle chamuscado las filoplumas a un pollo de corral. Hay todavía muchas casas bajas, y en las noches de verano las mujeres sacan las sillas y se ponen de filandón a la fresca. Como no hay locales comerciales ni nada que distraiga los sonidos de la vida, paseando por estas aceras muy estrechas puedes oír las radios, el borboteo de los pucheros y cómo a veces se hace el amor.

Esta vez andaba uno un poco defraudado, porque han metido allí muchas farolas y no se sabe bien para qué. No pasea nadie por esas calles y los coches llevan su óptica. Pasó uno negro, con música flamenca, un poco a lo loco; y una furgoneta grande, con cortinillas, de esas que llevan y traen el género a los mercadillos y rastros. Esas luces municipales le sacan los colores a todas estas fachadas modestas, la lepra de los años y su cochambre. En una de ellas, un sinfín de lamparitas azules hacían tales chiribitas que obligaban a achinar los ojos; luces chinas. Un poco más allá se abrió una puerta y salió una mujer en bata, con los calcetines caídos y en zapatillas, a pasear un perrito. Un minuto después los otros únicos habitantes, dos gitanos jovenzuelos, se encararon conmigo, “Ja, chacho, qué pasa”, con un tonillo de pendencia. Pensé en cruzar hasta ellos y dejarlos desarmados felicitándoles las fiestas. No lo hice y creo que acerté, porque igual ellos no estaban poseídos como yo por el espíritu navideño. Al dar la vuelta a la esquina les oí reír.

Al poco me llamó Antonio Manilla; le había dicho que tendría el teléfono móvil de la guardia conmigo. Quería darme los primeros ejemplares de su último libro Ciberadaptados, subtitulado Hacia una cultura en Red. Un breve y excelente ensayo al que yo le he puesto un prólogo diminuto, de descreído y ciberescéptico. No estaba lejos y lo cité en el bar de Nati. Unos parroquianos jugaban una de esas partidas tardías. Las luces eran de plomo y espumillón. La tabernera hablaba con una señora que tenía los rulos puestos. Al lado, en una silla de ruedas, estaba el que debía de ser su marido. De vez en cuando se ocupaba de él y le colocaba una visera roja, que él tardaba poco en desajustar con un gesto mecánico. Le daba sorbitos del vaso de vino y alguna patata con salsa también roja. En la tele había un programa de niños cantores buscando la fama. El vaho no dejaba ver el exterior, aunque hacía más bonitos por desvaídos los tonos de las luces nerviosas de estas fechas.

Llegó Toño al rato y pedimos una ración de callos con algo de morro para celebrar la ocasión. Me dedicó el primer ejemplar, siguiendo la tradición. Entró un grupo de jóvenes que lucía más que toda la bombillería de fiesta –entre patética y escasa– que ha puesto el Ayuntamiento por estas calles. Pantalones de colores rabiosos, zapatillas fosforescentes, plumíferos que hacían de ellos auténticos michelines, pendientes y piercings. Todos con muy buen pelo y todos con un detalle de barbería en sus cabezas. Llevaban sus smartphones con fundas brillantes de lentejuelas, y se iban pasando las pantallitas en las que se descubrían los últimos chistes y memes y algún que otro cante y guitarreo. Todos muy enfervorizados. “¿Por qué le llamamos cultura cuando queremos decir entretenimiento?”, es una de las frases certeras de aquel libro que teníamos en la mesa, y que no se nos ocurrió dárselo a leer. Al final, después de tomarse unos botellines, nos pidieron que les hiciéramos una foto. Ninguno tenía brazo tan largo para el selfie que abarcara aquel grupo deslumbrante y rechoncho por mor de sus anoraks.

De allí seguí el paseo hasta la zona de los prados cercanos a la universidad. A mitad de camino J .L. Olcoz me gritaba desde el otro lado de la plaza, “Felices Fiestas. Muy bueno el poema”. Había mandado a algunos amigos por correo electrónico –hasta ahí me manejo yo en lo digital– ese poema epifánico, “Adviento”, de Kenneth Rexroth: “El año toca a su fin. En prados y pastizales / altos la hierba vetea de verde el / gris. Los campos de rastrojos están ya / verdes. Un año más Orión, sencilla / y luminosa ocupa el cielo de California / y custodia la luna llena…”.

No tenía prisa. Me desvié a lo largo de las vías muertas. En una zona sin iluminación, cerca del viejo campo de fútbol, miré un rato el cielo. El panorama era una tragedia: casi no se apreciaban las acostumbradas burbujas de los buenos deseos al estar emborronado, atiborrado de millones de whatts apps y tuits con frases bobas e imágenes inanes. Recordé los versos de W.C.Williams al que he leído tras ver la última película de Jarmusch, “cómo vamos a escapar de esta edad moderna y aprender a respirar otra vez”.

Aquella amenazante Nube preñada de puerilidad estaba llenando el mundo de adictos que ya no decidían por sí mismos, y poco se podía hacer. Esa impotencia me estaba cabreando. Pensé que sería mejor ir poco a poco, medirse en el cuerpo a cuerpo con gangrenas más locales, una guerra de guerrillas. Marqué el número de la Divinidad y pedí ayuda: que enviasen una discreta plaga contra esos políticos idiotas que andan en estas fechas queriendo derrumbar con ahínco tradiciones o instrumentalizar hasta las ilusiones de los niños. Y después seguir fumigando a otras turbas ineptas y atentas al lucro vil. No había buena cobertura. Esperé y esperé mirando de nuevo el firmamento. El cansancio hizo que mi ardor guerrero flojeara. Bueno, al menos aquellas estrellas que hendían el aire tenían un hermoso brillo y eran las mismas de ayer, y pensé que esa era una noche más aunque cambiase el año. Y que a qué venían aquellos deseos de borrasca, cuando en unos días llegará la nieve tapando las grietas, y mañana volverá la escarcha. Y puede que la niebla que aparece alguna de estas tardes, lametona, también lo calme todo.

Y los libros no leídos, las nubes, la música del tiempo. No debía ponerme ridículo arrastrándome por la pasión. Feliz, feliz año.

  1. ¡Da gusto leer!
    Gracias, Avelino

  2. Félix Páramo

    De nuevo Ave, gracias por tus letras. Tal vez para otra ocasión envíes a los amigos el poema Música de laúd, de Rexroth, por aquello de la época y las palabras …el precioso metal (oro)de nuestros cabellos revueltos, …el incienso de los brazos y piernas en éxtasis, …la mirra de los besos…
    Ya ves, realmente sugerente.
    Lo dicho, a tener también buen año.

  3. José Luna Borge

    Y a partir de ahora, ¿quién va a contarnos los paseos por esa vieja ciudad recoleta y orvallada? Los barrios secretísimos y pobres, los bares y tabucos en la alta noche, conversaciones de tahúres de vino fácil y bronca recia, librerías de amigos ya cansados al pie del cierre porque nadie lee, la luz afásica de esas calles despobladas y la niebla que nos ciega al regresar a casa a la madrugada; ¿quién va a dar cuenta y levantar acta de esa nada cotidiana que entretiene nuestros días, amigo Ave?

  4. Anónimo

    U placer empezar leyendo el último diario. Fiel reflejo de la realidad de los barrios, sus habitantes, y una fina ironia para,describir la realidad política nacional y local. Escasez de iluminación en la periferia y mucho ruido político , pero poco cambio para las personas que sigan estando en dificultades, paro. Etc.

  5. Avelino Fierro

    Queridos amigos, querido anónimo, gracias por vuestros comentarios.
    Y a los que me habéis preguntado por el barrio o por los bares si el “querido diario” va a continuar, gracias por vuestro interés.
    No voy a dejar de escribirlo ni de mandarlo al Tamtampress. El 84 – con otros contenidos que no están publicados- cierra ese posible tercer libro, nada más.

  6. José Luis Avello

    Gracias a ti Avelino por acompañarnos con tus entregas. Nos perderemos tus paseos. Tendremos que ir a pasearnos solos bajo la niebla, miraremos el cielo estrellado, haremos selfies a quienes nos lo pidan… pero solos. Esperaremos ansiosos a tus nuevos andares; los gozaremos al igual que esos 84 principales… Y, por favor, no nos dejes del todo.

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