Vendimiario 17

El escritor leonés Ignacio Fernández Herrero cambia de tono, recupera la lírica sentimental e inicia una nueva serie creativa para TAM TAM PRESS que no tiene nada que ver con la anterior (“POSCONTEMPORÁNEOS”). Se trata de un epistolario con el título general de “CARTAS A BIRKIN”. Cada mes, más o menos, iremos publicando una carta con el título de ese mes según el calendario de la revolución francesa. Todo muy francés.
El título de esta quinta entrega, “Vendimiario”
(en francés ‘Vendémiaire’) es el nombre del primer mes del calendario republicano francés, el primero también de la estación otoñal. El nombre del mes deriva del francés ‘vendange’, que quiere decir vendimia. Comienza el día del equinoccio de otoño, que según el año cae el 22, 23 ó 24 de septiembre, y acaba el 21, 22 ó 23 de octubre. Coincide aproximadamente con el paso aparente del Sol por la constelación zodiacal de Libra.

Por IGNACIO FERNÁNDEZ HERRERO

En aquellos tiempos, tal y como denota el mes en que le escribo esta nueva carta, nos dio por la vendimia. Bien por necesidad para pagar los estudios, bien por un romanticismo impreciso, el tránsito entre septiembre y octubre nos condujo hasta los barcillares, que es como nombran por alguno de estos pagos a las viñas. De entre nosotros, las más sensatas lo hacían en entornos locales, donde el negocio de la enología era entonces apenas un embrión, pero los más fabuladores elegían el sureste francés y hacia allá se iban con afán conquistador. Y de allá regresaban entre cabizbajos y escaldados.

Santos, sublime sin interrupción, como presumía Baudelaire, supo no obstante mantener el tipo de una forma admirable y nos enredó a su vuelta con un conocimiento inesperado acerca del vino y sus artes: el Château Margaux es nuestro destino y no cejaremos, repetía, hasta conquistar el Médoc. Al auditorio, consumidores como éramos entonces de vinos duros en tascas provincianas, aquello, como usted comprenderá, le sonaba a pura vanidad. Sin embargo, él sabía bien cómo apurar el trago hasta la ebriedad incontestable y se entretenía acto seguido en el relato ambiguo sobre la nieta de Ernest Hemingway, Margaux, cuyo nombre se debía, según él, al gusto del escritor por ese vino exquisito. Más tarde supimos que la realidad había sido otra, pero a nadie le importó: ya éramos adictos declarados a aquella confusión y a aquel emblema. Le confieso ahora, madame, que nunca he probado ese vino, pero si llego a hacerlo algún día será sin duda para honrar la memoria de aquellos vendimiadores iluminados.

Hubo otras Margot en nuestra vida, algunas de escritura más corriente pero todas con parecida hechura literaria. Recordará usted sin duda a la Brave Margot de Brassens, la joven pastora que amamantaba a un gato huérfano hasta que las mujeres de la localidad, ebrias de cólera, acabaron con él a bastonazos. O a La reina Margot, Marguerite de Valois encarnada en Isabelle Adjani, versión a la que no llegó Santos desgraciadamente, pues la fatalidad de su destino le dejó aparcado en la novela romántica de Alejandro Dumas. O, en fin, una tercera Margot fantasmal, que se nos apareció una tarde a orillas del Cantábrico para conducirnos a una bucólica fiesta de la luna llena donde no dejaba de sonar Like a rolling stone, tras la cual se evaporó y nunca más supimos de ella. Nombres e historias que se amontonan en el recuerdo como hojarasca de un otoño sentimental. En ella se mezclan y fermentan tal que el humus para dar lugar a relatos que se escriben o se cuentan sencillamente en reuniones hogareñas que llamábamos por aquí filandones o calechos.

Siempre la hojarasca tuvo, a mi modo de ver, esa doble cualidad: lo que muere y lo que renace una vez descompuesto. De ahí quizá la devoción que he sentido, que sentíamos Santos y yo, por esa canción que usted ha regrabado recientemente: Las hojas muertas, heredera de la original y gloriosa de Yves Montand, recreada después por Sege Gainsbourg como La chanson de Prévert y finalmente orquestada para su acompañamiento en el disco esplendoroso que no dejo de escuchar. Sabrá usted, Jane, que hay dos eslabones más en esa cadena, y seguramente otros que desconocemos, que me permito aquí sugerirle para acompañar estos meses de desnudez. Allá por 1999, un dúo de vida efímera, El cometa errante se llamaba, la trasladó de forma sui géneris a la lengua castellana y le gustará, creo, escucharla en alguno de esos rincones de la red por donde vaga todavía. Unos años más tarde, fue el encantador de audiencias Kevin Johansen quien la volvió a registrar con una especie de desabrigo abrasador. Ve usted, es lo que tiene la hojarasca.

Tiempos, pues, de hojas muertas y de buenos vinos son los que quedan anotados en esta carta. A pesar de que nuestros alrededores no concuerden bien con esa pauta y nos aturdan, bueno es que respiremos algo de lírica. À la prochaine.

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