Querido diario (86)

© Ilustración: Avelino Fierro.

© Ilustración: Avelino Fierro.

El autor da cuenta, en estas nuevas páginas de su diario, de su viaje en tren a la capital para asistir “a un homenaje que se le rinde a una buena profesional y amiga”, y además enseña por vez primera un poema de juventud.

Por AVELINO FIERRO

Días de lluvia y viento
como inmaduras frutas,
esa claridad nerviosa
de paisaje deslavado.

Cruzo la plaza entre
la sombra de sus arcos,
un rumor de trueques
criba el silencio gris.

Con el cielo que se abre
viene la adolescente
en su aura de indolencia,
consagrada al anhelo.

Bajo los ojos para ver.

Han vuelto las lluvias y he recordado ese poema que escribí hace más de treinta años. Lo titulé “Aguacero” y puse también en él una cita de Justo Navarro, “la nube pasa y el fulgor se reanuda”. Estaba entre un montón de papeles viejos, en aquella carpeta junto a varios intentos más de diálogo con la luz, las horas, una lágrima o el sonido de una voz. Iba yo con mirada clara. No era suficiente: las palabras resbalaban como peces entre aguas nerviosas. Nunca más he vuelto a aquel desasosiego de líneas inciertas.

Voy en tren. Todavía es de noche. Se pueden ver las siluetas escuálidas de los árboles dibujándose contra una mañana lenta en el amanecer. Ya desde el andén, la megafonía anda a sus chanzas y ahora anuncia que vamos a una población que está en sentido contrario. Un pasajero muy grueso lo celebra con regocijo. Algunos charcos brillan en las oscuras sementeras y en los dibujos que han dejado las ruedas de los tractores en los caminos.

Voy leyendo Juegos reunidos, de Marcos Ordóñez. Hay en las primeras páginas una suerte de memorias de juventud. Subrayo a lápiz algún párrafo que habla también de mí: esa mercería de pueblo en la que venden los libros de Agatha Christie –“en aquella época se vendían libros en lugares hoy pintorescos”–, o las misas modernas con curillas jóvenes guitarreando Puente sobre aguas turbulentas; y una luz de primavera avanzada que desembocaba en un verano eterno.

Describe aquella luz y aquella quietud. Emociones y desdichas –“como había tan poco de todo”– duraban mucho tiempo. Y aquella tarde en que va a un cine alejado, en Horta, a ver L’important c’est d’aimer. Todo ello me habla también a mí.

Veo ahora el brillo serpenteante de una carretera menuda que entra en un pueblo. Casas de adobe, establos, una iglesia con su espadaña sin torre gemela. Siluetas y esquinas todavía negras; sin luz en las farolas.

De entre esas sombras llega el murmullo del pasado, un murmullo también negro y calmo. Es como el poso de un vino recio; no como el hoy, todo nervios a flor de piel. Ya han empezado a ratonear, planeando, los milanos y en una charca formada por las lluvias, como sin venir a cuento, duerme todavía una bandada de patos.

Esas casas y ese apeadero, en el que ya nunca se detendrán estos trenes veloces. He visto fugazmente que sigue en pie un caserón de dos plantas casi al borde de los raíles. No he podido distinguir los detalles. Posiblemente vivió allí el guardagujas con su familia. Y hubo algo de fonda con habitaciones. Y escenas como la que narra Gutiérrez-Solana.

“A las dos de la mañana llego a esta estación, que resplandece por la luz fuerte y fría de los arcos voltáicos; por las aberturas que deja la cristalería, a derecha e izquierda, se ve el cielo oscuro de la noche, donde parpadean las estrellas, y a lo lejos, y como perdida, alguna lucecilla roja de los almacenes de la estación y casas del pueblo. En las salas de espera hay gente durmiendo, mujeres sentadas en las cestas con las faldas por encima de la cabeza y muchos segadores tumbados en el suelo encima de sus mantas, con los pies desnudos e inmóviles como los muertos; tienen sombreros de cáñamo, de alas muy anchas, y algunas llevan sandalias. Como hace mucho calor, están sin chaquetas; por debajo de las fajas se ve la cintura del calzoncillo, lo mismo que la camisa, muy sudada de no cambiarse estas prendas en mucho tiempo, y las culeras del pantalón las tienen llenas de remiendos y agujeros, donde se ve la carne; en la correa llevan calabazas grandes y rojas para el agua; de las espuertas que hay tiradas en el suelo asoman los mangos de las hoces”.

Yo también duermo a ratos o salgo a estirar las piernas a una zona sin pasajeros, un cuarto para bicicletas, donde hay una máquina con dulcerías y, en un panel lateral, amarres de tortura y enchufes raros como para recargar las baterías de los cyborgs. Paso allí un tiempo hablando conmigo, meciéndome en el traqueteo y esperando una claridad que no acaba de venir para este día. No amanece.

Llego a la ciudad grande. Llamo a Mar y me cuenta que he dejado atrás el temporal que brama ahora por los alrededores de nuestro barrio. Ha arruinado su mejor paraguas, me dice; y ha visto, con preocupación, dos macetas añicadas sobre la acera, de vuelta del cole de Libertad. Y en el huerto ha muerto una de las ocas.

Aquí no llueve y le pido al taxista que me deje al principio de la calle Zurbano. Paseo hasta Martínez Campos. En casa de Julio sólo está Leo. Me prepara un café y me cuenta cómo le ha ido por su Perú natal al que no volvía desde hace más de diez años, y que hubo un gran temblor de tierra.

He venido a la capital a un homenaje que se le rinde a una buena profesional y amiga. Una vez allí charlo con amigos y conocidos. Algunos giran los ojos cuando hablo con ellos; tampoco van a tenerme tanto en cuenta, un funcionario de la provincia. Cuando eso acaba vuelvo a Martínez Campos para hacer tiempo y esperar que sea hora del tren de vuelta.

Ojeo un libro de fotografías de Navia sobre los lugares cervantinos y mi pensamiento vuelve a acomodarse en el tiempo lento del pasado. Es como encontrarse a salvo.

He quedado unos instantes adormecido. Llega Lourdes y vamos en taxi a la estación. El conductor, tararea –parece que en buen inglés– una canción que no reconozco de U2. En el tren hay una chica hermosa. Dice Sancho, “La que es deseosa de ver, también tiene deseo de ser vista”. Voy a ayudar a Lourdes a desencajar su maleta en la zona de los equipajes; quiere coger el ordenador. Nos da un ataque de risa porque forcejeamos y nos afanamos “descomponiendo el gesto”, como a ella le gusta decir.

Sigo leyendo. Cuenta ahora M.O. en el capítulo que titula “Alcoholes”, de aquella tienda umbría en la Riera Alta, “La Penúltima”, en la que vendían una absenta que podía provocar alucinaciones simbolistas y hasta se decía que Jean-Pierre Léaud venía desde París para comprarla. Sería por aquellas fechas tan lejanas cuando también encontramos algunas cajas de esa bebida en un destartalado almacén de vinos. Recuerdo que aquello daba para un parloteo incesante al estar sentado y solo al levantarte percibías que al giro del mundo se habían añadido dificultades, palos en su rueda. Siempre fue entretenido beber ese licor y charlar. No estuvimos así mucho tiempo. Igual, de seguir así, se nos habría cambiado la cara a esa tristeza de los personajes del cuadro de Degas.

Hemos llegado a destino. En la plaza de la basílica encuentro a amigos que vienen del concierto del King’s Consort, que ha ofrecido músicas del tiempo de Shakespeare. De nuevo ecos del pasado que, como las viejas locomotoras, hacen que mis pasos y mis deseos no lleven nunca el ritmo necesario para estos días nuevos y trepidantes de la alta velocidad.

  1. Fermín

    Es un placer como siempre volver a leerte. Esta vez me has dejado con un poso de nostalgia, el de las imágenes y recuerdos que impregnaban los raros, por escasos, viajes en tren de chiquillo, el de las páginas de Marcos Ordoñez y sobre todo el físico de la propia caja de “juegos reunidos” como un tesoro en la casa de mi niñez. Un abrazo

  2. José Luis Avello

    Hoy emprendo un largo viaje, a la capital. Frente a mí, dos filas de asientos después, está un inquieto lector que va leyendo una obra de Marcos Ordóñez. De vez en cuando levanta la vista y escudriña inútilmente a través de la ventana del vagón: la opacidad es total; utiliza el dedo índice de marcapáginas y sigue observando… o quizás está sustituyendo la realidad por imágenes placenteras. A veces inicia una leve sonrisa, pasajera, aunque después la mantiene con el brillo de sus ojos. Me gustaría saber cuántas imágenes pueden pasar por su cerebro; a quién dedicaba esa sonrisa, ¿por qué la cortó? ¿qué paisajes contemplaba reflejados en la negrura de esta noche inhóspita?
    Una minoría nos transmiten sus vivencias, nos las brindan para que las compartamos… La mayoría desaparece anónimamente y nos deja abandonados, tirados en el andén de la vía 4. A lo mejor él es diferente…

  3. consuelo madrigal martínez- pereda

    Una amiga (Consuelo Madrigal

    Muchas gracias, Avelino.
    Shakespeare nos anima a “dar gracias por lo que es”.
    Yo (te) las doy más por lo que es (eres) más.

  4. Pingback: Querido diario (86) | Retazos de un escritor

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