Querido diario (85)

© Ilustración: Avelino Fierro.

Ho Chi Minh, en un dibujo de 1975. © Ilustración: Avelino Fierro.

“¿Dónde estabas tú en el verano del setenta y cuatro?”, le pregunta Ruth al autor. Y el autor se pone a recordar y escribe esta nueva entrada de sus diarios, por la que desfilan viajes, amigos, encuentros, libros, revistas, discos, películas… y olvidos. 

PERO HA PASADO EL TIEMPO…

Por AVELINO FIERRO 

¿Dónde estabas tú en el verano del setenta y cuatro? Me lo ha preguntado Ruth en la terraza del Cuervo, poco después de regalarle el libro de J.C. Llop sobre los recuerdos novelados de aquella Barcelona de sus dieciocho años. En la mesa larga del callejón somos unos cuantos. Hay varios amigos, algunos de mi edad y otros un poco mayores. Está también Eva, mucho más joven, que acaba de llegar de Islandia, donde ha pescado un novio lleno de tatuajes. Y algunas amigas, ya cerca de los cincuenta. Hace calor y en las mesas que hemos ido juntando hay sobre todo cervezas y gin-tonics “perfumados”.

Ruth había escrito en un blog una reseña sobre los diarios de Anaïs Nin. Sólo estuvo horas, porque se la censuraron; debió de molestar a alguien. Me lo contó por encima y me quedó amargor. Son historias que uno tomaría a chanza si no fuera porque son casi siniestras, de esas en las que hay una carga de mala uva mezclada con idiotez, que parece que cambian la morfología humana poco a poco hacia la imbecilidad, el Ku Klux Klan o vete tú a saber qué, nada bueno. Todas esas pamplinas de lo políticamente correcto, esas sensibilidades a flor de piel, ese hacer desaparecer al lobo de los cuentos infantiles o cambiar su final, esas ganas de prohibir Matar un ruiseñor o Huckleberry Finn, esa panda de estudiantes orientales y africanos londinenses pidiendo la supresión de Platón, Descartes y Kant, esa foto que acabo de ver de tres escritores declarando que la literatura gay es universal. Veo que sigue dando sus frutos el “todo vale” de la posmodernidad, que cada vez hay más majaderos opinando desde el anonimato de las redes sociales, que al personal se la traen floja la inteligencia, el mérito y la capacidad; viva lo mío, viva la vulgaridad.

En el ámbito de la literatura, Harold Bloom narra bien esta cuestión cuando habla de la Escuela del Resentimiento en su prólogo a El canon occidental. Tengo que copiar una frase, solo una por favor, no me resisto: “Estamos destruyendo todos los criterios intelectuales y estéticos de las humanidades y las ciencias sociales en nombre de la justicia social. En este punto, nuestras instituciones demuestran mala fe: no imponen cuotas a los cirujanos cerebrales o a los matemáticos. Lo que se ha devaluado es el aprendizaje como tal, como si la erudición fuera irrelevante en el reino del juicio acertado o erróneo”.

En el blog, Ruth hablaba bien de mis Diarios, y me citaba al lado de Chesterton y Zweig. Qué menos que uno le regalase este libro de un autor –Llop– que nace en el mismo año que yo, que lee algunos de los libros y revistas que yo leía, que escucha la música de aquel tiempo de ayer. Con esto –le dije– sabrás cómo éramos cuando éramos jóvenes.

Y ahora que me hacía esta pregunta, no sabía muy bien qué decirle. Seguro que varios de los que allí estaban lo contarían mejor que yo: siempre he presumido de tener amigos memoriosos y divertidos. Le presenté a Gus y Tacho, que estaban a nuestro lado. Mirad, Ruth es filóloga y da clases en Palma. Le he regalado un libro de memorias de un escritor que vive allí y quiere saber qué hacíamos nosotros a los dieciocho. Y, en viendo a la chica joven que les miraba, la asediaron en estéreo. Yo oía de Salamanca y Aníbal Núñez, de los veranos en el Curueño y una novia francesa, de un viaje en piragua hasta el océano que salió en los periódicos… Un poco más allá, Julio preparaba con Yuma, Jabuto y Cerebro la visita anual de toda la pandilla a la Sierra de Ancares.

Y me puse a recordar. Y no daba pie con bola. Escribe Chesterton en su Autobiografía que las cosas que recordamos son las que olvidamos, que cuando nos vuelve la memoria repentina y aguda, perforando la protección del olvido, aparecen durante unos instantes exactamente como eran. Hice un esfuerzo tratando de encontrar ese agujero.

¿Me había matriculado ya en Derecho? No estoy seguro del año, pero recuerdo los detalles: Luis Santamarta y yo habíamos estado en la cola de Filosofía; posiblemente andaríamos por allí buscando a algunas amigas. Pero había demasiada gente –la filosofía estaba de moda– y probamos con el ambiente de los leguleyos: las chicas, en su mayoría, niñas bien, y el impreso, fácil de rellenar. Nos quedamos. Yo era delegado de curso; me valieron, para salir elegido, las arengas repitiendo consignas del Partido –Comunista, por supuesto–, aunque yo no militase. En Derecho también tuvo cierta implantación el PT. Cuando cambiamos a la Facultad de Oviedo todas las guerrilleras estaban, sin embargo, en la L.C.R. y en el M.C. Pero la cultura –y eso tiraba, tanto como las chicas que querían concienciarte a toda costa y sin reparos– estaba en la ciudad de la mano del P.C. Los teatreros de Grutélipo, los cantautores que venían por aquí… Yo estaba en aquel grupo de pintores, comandado por Manolo Jular, que aprovechaban las exposiciones para la soflama combativa. Más, con todo, yo tenía mis reparos por mor de aquella disciplina –como si de ayuno con cilicio se tratara– que querían hacerte observar: no se podía ir por libre ni tener opinión propia; había que repetir las cantinelas y a veces esperar a que alguien de arriba o allende los Pirineos o del más allá te marcara el paso. Por eso nos sentíamos más cerca de los anarcos. Todavía recuerdo aquel jersey negro con banda roja que le hizo a Javi su hermana, de siete tallas más y que arrastraba cual sotana. Ya digo, nada de “prochinos” ni “revisionistas”, aunque en las asambleas el pelaje era muy diverso y no se aplacaba el ardor. Y todos teníamos claro que cualquier gesto era revolucionario.

Ese año que ahora trato de recordar no sé si fue el de los sucesos de Montejurra (creo que me estoy adelantando, ¿verdad?). Salvador Gómez de Arteche y Catalina, excéntrico profesor del colegio universitario, carlista, pagó de su bolsillo un autocar, cuyos viajeros volvieron con el temblor todavía en el cuerpo. En una misa contestataria que se hizo a los pocos días en el barrio de Santa Ana, los grises nos corrieron a porrazos. Así eran aquellos días: el derecho romano y algún encierro –recuerdo el de San Isidoro, solidarizándonos con los de Standard-ITT, sabiendo que afuera en la calle el hombre de gabardina que hacía como que leía el periódico tomaba nota–, la librería de Jony a diario, el Triunfo y libros siempre bajo el brazo y los vinos en el Húmedo.

Y estoy empeñado en que ese verano Mar y yo estuvimos en Barcelona. Allí conocimos a Vázquez Montalbán –qué buena labor habría hecho aquel Sixto Cámara en la ciudad áspera de hoy día–, del que yo había leído bastante y hasta había ganado el premio de poesía de la Facultad fusilando uno de sus poemas –¿o fue al año siguiente? ¿o el poema era de Carlos Álvarez?–. Ah, recuerdo ahora que también dirigí la revista del Colegio Universitario, D.U.A.C.; la portada del primer número lloraba la caída de Allende. De ese verano barcelonés quedan claroscuros e imágenes de novela negra: la luz filtrándose entre las persianas y un ventilador zumbando asmático en la habitación de aquel piso del Born.

Y mi foto fija, mi menú, quizá sea ese que digo: libros y revistas bajo el brazo todos los días y hasta en fiestas de guardar.

¿Cómo no iba uno a deslumbrarse con el mundo editorial de aquellos años? Yo tenía cierto vicio, lo reconozco: colecciones de literatura y ensayo que comenzaban entonces a publicarse, poco antes de la muerte del Dictador, están hoy en mi biblioteca.

De aquel verano son los Cuadernos Ínfimos de Tusquets; allí estaban Manera de una psique sin cuerpo, de Macedonio Fernández; o Sobre la estupidez, de Musil. Y en los Marginales, Instantáneas, de Robbe Grillet, la Historia secreta de una novela, de Vargas Llosa –todos los latinoamericanos que escribían habían llegado a Barcelona–, La perspectiva como forma simbólica, de Panofsky –un ejemplar lo regalé años después a la biblioteca del Museo Ramón Gaya–, El orden del discurso, de Foucault –que me ha servido luego para empezar alguna charla afligida–, el Cathay y Patria mía, de Ezra Pound. Yo no había leído demasiado a E.P., pero había muerto poco antes y era muy nombrado; hoy tengo una foto suya en la biblioteca en la que camina con botas de agua por una Venecia inundada; también se hablaba mucho de Burroughs y W. Reich.

Los de Anagrama sacaron sus Cuadernos. El primer número fue el Deutscher de Las raíces de la burocracia; luego venía Lévi-Strauss. En Lumen apareció aquella hermosísima colección, Palabra Menor, que inauguraba el “No time for flowers y otras historias”, de Ana María Moix.

En Ariel se editaba a Malinowski, Frege y Feyerabend. Y en Bolsillo de Seix Barral a Duras, Marcuse, Morin, Musil…

Había también libracos más gruesos: cuánto tiempo perdido leyendo a los estructuralistas, y cómo me enganché a los italianos de la arquitectura y la crítica de la imagen y la cultura: Eco, Dorfles, Munari, Pignatari, Pignotti, Rossi, De Fusco…

Me gustaba el teatro, pero no leía a Grotowsky, a pesar de la insistencia de Luis P. Iba mucho al cine: maratones interminables en los que te metías en la retina –y en vena– toda la nouvelle vague y lo que hiciera falta hasta saberte de memoria los planos-contraplanos, diálogos, travellings de Godard, Truffaut, Resnais, Rohmer, Chabrol y los dulces labios y el acento de Ana Karina y a B.B. en Le Mépris. Y Visconti, Bertolucci, Antonioni… De ese año es “Amarcord”.

Y también aquel año ensayamos para representar en la Facultad el “Ubú Rey” y no sé hacia dónde se deslizó mi personaje, qué pasó con él.

Pero detrás de todo –o delante– o debajo, como un colchón o un ungüento que te salvaba de todas las caídas o sinsabores, estaban la música y la poesía: compré en la primavera la Antología de la Nueva Poesía Española, de José Batlló, en la colección El Bardo, editada años antes, en el 68, y aquello me cambió la vida. A pesar de que mi ocupación y desvelo era dibujar casi a diario –todos aquellos cuadernos han desaparecido–, de que ahorraba para viajar a Mougins y ver a Picasso, de que acudía con cierta frecuencia al estudio que teníamos en la Calle Santa Cruz, al lado de la Plaza Mayor a dar algunas pinceladas a algún paisaje o a rematar otro cuadro o algún cartel reivindicativo –en las paredes había obras de Manolo Jular, de Llamas, de Eloy– y sabía de memoria las exposiciones de la Sala Provincia… los Gil de Biedma, Claudio Rodríguez, Ángel González, Brines, Carlos Sahagún… se convirtieron en mi devoción y en mis verdaderos compañeros de viaje.

Y por ese año Chuso Anderson empezó a trabajar en Everest y me sacaba los libros de Borges, Pavese, Kafka, Hesse… con casi un cuarenta por ciento de descuento.

Palabras de aquellos años son alta y baja cultura; kitsch, semiología, y el placer del texto; destape; comunicación y consumo; superestructuras ideológicas; mass media y apocalípticos e integrados; “senso e insensatezza”; amnistía y libertad. Todavía se oían los estertores de Mayo del 68, pero en Cuadernos para el Diálogo los chistes de Layus narraban historias demasiado verdaderas sobre cuál sería la senda de aquellos burguesitos en rebeldía. La estética pop y la contracultura y los Jefferson Airplane o Janis pervivían en camisetas y carteles, pero si ponías la oreja en tierra notabas como llegaba ya la hora del escepticismo y el desencanto.

En un libro de Dorfles de ese verano, comprado en Pisa, la librería del barrio italiano donde pasé tantas horas –tantas que sabía dónde estaban los libros mejor que su dueño–, tengo anotaciones y subrayados. Y llamadas a otros textos: El Viejo Topo, nº 3, para ver un artículo de Tomás Delclos; Camp de l’Arpa; Revista de Literatura (¿aquella de Alberto Cardín?); Gubern y su libro Mensajes icónicos en la cultura de masas; Tropos, nº 2… No he visto nunca citada esta revista de “creación, arte y cultura”, que a mí me gustaba. No se encontraba bien; yo compré algunos ejemplares en la librería Fuentetaja. Recuerdo que hojeando uno de ellos alguien se acercó y me dijo que él era el mismísimo fulano que colaboraba en aquel número con un artículo sobre El Desierto Emocional. Le hice una pequeña reverencia. Ah, las revistas.

Había otras muchas –muchos ejemplares están apilados en casa de mis padres, que han respetado esos montoncitos y a sus ácaros durante cuarenta años–, Vibraciones, Ajoblanco, el Star, Gazeta del Arte, Batik, Trece de nieve, Ozono, Debate, Comunicación XXI, Disco Express… Y de los cómics, había tantos… mejor no hablar.

Sigo pensando, para meter mi mundo de aquel verano en una botella. Hasta querría que ese año fuera el de aquellos viajes a las galerías Vijande y Multitud. Salimos en autostop y acabamos en casa de alguien, no sé…, algo habitual en aquel tiempo donde todo lo de los otros era un poco también tuyo, como comunas sin quererlo para quien hiciera falta, no sabías dónde dormías o si la ruta se quebraba y tomaba otras latitudes.

Algunos se perdían en el camino o no querían volver jamás o desaparecían en brazos de paraísos con tasas de mucho recargo al final, porque nadie al principio pensaba que tendría que pagar. Qué vértigo recordarlo.

La música, ya digo, nunca anduvo lejos. Estridente y nocturna en las boîtes para los excesos, pero también música para antes de almorzar, no te vayas a pensar… Había guitarras en algunos bares, creo que hasta en el London (íbamos a mediodía a darle al cante, antes de que cayera la noche y todo se volviera más peligroso) o en la taberna de Marquitos. Yoni cantaba muy bien, y Pedro el Bufas, y hasta Tomé, porque teníamos boleros, a Joan Baez y a los Cantores de Quilla Huasi. Y Emilio Pedregal aquel piano en casa. Y estaba Juan, que tocaba de puta madre y creo se fue, sin despedirse de nadie, con el Teatro Corsario. No todo iba a ser Mike Olfield, que cuando llegó el disco aquel nos arruinó las letras de la copla: estaba día y noche sonando en el estudio. Poco después compré mis primeros tres discos grandes: Lou Reed, Doors y el Sticky Fingers; hasta entonces sólo había por casa un viejo giradiscos de dos piezas y singles de música francesa.

Ay, no sé qué más te contaré cuando te vuelvas hacia mí, Ruth. Estarás ya cansada. Veo que se han pedido otras varias rondas. ¿Ves cuáles son mis muletas para aguantar los días que pasan? Los libros. De ahí mi aversión a la sociedad sin recuerdos de la Red, a sus wasaps tontos, a sus fuegos fatuos, a su inmediatez sin sueños, sin tiempo, sin historia, sin vidas que son los días que van al morir. Los libros de aquellos días de juventud, de errores, de esplendor, de vértigo e ilusión, de fervor, de entusiasmos y convicciones, de consignas (amor y revolución).

Y no sé resumir aquel tiempo, buscar la moraleja, la conciencia de aquella pequeña historia. Porque no se puede recuperar el pasado, aquel pasado. Te contaría otro distinto, filtrado por esta memoria caprichosa. No sé cómo traerlo a esta modernidad un poco estúpida, nerviosa e insolidaria. Te puedo dejar sensaciones, como esa de aquel globo que tu padre te ató a la muñeca, que cuentas en uno de tus poemas. Aunque estas ficciones quieren contener algo de la verdad, una verdad moral. Hay hechos, pero también afloran sentimientos, no se puede discernir (algo así le dice Gil de Biedma a Marcos Ordóñez cuando le pide que relacione lo escrito y lo vivido en sus poemas). Ahí te quedan algunos símbolos, días leídos. Si yo me miro ahora en ese espejo de azogue astillado nada me va a ayudar porque “no se ha cambiado ni siquiera una coma del texto de la muerte”, y al leer este libro sobre aquellos días lejanos uno siente cómo va encontrándose solo, solo con su vida y sus recuerdos. Como le sucede a mi padre, que ahora empieza a perder la memoria y habla de unos segadores gallegos que venían en verano y de los pájaros que anidan en las sementeras, de algunas canciones de Machín y de las nubes como estas que ahora pasan, ¿las ves?, tan fugitivas y eternas.

  1. ¡Qué envidia! ¡Eres un libro abierto!

  2. José Luna Borge

    Se echaba de menos tu Querido diario, pero esta entrega es gloriosa, suple tanta ausencia.El recorrido bibliográfico es extraordinario, representativo de aquellos años y su nervioso pulso cultural. Y es que la lectura de unos libros es más que una simple lectura, nos ata a momentos y circunstancias concretas que renacen con sólo su recuerdo; la simple mención de un título que nos marcó viene eslabonado a recuerdos y recuerdos que no cesan componiendo un tejido que se nos presenta como nuestra arquelogía sentimental y cultural.
    ¡Enhorabuena Avelino!
    .

  3. Marta Prieto Sarro

    Casi unas memorias es realmente un eufemismo, Avelino. Te diré que yo tengo una anécdota interesante sobre Montejurra y Salvador Gómez de Arteche y Catalina que solo te contaré a ti y en la intimidad. Para intimar solamente nos hace falta un vino, un rato libre y un bar de esos que a ti te gustan tanto o más, si cabe, que a mí. Un abrazo, memorialista.

  4. Félix P

    He leído encantado este “diario” pues justo en la uni estaba yo en dichas fechas. De tanta bibliografía y actantes de la época me acuerdo de Malinowski que estuvo de moda. Era el que en sus teorías sobre la cultura afirmaba que las necesidades culturales del ser humano corren en paralelo a sus necesidades biológicas, ¡casi nada! Habría que decírselo a los políticos de hoy… Enhorabuena, una vez más.

  5. José Luis Avello

    Gracias por volver a esas fiestas tan hermosas en las que nos haces participar. Sin invitarnos, entramos en ellas porque nos dejas siempre la puerta abierta. Juntas el presente con el pasado y sentimos tus guiños a los que quedamos un poco apartados pero nunca marginados y así disfrutamos de poder identificarnos en algo contigo; de poder bailar con el pasado sin olvidar el presente… Hay invitaciones a tararear alguna canción; hay recuerdos de esos libros que se nos han quedado atrás, en las manos de otros ¡qué solidarios éramos con los que no los compraban! También es hermoso saber que el pasado sigue vigente, se nos mueren los autores pero sus obras están ahí, sólo falta ahuecar las palmas para recibirlas… De verdad que es hermoso, muy hermoso.

  6. José Luis Avello

    Lo siento Avelino por no hacer antes estos mis comentarios, si es que alcanzan a serlo, vivo tres meses por detrás de mi cumpleaños; a lo mejor nací tres meses antes. No lo sé, pero voy con retraso en todo.

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