Querido diario (92)

© Ilustración: Avelino Fierro.

A partir de la vieja edición de un libro de cuentos de Pavese –que aparece después de muchos años con sus páginas profusamente ilustradas con dibujos del autor– se escribe esta nueva entrega, concebida como “un diario veraniego recordando lecturas de otros veranos”.

Por AVELINO FIERRO

A lo largo de la tarde, dentro de una atmósfera nada rutilante, casi mediocre, han estado deambulando por esta habitación los recuerdos. El dibujo de unas colinas en las primeras páginas de un libro de Pavese puede que sea la causa.

Compré esa edición de La playa y otros relatos un mes de agosto, al poco de cumplir los veinte años. Hay otros dibujos en el libro, hechos con un lápiz en tono terroso, siena: pueblos y casas imaginados, un trío amoroso, escenas de playa, campos de trigo tras los cuales se presiente el mar. Uno de ellos está remarcado con un bolígrafo de colores: la escena en la que Ceresa, el amigo del joven narrador, está en el barracón del embarcadero, fumando y mirando hacia el Po, con su chaqueta de cuero. Las tardes son en esos días calurosas y ni siquiera se oye el rumor del agua contra las barcas.

Hay destreza en esas ilustraciones. En aquel tiempo estaba uno ungido por la exaltación propia de la juventud y empeñado en ciertas tareas. Una de ellas era el dibujo. Recuerdo que pasé esos días de agosto en el pueblo y recuerdo también los nombres de algunos personajes de aquellos cuentos, Clelia, Guido, Nora. Todos se comportaban de una forma sosegada, sin sobresaltos, de la misma manera en que transcurrían aquellos días llenos de horas de los veranos de la adolescencia. Leía en aquella silla desvencijada que estaba en el portalón, o en el dormitorio de los abuelos, al lado de la ventana que daba a la calleja con algo más de luz, y apoyando el libro en el tablero de la máquina de coser si tenía que dibujar.

Paso ahora lentamente las hojas. “Empezaba a comprender que nada es más inhabitable que un lugar donde se ha sido feliz”, piensa el profesor en el primero de los relatos, antes de regresar, al acabar el verano, a Turín. Al final de esas páginas siguen los actores sumidos en su drama, en su tristeza, encerrados en sí mismos, sin que podamos tocarlos; parece que nada ha sucedido en sus vidas, en sus sueños, en sus anhelos, en la amistad, en el amor. Todo tiene una pátina de resignación.

También en esta tarde de agosto se han quedado terriblemente absortos todos los instantes, casi sin respiración; me siento taciturno como ellos, con los pies descalzos, tratando de arañar algo del mundo.

Pasa el tiempo detenido, mudo, desprovisto de algún resorte, desmañado. Pasan los minutos; sobre el papel trazo líneas que van formando nubes o bosques; vuelven fugaces y leves –como pequeñas olas que mueren en la orilla– los recuerdos, los lugares donde quedó –hace tanto– la vida.

Miro por la ventana y he creído ver los últimos vencejos. El sol ha bajado y la casa de enfrente ya está en sombra. En los bloques que dan al parque se recorta la silueta del cedro; todavía hay allí luz. Han pintado hace unos días parte de ellos con un tono ocre amarillo, y un trozo de la azotea en un rojo de India, que también han aplicado sobre un canalón. Parece una línea de sangre, una arteria palpitante. El cielo bajo, sobre la línea del horizonte, sigue siendo de un desvaído azul celeste; si hiciese más calor, más tarde tomaría unos tonos rosas o malvas, o carmín. Pasa una nube inane, deshilachada, como si hubiera enganchado sus ropajes en una altísima cerca de alambre, de color entre blanco roto y gris.

Han venido en mi ayuda los colores de la tarde. Seguiré en el crepúsculo, dibujando nubes, líneas, sin complicaciones, con cierto desdén. Buscando ese abandono del que hablan Castiglione y Vasari, la sprezzatura; comportándome sin esfuerzo ni saber.

Y puede que todos estos cuidados y remembranzas salgan en algún momento de este papel como la hiedra y tomen del brazo a otros tuyos, enhebrándolos, querido lector, y vayan precipitándose como un poso, un aroma de instantes marchitos, y perduren como algo hondo, reconstruyan algunos huecos en esas cercas desmoronadas que nos protegen de la intemperie del vivir. Que cuando lleguen las noches, estén a nuestro lado como un soplo leve, una gracia alimentada de luz, una caricia en la piel.

  1. Veo tu dibujo gris grafito, lo primero… luego te leo, lo repaso y es todo color, color que comienza a escaparse según se apaga el verano. Tus dibujos y tus 92 queridos diarios no siempre son así pero casi sí. Y te seguimos, tanto que podíamos alargarte este breve 92. Has llegado a la olimpiada de Barcelona; a la expo de Sevilla, a la gramática no celebrada de Nebrija, a la expulsión de los judías -lo digo asó porque siempre parece que ellas se quedaron-, a la conquista de Granada, acontecimientos que quedaron grabados para siempre en nuestra memoria RAM. En este tuyo 92, me recuerdas a los impresionistas que, cuando se tenían que montar en aquellos veloces trenes productos de la revolución industrial, veían pasar los árboles, las casas, los pastos con sus ganados… desde sus ventanillas sin dejar apenas huellas de sus formas y carentes de sus gamas de color… eran impresiones fugaces que se perdían nada más percibirlas. Recuerdo que, cuando ya hace muchos años, cogía el expreso Algeciras-Madrid, me asía en la ventanilla para captar paisajes nunca vistos. En Montejaque desistía pues nada era visible ¿Por qué no podíamos viajar de día? Me lo imagino.
    Hoy ves aparecer las sombras primero, ves cómo el día, la luz, nos cambia los colores… Eso es lo hermoso, mirar para ver estas metamorfosis y las transformaciones de las formas a plena luz del día, a la hora de contemplar de los días.
    Eso es lo que no dibujas con pinceles, y ese es el poder de las palabras ¿a esto, en muchos momentos, no se le llamaba poesía?

  2. Pingback: Querido diario (92) | Retazos de un escritor

Deja un comentario y fírmalo con tu nombre o no saldrá

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: