“Como los pájaros”

© Fotografía: Óscar García Bárcena.

Un nuevo relato de Sol Gomez Arteaga, escritora nacida en Valderas (León) y afincada en Madrid, dentro de su sección “Trazos de sombra”, sobre el sufrimiento relacionado con los misterios y desórdenes de la mente. En esta ocasión aborda un tema muy actual: el vértigo de la soledad y la vejez en una gran ciudad. Ilustrado con una fotografía de Óscar García Bárcena.

COMO LOS PÁJAROS

Por SOL GÓMEZ ARTEAGA

Mientras circula por la M-30, Pablo se da cuenta que ha olvidado las llaves en casa pero si vuelve a buscarlas no llegará a tiempo al trabajo, precisamente hoy que le nombran coordinador del equipo de marketing. Está nervioso, lleva días nervioso, pues no sabe si estará a la altura del puesto. Su madre tiene una copia en casa, el problema es aparcar, eso y los ruidos por la noche fueron lo que le impulsaron a alejarse veinte kilómetros de la ciudad, pero a él Noviciado le gustaba, a veces hasta se plantea volver, lo que jugó él de niño a la pelota, hoy impensable. “Eh, tu, gilipollas” grita a un conductor que le quiere quitar el sitio, “dónde crees que vas, no ves que estoy yo delante”. Después de aparcar y sacar un ticket que coloca en el salpicadero, se dirige con paso rápido al viejo edificio en el que vive su madre.

Queridos hijos:

Hace tiempo que no tengo nada que hacer aquí, que lo único que me retiene en el mundo es la perra, la perra y vosotros, claro. Pero vosotros ya tenéis vuestra vida y la mía está llena de dolores de huesos, las pastillas son lo único que consigue que salga a la calle. Mi único aliciente desde la muerte en 2012 de vuestro padre y un mes más tarde desde tu marcha, Laura, a Singapur, ha sido sacar a pasear a la perra cuatro veces al día, por la mañana, a mediodía, por la tarde y, a duras penas, cinco minutos antes de acostarme. Y regar todos los miércoles las plantas tan bonitas de ese enorme y sobrecogedor ventanal que esperaban, como yo, tu vuelta. Una vida rutinaria que a pesar del bajón tremendo de hace cinco años, depresión mayor la llamaron los expertos, iba sobrellevando como podía. Pero desde que hace quince días la perra tiró de mí y caí como una tonta y me hice ese esguince de rodilla que me dejó postrada y a la perra ingresada en la residencia canina, no quiero vivir. Ya sé que no hay que tirar la toalla, yo os lo dije a vosotros cientos de veces, pero a veces pequeñas eventualidades te dan, como diría, la puntilla. Cuando llamáis disimulo, intento parecer contenta, como que no pasa nada, pero estoy cansada de continuar con esta farsa. Al terminar esta carta iré a tu casa, Laura, regaré las plantas por última vez y me lanzaré al vacío. El vértigo me llama. ¡Es tan atrayente ese ventanal de tu decimotercer piso! Hace días que no pienso en otra cosa. Pero no te hagas lío ni pienses que es culpa tuya esta forma de acabar, podía hacerlo de mil maneras, tirándome al vagón del metro, o tomándome un quintal de pastillas, lo que ocurre es que hay algo que siempre quise hacer, y es volar como los pájaros. En un amplio sentido deberíamos ser como ellos, nacer y a los pocos días abandonar el nido para hacer nuestra vida.

La vida es de cada uno de nosotros, hijos.

Yo no pude, mi generación fue una generación desvivida, por eso os envidio a vosotros los jóvenes de ahora, tan libres, tan a vuestro aire. Pero ya que no pude elegir la forma de vivir al menos quiero elegir la forma de morir, antes de que el deterioro, la devastación, sea mayor. Y quiero que me comprendáis en esa decisión. Dejadme. Tú, Pablo, se muy feliz, abraza la vida sin miedo y conseguirás lo que te propongas. Sed muy felices los dos. Recordarme, por favor, sonriendo, así me veo yo cuando por fin vuele.

Vuestra madre que os quiere.

Tras firmar dibuja, sin saber muy bien porqué, un corazón en el que escribe con letra cuidada de caligrafía el nombre de sus dos hijos. Cuando sale de casa y cojeando toma el primer taxi que la lleva a la parte nueva de la ciudad de imponentes rascacielos, está amaneciendo.

Pablo llama al timbre de la casa de su madre varias veces sin recibir contestación y, acuciado por las prisas, le explica al portero que conoce de toda la vida la urgencia de recoger una copia de sus llaves. Ambos entran en el piso comprobando que, pese a lo temprano de la hora, la madre no está, pero deducen que ha salido a desayunar a algún bar de la zona. Pablo reconoce sus llaves colgadas en la estantería del hall, tira de ellas, y va a salir cuando en la mesilla del recibidor ve una nota que pasaría desapercibida sino fuera por el corazón dibujado al final en el que aparecen escritos el nombre de su hermana y el suyo. Empieza a leer sin comprender, queridos hijos… la perra… mi vida rutinaria… volar como los pájaros. Cuando llega al final grita: Nooooooooooooooooo….

La anciana sube en el ascensor, abre la puerta, se dirige al enorme ventanal, retira, una por una las hojas secas y riega por última vez y con esmero las flores de su hija. Mientras se descalza, primero el zapato derecho, luego el izquierdo, piensa que dentro de unos instantes volará como ese personaje fascinante llamado Ícaro que descubrió en una enciclopedia infantil cuando tenía cinco años. Al subirse a una silla y contemplar los tejados de la ciudad siente una especie de liberación. Concentrada en la idea de construirse unas alas imaginarias, no oye abrir la puerta ni el ruido precipitado de pasos que avanzan por el salón, ni el zarpazo, en el momento justo de tomar impulso, de una mano que la sujeta por detrás y tira fuertemente de ella. Solo mucho más tarde reconoce el rostro del chico que llora en su regazo, que la abraza, que la dice con voz extrañamente infantil: “Mamá, qué ibas a hacer, no nos puedes hacer esto”, que parece rescatarla de un sueño.

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