Querido diario (97) / El viaje a Sicilia (1)

© Ilustración: Avelino Fierro.

En esta larga entrada de su diario —y que es la primera de dos o tres (porque tendrá continuidad)— el autor y su pareja emprenden un viaje a Sicilia en compañía de la fotógrafa C., que viaja con su loro en una jaula y ha recibido el encargo de realizar fotografías para un libro sobre la isla.

EL VIAJE A SICILIA (1)

Por AVELINO FIERRO

Madrigales italianos cierran este año el Festival de Órgano, cuando la catedral ya comienza a sentir el aire frío de noviembre. Ha faltado –eso nos ha parecido– esa necesaria pizca de pasión en los intérpretes para que las frases del Ecco mormorar l’onde e tremolar le fronde queden alojadas en alguna rendija del recuerdo.

Mas ese ardor no faltó en la misma noche, unas horas después, en las músicas de taberna –y no de capilla– que un grupo de jóvenes interpretó en El Cuervo. Baladas y canciones protesta que nos tuvieron agitados, cerveza en mano, hasta la madrugada. En el entreacto habíamos hablado de músicos. De James Rhodes y ese tipo de vendedores de autocompasión y “autenticidad” y sangre derramada que tanto reclama el mercado cultural. Es el mecanismo de la falacia patética en poesía: lloramos con el tema y se nos vela el análisis del poema. Una desgarrada biografía como la de J. R. nos lleva a bajar la guardia estética y hasta a pensar que hay que disculparlo por haber escrito ese libro de “aprende a tocar en el piano a Bach en cuarenta días”.

Trataba yo de recordar durante el concierto qué antiguo viajero por Italia, al que había leído recientemente, habla del ‘amor hasta la locura’ que sienten los italianos por la música. Pensaba en Goethe, que había estado en Verona e ido al teatro en Venecia, pero cuando he podido consultarlo veo que es Maupassant el que acude a una representación de Carmen en Palermo, en 1885. Y describe a un público excesivamente nervioso, dotado de un oído delicado y sensible, y cómo se escucha en aquellos días canturrear por la calle el famoso “Toreador”.

Hemos pasado unos días en Sicilia. De forma imprevista nos ha llamado desde Barcelona el señor Ripollès para comunicarnos que a la señora C., el Istituto Europeo del Restauro le había encargado realizar fotografías para un libro sobre la isla. Nos preguntaba si queríamos acompañarla porque su chófer estaba enfermo.

Conocemos a C. desde su primer matrimonio: no nos hemos tratado mucho, pero en un concurrido viaje anterior, todo había resultado bien. Ahora seríamos solo tres.

C. es una gran profesional aunque se defina como aficionada. Una tía abuela suya fue retratada por Cecil Beaton y ella conoció a Diane Arbus. Y, en España, anda siempre en tratos con el Sr. Navia. Dice por ello que su dedicación –tardía– a la fotografía, tenía que suceder tarde o temprano.

Conozco su obra, pero nunca la he visto trabajando. Viaja para ello en solitario, y puede volver, pasado un tiempo, ojerosa y desvencijada si los lugares del reportaje han sido poco amables. Cuando nos vimos en el aeropuerto nos dijo: “Que os quede claro que vamos a hacer turismo. Quiero conocer la isla, volveré sola más veces”. Llevaba con ella un extraño bolso cruzado –parecía hecho a capricho y a medida por un guarnicionero– en el que irían sus útiles fotográficos. Viste a lo garçon y luce una gran pamela desmayada.

En el avión las azafatas hacen la demostración de seguridad. Hablan en italiano, “en caso improbable de ammaraggio (amerizaje)…”. Es un discurso largo el suyo, pero muy agradable. Casi ha sonado a lengua materna.

Es bonito el amanecer. Abajo, las nubes en grumos, como plantaciones de algodón. Un rosa casi anaranjado muy delicado sobre ellas; y, atrás, alta y brillante como la esquirla de un lúcido delirio, la luna llena.

Nos sorprende el equipaje de C., bastante más equilibrado que en aquel otro viaje que recordamos. Ella, de cultura francesa, suele viajar con vache, veau, sac de nuit y necèssaire de voyage. Vemos una extraña caja agujereada que parece hecha de un tejido de cañas, leve y rígido a un tiempo; ahí va su loro. Seremos cuatro en este viaje.

Un taxi nos conduce a Palermo por una carretera muy cercana al agua; entre el mar y nosotros una línea de casas bajas y vegetación meridional: ficus, pitas y palmeras. Y árboles enanos de grandes flores. Hacia el interior, una zona montañosa de lomos redondeados y vegetación escasa. La luz –no sabría nombrarla–, una luz de isla a esta hora temprana, de brillura azulenca y mitigada.

Goethe llega por mar a la ciudad –después de una travesía demorada– un dos de abril. Fulge el sol y describe el verdor de garbosos árboles con sus copas iluminadas por detrás “como grandes enjambres de vegetales luciérnagas”.

Cruza Porta Felice y le conducen a una gran fonda y gran aposento desde el que contempla el mar y la rada. Dos días más tarde le pregunta a un tendero el porqué de tanta suciedad mientras éste barre con una linda escoba de palma.

Nuestro alojamiento es excelente. Al parecer, menos en Catania, todo será así: habitaciones contiguas y comunicadas. Muy céntrico, cercano al teatro Politeama. Y al poco rato de pasear por la ciudad ya hemos visto barrenderos con carritos y escobas, y barrios desnutridos a escasos metros de las calles principales, donde son felices los gatos, la mugre y las hiedras entre las grietas de las casas.

Me paro siempre a mirar a los carabinieri. A última hora de la tarde, desde una calle transversal al Corso Vittorio Emanuele, llega el sol. Una pareja, con uniformes muy distintos –como si sus mandos les autorizasen a retocarlos en la sastrería– conversan entre sí, ajenos al tráfico y a los viandantes. Gestos elegantes y gafas de marca. Uno de ellos se las quita y se restriega los ojos. Es muy guapo. Y no sé por qué –el cansancio, la luz morosa– doy en recordar el poema de Maragall sobre la muerte de un joven soldado “Te fuiste en aquel dulcísimo poniente…”.

Al mediodía habíamos decidido visitar la catedral de Monreale. Estábamos en la entrada de las Catacombe dei Cappuccini, que a esa hora estaban cerradas. Allí, al lado de un vendedor callejero y de un puesto de estampas, había un taxista al que preguntamos. Después de una animada charla y de haber cerrado el viaje en veinte euros, se despidió del vendedor con una sonrisa y un gesto de complicidad. Se ve que habían apostado en ver quién de los dos se aproximaba más a la cifra en la que iban a ser timados aquellos tres turistas. Ya en nuestra Lonely Planet se dice que los taxis son caros, y más con el denso tráfico de la ciudad. Y que tienen que llevar tassametro que registre el precio de la carrera. También dice que los autobuses salen desde la cercana Piazza Independenza, pero que ese trayecto se suspende a veces.

Hay unos seis o siete kilómetros de subida. El conductor hablaba animadamente y nos señalaba algunas villas y el monte Pellegrino y otros que encierran a la ciudad en un cuenco. Yo no aprecio ese color en la tierra que hace que Palermo sea la “ciudad roja”. Vamos despacio. Al lado de una parada de autobús –que, al parecer, funciona, porque hay varias personas que esperan– otro taxista tiene pegada en su coche una gran banda amarilla “Palermo-Monreale 12 €”.

Cuando Maupassant asciende por este mismo trayecto, habla de la existencia de soldados en el recorrido para espantar a los bandidos y de que en esta localidad colgada en las alturas actuaban los últimos malhechores de la isla. Nuestro conductor es un digno y dicharachero sucesor. Maupassant también anota que los hombres de la zona llevan la cabeza envuelta en un pañuelo rojo al estilo español.

La catedral tiene unas enormes puertas de bronce y, en el interior, mosaicos que cubren sus paredes sobre fondo de oro. Uno no sabe muy bien si en aquellos espacios, columnas y teselas transpira un pasado cristiano, normando, árabe o bizantino. Igual sucede con el claustro, sobre el que en la guía, las descripciones parecen ir dando tumbos: “demuestra la afición de Guillermo II por el arte árabe”, “este tranquilo patio puede considerarse una oda al orientalismo”, “con elegantes arcos románicos”, “supone una obra escultórica única de la Sicilia medieval”…

Comemos insalata al crudo y pasta sentados a la sombra, en una terraza en el centro de una pequeña plaza, con bicchiere bianco y remedorato 33 cl, y empezamos a descender por ese paseo que es el mejor mirador sobre los montes, los cultivos, la ciudad y la ensenada. Es un ocho de octubre.

Encontramos al taxista de la oferta, que trata de convencer a unos americanos. Lo ayudamos en ello y conseguimos una rebaja en el precio para nosotros al completar el aforo de su coche, seis personas. Pero cuando llegamos a las catacumbas se ha olvidado del acuerdo. No tiene buen gesto; me han entrado ganas de dejarle propina y mandarlo a la mierda en un sonoro castellano. No en vano fuimos los amos de casi todo aquello.

El cementerio de los Capuchinos es algo extraordinario. Nada que conozcamos es comparable: ni la Capela dos Ossos de Évora, ni los cráneos de niños incrustados en la espadaña de un pueblo leonés cuyo nombre no recuerdo. Cerca de ocho mil esqueletos y momias de palermitanos muertos entre los siglos XVII y XIX están colgados en los nichos, vestidos con hábitos negros o con la indumentaria de su gremio; hay sacerdotes, menestrales, mujeres y niños. Algunos de ellos parecen conversar o rezar, o haberse reído tanto hasta desencajar sus mandíbulas y vaciar sus cuencas.

Maupassant anota: “De vez en cuando –al parecer– rueda una cabeza por el suelo, y entonces los ratones se afanan en roer todo lo que lo que rodea el cuello”. También le cuentan que un borracho se quedó dormido en el lugar, despertó a media noche y lo encontraron aferrado a la verja de entrada al día siguiente. Había enloquecido. Y, desde ese día, hay una gran campana cerca de la puerta.

Hay un viejo y sucio cartel con la prohibición de hacer fotos, pero veo a C. retratando grupos, primerísimos planos de calaveras y a una niña que, en su ataúd, parece dormir. Hay por allí algunas cámaras de seguridad que están en los huesos.

Pla, en su viaje por mar a las ciudades mediterráneas, habla de lo importante de lo funerario en Sicilia. Dice que el entierro es concebido como un simple desplazamiento a un mundo regido por las mismas leyes, con los mismos barberos, sastres y tiendas de ultramarinos. “Entrar en una tienda en Palermo y encontrarse con que se venden indistintamente en ella juguetes para niños o caramelos y coronas fúnebres, produce una impresión tal que se le pone a uno la carne de gallina”, escribe.

A la salida vemos a nuestro primer taxista en charla animada con el vendedor, y a una señora que ha montado su puesto de chucherías metálicas al lado de las de un robusto capuchino que también atiende la entrada a la catacumba. Hay un puesto de flores. Son para los vivos de la iglesia cercana. Están de boda. Es una boda humilde de barrio; todo refulge al golpear el sol en los colores chillones de los modelos estrambóticos.

No tomamos la calle principal, sino la via Cipressi. Al rato, desembocamos en un barrio destartalado, con pequeños jugando en la calle, balcones atestados y cubiertos algunos con telas que recuerdan a las de las tiendas de un desierto, motocarros, ropa tendida, altarcitos con flores, bombillas o tulipas iluminando la hornacina dedicada a los muertos de esa casa –allí están, en retratos ovalados de cerámica–, madonnas o santos con barba.

Hay enseres desvencijados y basura en la calle. Estos niños me recuerdan a los de la foto de ese arrabal romano en que uno de ellos va de la mano de Pier Paolo Pasolini. Niños distintos de su Gennariello y de aquellos de la península, inmersos –lo escribe en 1975– en la ruina del consumismo y que, según el coro de la tragedia griega, están predestinados a pagar las culpas de sus padres. Estos pequeños que corretean ahora –veo a cuatro montados en un pequeño motorino que conduce un adolescente– están en un escalón distinto: la vida siempre los trató así, no pueden pedir explicaciones a nadie, no son usufructuarios de nada.

Un poco más adelante la vía pasa a llamarse Colonna Rota. Le va bien el nombre, las casas se mantienen en pie de milagro, con sus prótesis de cadera y refuerzos de andamios.

Desembocamos en un mercado con puestos de comida y fritanga de carnes. Suben los humos densos a hermanarse con las nubes bajas. En una calle más céntrica viramos hacia una música. Una procesión –ya es de noche, hay hachones con llamas– llega a la puerta de una iglesia. Una Virgen con Niño. Los cofrades llevan petos con siluetas que no sé descifrar. Hay una devoción y un saber estar entre los que llevan la imagen, la feligresía y los músicos. Nada que ver con esa fiesta del primer domingo de septiembre, festividad de San Calogero, en la que el santo solo va a la iglesia el día anterior y en la que todos –santo incluido– acaban borrachos. Así lo cuenta en un relato breve, desternillante, Andrea Camilleri. Vincenzo Consolo, en su Sicilia paseada, habla de los calògeri –eremitas bizantinos– de negra piel y barba blanca, habitantes de las cuevas de la zona de Sciacca, ascendido el monte Cronio, que personifica en un solo San Calogero, el que hurga en las ingles y quita el engorro de las hernias. Dice que su fiesta es una liberación, una bacanal.

Estamos cansados y hambrientos.

En una calle cortada al tráfico –es domingo– vemos que han sacado mesas y manteles: tomamos vino blanco, pizza y ensalada con bolas enormes de mozzarella. En otra terraza pido una grappa; la camarera me dice que es una bebida italiana, no siciliana.

Yo estaba preocupado con el loro, es chillón y parlanchín. C. me dice que duerme sin dar un ruido si se le tapa la jaula con un paño negro. Es cierto.

Día 9, lunes. Salimos a pasear. Llevamos veinticuatro horas en la ciudad y ésta ya ha ganado el combate, impuesto su cadencia: han desaparecido las ansias de abarcarlo todo, vamos un poco sin rumbo, dispersos, pero con intensidad en el mirar, atentos a inesperados destellos. Llegamos al Mercado de Il Capo. Están desmontando las luces de las fiestas –incrustadas en enormes armazones de listones de madera blancos–; son fachadas luminosas que ahora sólo podemos imaginar. El vendedor de fruta frente a la Chiesa dell’Immacolata Concezione al Capo vocea su género: “Clementineee…”. Maupassant habla del carácter oriental del siciliano por el timbre de voz, la entonación nasal de los vendedores ambulantes. “Por todas partes se oye esa nota aguda del árabe, esa nota que parece bajar desde la frente a la garganta…”. En otras zonas hay reses desventradas como cuadros de Soutine y peces espada que dejan su sangre entre las losas negras del pavimento.

Visitamos la Capilla Palatina, el reclamo turístico de la ciudad. Es como la catedral de Monreale, pero jibarizada. Me ha parecido más árabe. Tiene un tono predominante de color miel rojiza, que vibra entre las incrustaciones de mármoles y teselas y las extrañas piezas decorativas del techo de madera esculpidas en ciprés. Un brillo amortiguado, como esos ojos de algunas mujeres jaspeados por sienas, ocres y marrones.

Seguimos husmeando por la ciudad: el viejo encuadernador Barone, la iglesia de los Agustinos, calles de artesanos. Llegamos a la última visita guiada al Teatro Politeama.

Buscamos restaurante en nuestra guía y vemos que recomienda una Osteria próxima al apartamento, en la que “unos chicos barrigudos en camiseta preparan incansablemente los platos clásicos palermitanos”. (Esta redacción me recuerda a mi amigo Andy S., tantos años trabajando para las “lonely’s” y ahora de años sabáticos). Un antipasto formidable: caponata, zucca in agridolce, olivi e crochè di latte. Pasta con verduras y sardinas. De postre, cassatta al forno y cannolo. C. atiende alguno de sus negocios por teléfono; estoy tentado de darle de comer a la boca.

De nuevo en marcha cultural, hacia el Oratorio del SS. Rosario in S. Cita, para ver los estucos de Serpotta, ese “Tiépolo de la escultura”, como lo nombra Cesare Brandi. Cerca nos topamos con la iglesia en la que está enterrado el juez Falcone. En la plaza juegan al fútbol unos niños alrededor de una estatua; se encienden unas luces cálidas y barrocas. Consultamos la guía en busca de locales nocturnos, pero damos con una calleja agradable en la que tomamos cervezas. Siguen abiertos los puestos de lotería. De una calleja perpendicular, todavía más estrecha y nada iluminada, sale un parroquiano que pasea un perro de raza incierta. Al rato se monta un jaleo de ladridos, bufidos, carreras y saltos al aparecer un gato grande. Yo lo veo todo por el rabillo del ojo cansado: he encendido un cigarro y me concentro en lanzar anillos de humo que enmarcan la luz de una farola, el rostro de la Virgen que está en la hornacina, la luna...

(…continuará)

  1. José Luis Avello Álvarez

    Hay una sola Sicilia. Una sola. Sin embargo cada viajero admira una distinta a la que perciben todos los demás. Hay tramoyas para todos los gustos, espectadores que se introducen en escenarios hasta entonces impensables. Gracias Avelino por narrarnos tu vivido espectáculo. Ahora tengo dos, el tuyo y el mio. Te puedo decir que colecciono más. Y ninguno coincide. La cultura nos posibilita hacernos seres irrepetibles. Todos podemos contar algo a los demás aunque no seamos versados en el tema. Incluso es muy difícil, en otras circunstancias, estar acompañado con C. Por cierto he contabilizado tres viajeros y dices que erais cuatro. Puede ser que incluyas al taxista. Todo es posible en Sicilia… continuará

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