Querido diario (98) / El viaje a Sicilia (2)

© Ilustración: Avelino Fierro.

“Las únicas aventuras de los viajeros actuales –con la ayuda de las Visas, los GPS y Booking– puede que estén alojadas en el idioma, la conducción y las cartas de los restaurantes…”, apunta el autor en estas nuevas páginas de su diario, que continúan (sin poner todavía fin) con el relato de su viaje a Sicilia en compañía de M. y la fotógrafa C. (por cierto, ¿qué ha pasado con el loro de esta última?)…

EL VIAJE A SICILIA (2)

Por AVELINO FIERRO

En el fondo, hoy día, esto de viajar no sirve relativamente para nada. Uno ya no puede sentir el canto de las sirenas –como Ulises–, o los miedos de la ascensión a las montañas –como Petrarca– en la subida al Mont Ventoux. Ni vamos a comprender mejor a los clásicos o a asombrarnos hasta perder el sentido. En 1670, Richard Lassels anota en el prólogo de su guía de viaje, The Voyage of Italy: “Sólo quien haya llevado a cabo el grand tour por Francia y el viaje a Italia estará capacitado para entender a César o a Livio”.

Difícilmente nos embargará la emoción en la forma en que le sucede a Stendhal en Florencia: “Saliendo de la Santa Croce, me latía con fuerza el corazón; sentía aquello que en Berlín denominan nervios; la vida se había agotado en mí y caminaba temeroso de caerme”. Un paseo nocturno por el extrarradio “desolado, zarrapastroso y triste” de una ciudad, a la manera barojiana por la banlieue parisina, puede producirme los mismos efectos en la mirada y la sentimentalidad, que el “síndrome de Stendhal”.

Con todo, no podía negar que me encontraba bien. Solo por esa sensación de paréntesis en las obligaciones y la rutina de los días, por ese trozo de libertad que estaba suspendida sobre mí como un toldo –cobijándome–, aquella mañana del tercer día de viaje parecía sonreírme cuando arrancaba el coche y dejábamos Palermo por la avenida de la costa en dirección a Segesta.

Brandi recomienda en su libro llegar a Palermo por mar y hacer el periplo de las islas. Esas páginas de su Sicilia mía son hermosas. Nos quedaríamos sin ver el tono sombreado de las rocas cubiertas de líquenes, el verde sofocado de los olivos y los campos convulsos de lava con sus negros brillantes y opacos en Pantelleria, las pinturas prehistóricas de las Egadas, los asentamientos púnicos de Mozia, o la casa paleolítica de Panarea. Y Dattilo, Stromboli, las Panarella…

Para describir la lava, las pinturas… trae Brandi a sus páginas a pintores: Burry, Music, Capogrossi. A este lo imité en aquellos cuadernos de dibujo perdidos de los dieciséis años. He amado tanto la pintura… Pero dejamos la ciudad sin haber visto La Virgen de la Anunciación, de Antonello de Messina. Y yo quise muchas veces saber cómo era el azul de su manto.

El coche es amplio. Nos lo entrega a primera hora Lorena, de ojos verdes. C., que es muy observadora, dice que algo estaba pasando en la trastienda de “CARmotion”, porque ha salido a recibirnos al mostrador un poco despeinada y con los botones de la parte trasera de su vestido sin abrochar.

Voy preocupado; aquí se conduce de una forma singular, parecen regir unas normas de mínimos: no vamos a embestir, lo demás está permitido. El coche es americano, muy cómodo. El equipaje, razonable; nada que ver con el del coronel Thornton, que apareció por Italia allá por 1815 con catorce sirvientes, tres halcones, diez caballos y ciento veinte perros de caza.

El templo de Segesta es espléndido. Goethe anota que, cuando él lo visita, junto a las gradas yacen todavía desparramados los aparejos de que se servían para acarrear las piedras, lo que probaría que el templo no llegó nunca a estar terminado. Está aislado, en lo alto de una colina. Detrás, la montaña parece guardarlo. Alrededor vemos pitas y cardos, ágaves y carrizos; pinos y cipreses más allá. Me alejo y lo dibujo en mi cuaderno de viaje. Estoy sentado bajo un árbol, en un banco de madera. Hay pocos visitantes. Pasan dos grajillas gritando. Hay sol, algunas nubes y un viento suave. Sólo mis ojos contemplan ahora esta escena; sólo yo siento ahora el pasado y escucho el susurro de los dioses. Solo.

Continuamos hacia Erice. Creo que nos hemos podido equivocar al tomar una carretera estrecha para la subida; el coche no da vuelta en las curvas; maniobro muy diligente, no en vano este es mi cometido principal durante el viaje. Hay, desde allá arriba, un bello panorama de los escarpes y de la costa. El sol se filtra entre una nube oscura de lluvia, una nube baja, casi a la altura de los campanarios de las iglesias.

De nuevo en Trapani –que antes habíamos circunvalado– la locura del tráfico. Hemos decidido, cuando acabe el día, dar una buena propina a la chica que nos guía con su voz a través del GPS. Llegamos a las salinas cuando el sol empieza a menguar. Es aquello un gran espectáculo: los cristales de los montones de sal exhalan minúsculos destellos, los molinos tienen un reflejo dorado sobre el agua oscura y quieta.

Por segunda vez C. saca una cámara de la bolsa. No va a fotografiar los reflejos; se dirige a un solar al borde de la carretera, cercado con una tapia baja. Hay allí aparcadas dos carrozas de fiestas, descuajeringadas; la mueca enorme y rígida de uno de los monigotes de cartón piedra congela en blanco y negro aquel cuadrante del paisaje. He recordado imágenes del cine del neorrealismo italiano.

Cuando Pla llega a Trapani dice ver un espejismo al surgir, del azul oscuro del mar africano, un blanco de cal blanquísimo. Y describe un pródigo cabotaje de legumbres y animales en el puerto. Y anota: “Dentro de la luz cruda y azulada, sobre la calma de la ciudad y la sonrisa del mar indiferente, este pequeño guirigay del puerto parece hacerle a uno un poco de compañía”. Y aunque Philip Larkin se refiera a una playa cualquiera, he recordado aquel verso suyo, “el alboroto en miniatura de las costas”.

También nosotros tenemos nuestra modesta batahola al tomar un desvío hacia la marisma. Nos hemos topado con una zona de aves: cormoranes, flamencos y algunas limícolas. Pasa volando y graznando una bandada de garzas reales. Y en ese momento la luz se apaga.

Se hace difícil el viaje nocturno hasta Marsala. La carretera no tiene ni una sola línea blanca que ayude, hay señales de stop que no entendemos porque nuestra vía es preferente, coches aparcados en lugares muy prohibidos cuando cruzamos algunos pueblos, curvas… En Marsala llegamos con dificultad a nuestro alojamiento.

Está en una zona céntrica, pero la iluminación pública no funciona. Aporreamos la puerta del número 8. Nos abre una vecina que oye los golpes. Nos dice que la dueña de los apartamentos llegará pronto. María vive sola y nos hace entrar en la salita de su casa. Hay cortinones de color morado rabioso separando nada, porque el espacio es mínimo y está casi todo él ocupado por un gran televisor. En la pared nos muestra los retratos de su marido fallecido y de su hijo, casado en Holanda. No para de hablar. Nos libera Valentina, que administra aquellos alojamientos.

Paseamos por unas calles enlosadas con grandes bloques desgastados de piedra, de color marmóreo. Entramos en el restaurante Garibaldi. Las únicas aventuras de los viajeros actuales –con la ayuda de las Visas, los GPS y Booking– puede que estén alojadas en el idioma, la conducción y las cartas de los restaurantes. Porque no sabemos cómo serán el vino, los pescados o el “contorno”.

Bajamos hasta el mar guiados por las banderolas de un club náutico al final de una calle. Es una zona incierta y muy poco iluminada. Hay unas furgonetas donde se venden hamburguesas, pero no hay clientes. Yo creo que aquel lugar tiene su foto. Un solar destartalado, con bombillas de colores, palmeras tristes y olor de algas. Hay viejas roulottes de ruedas deshinchadas aparcadas, en las que vive una pobre gente. Al pasar junto a una de ellas una puerta se abre y aparece un tipo flaco, siniestro y que está borracho. Volvemos al casco histórico. De madrugada, M., que se revuelve inquieta, me despierta. Voy al baño. Desde un óculo en el techo entra un rayo de luna que ilumina mi parte menos noble.

Vuelvo a la cama y el sueño me enreda en pocos minutos. No he tenido tentaciones de leer, utilizando mi pequeña lámpara de atril. Este es el viaje al que menos libros he llevado, no sé bien por qué. En alguna parte había leído que Petrarca viajaba con Las confesiones de San Agustín; recuerdo haberlo buscado y dejado antes de venir un poco a mano, en la parte superior de un montoncillo de libros en el suelo.

Hoy es miércoles, día 11; estamos en Selinunte. Una acrópolis dominada por un templo que se sostiene en pie. En el aparcamiento de la entrada hemos visto un dibujo recreando la riqueza antigua, grandes barcos de vela en el mar y, detrás, los templos y santuarios. Uno de estos, el señalado en el folleto como templo G, fue uno de los más grandes del mundo griego. Dice Brandi, “Y cada uno los levantaba mentalmente, aquellos templos, con una magia interna que nada tiene que ver con la errónea pedantería de la ‘reconstrucción’”.

Bajamos luego al pueblo, al lado del mar, donde no hay autocares con turistas; compramos bocadillos y cervezas –si en la literatura de viajes se anota indefectiblemente el anecdotario gastronómico, hay que dejar señalada aquí la buena mano de aquel tendero eligiendo los panes, el relleno y el chorrito de aceite–. C. y M. se bañan casi desnudas en un lugar apartado. Semidormido, mal recostado en las escaleras en sombra de un edificio en ruinas, presiento el sol, los cristales de sal besando la piel, las espumas.

Damos un giro decidido hacia las comarcas del interior. Es ahora cuando pongo en el coche los discos pensados para estos días: la banda sonora de la película “El Padrino” y “La Musica Della Mafia. Il Canto Di Malavita”, una pequeña joya de Manuel Tejada que está hoy en su legado a M. M.

Vamos solos por estas carreteras onduladas por lomas gredosas, con viñedos, olivos, aloes, alcornoques y chumberas y granados con frutos rojísimos. Dicen que este año, aquí, también ha llovido poco.

Estamos ya en Sciacca. En la gelateria en la que descansamos tras caminar junto al mar y subir después al castillo de Luna, hay una placa que recuerda el asesinato de un militante del PCI por la Mafia. Seguimos después hacia Agrigento. Se hace de noche. Vamos por una carretera sin fin, sin señales de ningún tipo ni líneas marcadas en el asfalto que te orienten; seguimos las luces de un camión.

Al llegar a la ciudad la muchacha del GPS ya se ha vuelto loca y trata de guiarnos a través de callejuelas por las que no pasa el coche. Tienen que venir a rescatarnos la sorella y el cuñado de Màrgeri. Más tarde, en el restaurante, la pasta a la hortelana, el vino, unos linguini con gambas, unos espárragos deliciosos… nos van encaminando hacia la serenidad. A la mañana siguiente un tipo con gorra y desdentado nos espera en el parcheggi. Nos dice que ha vigilado nuestro coche, que hemos dejado con el portone abierto. Le damos una buena propina sin pensar en más.

Desde el Valle de los Templos es mejor no dirigir la vista hacia la ciudad, desfigurada por construcciones delictivas; la ciudad de Empédocles y Pirandello. Nos separamos para hacer el recorrido, aunque coincido con M., que me narra el texto de la audioguía acerca del templo de Eracles. Antes he oído a una guía italiana, con fuerte acento argentino, que les dice a tres mujeres: “Cuando aquí nos casamos es normal hacer las fotos en este templo de Eracles –destruido por los bizantinos y reconstruido en 1921–; yo quise hacerlo en el de la Concordia, aquí cercano, pero mi suegra dijo que no, que en su familia nadie, nunca, se había separado”.

Cerca del templo de Juno –así llamado porque Plinio narra que se encontró su retrato, encargado al famoso pintor Zeusis– oigo también otras conversaciones mientras dibujo las ruinas en mi cuaderno y musitar en francés a un tipo que ha parado a descansar a la sombra y consulta una tablet: “Estos catalanes son tan idiotas como los corsos”. Me ha recordado –y tiene cierto parecido– al abuelo que mueve la cabeza con resignación en la cervecería al aire libre cuando los jovencitos arios enardecen a los parroquianos con sus cantos patrióticos en la película de Bob Fosse, Cabaret.

Esta es la comarca de las minas de azufre. Maupassant describe a un grupo de niños subiendo la escalerilla cargados con cestos, “tienen diez, doce años, y repiten quince veces en un solo día el humillante trayecto, a cambio de una perra por cada descenso”.

Vamos a Favara. C. siente curiosidad. En la Lonely se le dedica toda una página a pesar de no estar en ninguna de las rutas turísticas. Se halla a unos catorce kilómetros de Agrigento y dicen los autores de la guía que se conoce principalmente por dos cosas: por tener uno de los índices más altos de desempleo de Italia y por su cantidad de edificios espantosos. Pero allí se crea en 2010 el Farm Cultural Park. Un matrimonio compra varios edificios abandonados e instauran un barrio dedicado al arte.

En la plaza hay una gran pancarta en el balcón del ayuntamiento: “FAVARA E CONTRA LA MAFIA”. C. se vuelve inquieta porque ha olfateado un lugar en la misma plaza, un círculo de excombatientes mutilados, de acceso prohibidísimo, lleno de fotografías y cuadros sobre las últimas guerras, condecoraciones, emblemas… Allí la dejamos; creo que por fin ha descubierto un lugar para trabajar: el hoy impregnado del pasado. En sus fotografías, técnicamente irreprochables, siempre hay una historia, una narración que nos muestra cómo se corrompe el tiempo. Nos reunimos más tarde en la granja cultural.

El trayecto hasta Scicli es infernal. Se hace de noche; más de media hora para atravesar Celle. Llegamos a nuestro alojamiento, una residencia señorial. La dueña tiene esos gestos de una aristócrata venida a menos; nos habla de arte y nos muestra fotos antiguas del lugar y la familia. Damos un paseo nocturno; hay animación en la calle y bares abiertos. Cenamos en la terraza de una osteria en la que el encargado es ceremonioso. La gente es extrañamente elegante.

En un bar, “My name is Tanino”, al lado del río encarrilado en un canal empedrado, tomamos unos combinados para celebrar que hemos superado de nuevo la prueba del tráfico, y al rato ya no lamentamos demasiado el no habernos desviado hasta Ragusa, sus iglesias y palacios del XVII. Formas que vuelan. Lo dejó dicho Eugenio d’Ors, hay que advertir de ese vínculo entre el desorden barroco y la disgregación interior.

(continuará…)

Foto enviada por C.

  1. José Luna Borge

    Estos escritos no tienen nada que envidiar a los de Goethe y Maupasant. Están hechos con un gusto portentoso, demora y atención, captando el alma de cada lugar y monumento, con la minucia del entomólogo afanoso tras sus mnúsculas presas o la del arqueólogo con sus piedras.
    José Luna Borge

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