Querido diario (99) / El viaje a Sicilia (y 3)

Siracusa. © Ilustración: Avelino Fierro.

Con esta entrega, el autor finaliza el relato de su viaje a Sicilia en compañía de M. y la fotógrafa C. y cuenta cómo el loro de esta última, asustado por el sonido de las campanas de una iglesia, echó a volar y a punto estuvo de ser atrapado en la red verde de un operario municipal.

Previamente:

EL VIAJE A SICILIA (3)

Por AVELINO FIERRO

Era el día 13 de octubre. En nuestro itinerario no estaba Taormina, a pesar de las palabras de Maupassant: “Si alguien –que no pudiera pasar más de un solo día en Sicilia– me preguntase qué es lo que debe ver por encima de todo, le respondería sin la menor duda, que Taormina. No es más que un paisaje, pero un paisaje en el que se encuentra todo lo que hay en esta tierra, creado para seducir a la mirada, al espíritu y a la fantasía”. En la edición de su Sicilia que yo poseo, hay una fotografía del teatro, el mar y, ocupando la mitad del cielo, el Etna cubierto de nieve a lo lejos. Habla de un lugar parecido al teatro de Segesta, y de los griegos “como decoradores incomparables que eran” para elegir el lugar exacto en el que situar sus construcciones. Para evocar ese espíritu de la Antigüedad arcaica –en su vertiente sensual y tolerante– por aquí estuvo el barón W. von Gloeden retratando a muchachitos desnudos y coronados de hiedra. Desde la terraza de su residencia también se veía el mar.

Queríamos salir a primera hora de la mañana, pero nos retrasó un incidente. Tras el paseo nocturno por Scicli quisimos ver la ciudad y el color de sus muros a la luz del sol. Al acabar el recorrido paramos a tomar café en el mismo bar de la noche anterior; hacía una mañana espléndida. C. quiso que el calor acariciase las plumas de su loro, lo sacó de la jaula y lo colocó en el pretil del puente. Sonaron las campanas de la iglesia vecina y el animal echó a volar iluminado por un súbito rayo de espiritualidad, henchido de ansias. Se posó en el alféizar de la ventana de un edificio abandonado al otro lado del canal.

Desde una carretilla elevadora enviada por la autoridad municipal, un operario –con cierto parecido al Nabokov cazador de mariposas– le habló suavecito, para lanzarle finalmente una red de color verde. Tanto C. como el animal necesitaron de abundantes minutos para reponerse.

Aquello nos retrasó casi dos horas, con lo que la llegada a Modica fue más allá del mediodía. La casa natal del poeta Salvatore Quasimodo está en una callejuela estrecha a la que se llega tras subir muchas escaleras en un barrio modesto. Tiene buenas vistas y un esqueleto de cables a la entrada. En un patio mínimo, un ficus y plantas enredadas y sin nombre. Se ven los tejados de enfrente, sobre los que uno podría saltar desde el balcón, y más arriba todavía hay edificios conventuales y está la catedral.

Somos los únicos visitantes. La mujer que enseña la casa nos acompaña discretamente, pero en un momento dado pide nuestra atención y nos coloca frente a una vitrina con libros desde la que comienza a manar la voz del poeta leyendo Lettera alla madre.

Mater dulcissima, ora scendono le nebbie,
il Naviglio urta confusamente sulle dighe,
gli alberi si gonfiano d’acqua, bruciano di neve;
non sono triste nel Nord: non sono
in pace con me, ma non aspetto
perdono da nessuno, molti mi devono lacrime
da uomo a uomo. So che non stai bene, che vivi
come tutte le madri dei poeti, povera
e giusta nella misura d’amore
per i figli lontani. O
ggi sono io
che ti scrivo…

En sus poesías completas que yo leí en el 94 en la hermosa edición de La Veleta, dejé mínimos dibujos a lápiz, tenues, como señales en un camino para descansar y releer, y subrayé versos: “presiento la noche en mis sienes, y la inquietud / es un canto de oscuro dialecto”, “ahora el otoño corrompe el verdor de los cerros”; y algunos otros que recordaban a los versos entre brumas de Luis Pimentel, “lúcida alba de vidrios funerarios”, “avara pena, retarda tu don / en esta hora mía / de suspirados abandonos”.

Nuestra próxima parada está en Noto. Es cierto que hay algo de extraña escenografía en su calle principal, su urbanismo rebuscado, sus palacios en los que se afanaron ilustres arquitectos desconocidos, y sus calles laterales en pendiente… y habrá también un color de miel en los atardeceres. Pero queremos continuar nuestro viaje. Quizá presentíamos ya las calles estrechas y oscuras de Siracusa.

Llegamos a media tarde a Ortigia. Nuestro alojamiento es céntrico, un edificio con escalinatas, esculturas y mimbres del fascio redentor. El ascensor no funciona. Damos un paseo nocturno, quizá por los mismos lugares que transitó el divino Platón. Pla dice que en su deambular por estas mismas calles, con un poco de viento, se oía al pasar el repiqueteo de la ropa puesta a secar en los tejados.

El colchón es duro. A las dos de la madrugada oigo agitarse por su habitación a C. Pico en su puerta y me dice que ha estado untando algunas partes de la estancia con una de sus cremas corporales porque aquello le huele a puticlub. Vencido por el sueño repaso con los dedos la superficie de mi colchón al notar unas pequeñas incisiones. Yo creo que son letras que forman las iniciales R.I.P. ¡Aquello era un colchón-lápida o, al menos, un colchón demasiado al dente!

A primera hora de la mañana, C., que ya había dado la incidencia en su oficina de Barcelona, nos indicaba nuestro nuevo alojamiento. Allí, a las 9:05 a. m., un poco aturdido por el ir y venir, el tráfico, mover las maletas y portear delicadamente la jaula del loro –anoto aquí que le estoy cogiendo manía– entro inadvertidamente en la habitación de C. Está sentada en la cama, con una toalla que le resbala ya hacia las piernas. De espaldas a mí, no siente mi presencia. Cierro despacio la puerta y hago en mi habitación un dibujo de memoria.

Paseos por la ciudad, en busca de la galería en que expuso sus fotos en primavera J. R. Vega; se ha trasladado de Ortigia a la ciudad nueva, digamos que al continente. Vemos el Caravaggio en la iglesia de Santa Lucía. Lo vemos de lejos; hay un vallado futurista que nos cierra el paso. Caminamos después por el perímetro de la ciudad, sus murallas asomadas al mar. Descansamos al sol sobre unas rocas en las que se doran algunos bañistas. Cuando queremos llegar a la parte alta en Siracusa para ver el parque arqueológico de Neapolis, ya no admiten visitas. Nos consuela la puesta de sol y la latomía vista desde las rejas.

De vuelta a Ortigia vemos moverse a lo lejos los mástiles de las embarcaciones de recreo del puerto; es un baile, un paloteo. Encargamos una cena a base de espaguetis al pesto, salami, quesos y aceitunas sicilianas que nos sirven en el apartamento con un vino blanco fresquísimo. Subimos a la azotea a fumar. Se oyen los tambores y cantos de los tiffosi del Siracusa-Catania. Y desde Oviedo nos llegan noticias de que la familia ha disfrutado con Il Trovatore. Lo italiano nos abraza.

Salimos hacia Catania. Nuestro nuevo alojamiento está al lado de la Facultad de Jurisprudencia. Dejamos el coche en un patio interior, bajo una higuera. Aquí compartiremos habitación. Es muy espaciosa, las camas separadas por un biombo con motivos algo eróticos. Las paredes son de tono terrosoanaranjado y curioseo en un mando a distancia que enciende luces de colores ocultas en el zócalo alto. Goethe anota que, aquel miércoles dos de mayo en que llega a Catania, se muestra muy a disgusto en su posada. Ni siquiera la gallina con arroz que les prepara el mozo de cuadra es apetecible, y es muy amarilla por el exceso de azafrán.

Llega la encargada, que habla muy rápido, “me llamo Adele, como la cantante”. Es una mujer rebosante de curvas y con larga melena oscura. La habitación está todavía en penumbra. Se coloca frente a unos cortinajes y los abre de repente: allí está, recortado y enmarcado en el ventanal como si de un cuadro se tratara, el Etna. Este apartamento es el más caro del viaje. También Goethe consigue al día siguiente de su llegada un alojamiento mejor y más holgado, provisto de amplias y doradas cómodas en las que su acompañante Kniep halla por primera vez ocasión de extender sus cartones y dibujos. También anota que la lava que en 1669 destruye la ciudad es todavía perceptible y cómo se “ha trabajado la ígnea corriente, ya arrecida, como una roca cualquiera y trazado y parcialmente labrado calles sobre ella”.

Me asomo desde una terraza lateral. Estamos en la Via dei Crociferi. La mayoría de estos edificios de fachadas barrigonas son obra de Vaccarini o de sus discípulos. Qué hermoso lo que escribe Brandi sobre esta “calle descuidada” y del color negro de la lava: “Bajo la luz taladrante del mediodía siciliano, cuando las sombras, ávidas de reflejos, son una luz apenas menos intensa, una luz en tono menor, los resaltes hinchados de las columnas, los contrastes de las cornisas y de los tímpanos adquieren contornos de aire denso, como el agua que permanece en las rocas después de la marejada, y lentamente al evaporarse blanquea”.

Por la tarde, C. vuelve a trabajar. Entra en el teatro Massimo Bellini donde representan Don Giovanni. No sé cómo lo consigue, pero al salir nos dice que se ha colado entre camerinos y bambalinas y por primera vez nos enseña fotos de una mujer con traje blanco y antifaz, que estaba entre el público. Quiere seguirla a la salida por las calles oscuras adyacentes y pide a M. que la acompañe. Espero apoyado en el borde de la fuente frente al teatro. A mi lado, un hombre mira desde allí el fútbol en la pantalla gigante de uno de los bares de la plaza, mientras fuma un estrafalario canuto de maría.

Por la noche la situación es irregular, no incómoda. Ya hemos tomado cierta confianza. A eso de la una de la madrugada veo que una luz baila tras el biombo. Como tengo que pasar cerca para ir al baño, C. me dice que mire hacia ella, y la veo leyendo con una lámpara amarrada con una cinta a la frente. Me muestra el libro: Coloquio en Sicilia, de Elio Vittorini.

A la mañana siguiente no la vemos en el apartamento. A eso de las ocho y media llama a M. por teléfono y le dice que ha madrugado mucho, que ha ido a las seis a fotografiar a los comerciantes del Mercado. Nos cita en el Duomo.

Nuestro próximo destino es la Villa Imperiale de Casale, en Piazza Armerina. En un pequeño valle está “la mayor atracción de la Sicilia central y los mejores mosaicos romanos de que se tiene constancia, únicos por su estilo narrativo, natural, la amplitud de su temática y la variedad de colores utilizados”, como se lee en nuestra Lonely Planet. Para contrapesar tanto lujo antiguo y hermosura, luego comeremos en el pueblo, en Casa Pepito, al lado del dueño de la tasca.

Seguimos hacia Enna, la parte más alta de la isla. Estas tierras fueron granero de Italia; cada primavera vuelve Perséfone junto a su madre Deméter, la diosa de las mieses abundantes.

En una iglesia, a mitad de la subida hacia el castillo, las paredes están repletas de nichos de soldados muertos en la guerra. Todos tienen su nombre y, muchos, su fotografía en un ovalado marquito de cerámica. Pasamos luego al Duomo y C. vuelve a concentrarse en su trabajo, fotografiando sombras y urnas con santas yacentes. El sacristán insiste en que vayamos a la sacristía y allí el párroco nos da una estampa de la Vergine Patrona del popolo ennese, a la que no hemos podido ver en su altar porque la guardan todo el año en una especie de trastero y sólo la sacan en la procesión del día de la fiesta.

Cuando volvemos al alojamiento, ya es de noche. En una tienda de fotografía, vestido de traje gris y con playeras blancas, vemos a un joven haciendo fotos desde la calle hacia el interior del establecimiento. Al pasar a su altura descubrimos a un matrimonio muy mayor, con elegantes y modestísimos trajes, que sostienen en brazos a su nietecito, emperifollado en rojos. No sé por qué he recordado a John Berger; quizá porque podría haber hecho con este momento una hermosa narración sobre el retrato de los pobres y contar cómo se busca en ellos una medida de verdad.

Están acabando nuestros días sicilianos y menguan la decisión y las ansias de acometerlo todo; pensamos más en hacer acopio de estampas, aromas, luces y conversaciones para nuestra caja de los recuerdos. Quizá por eso no vamos a la Torre Filippo, el lugar alto de la ciudad y centro de la isla, y en cambio nos desviamos hacia el cementerio, en el que pasamos tiempo leyendo las placas de los mausoleos. Está situado en un lugar magnífico para ver el tráfago de la ciudad de los vivos.

Volvemos ya a Palermo por la autopista que cruza la isla. Hay muchos tramos de un solo carril con señalizaciones de obras, en las que los obreros están ausentes. Sentimos de nuevo la emoción de adelantar con doble línea continua.

Queremos ir a Bagheria para ver la Villa a la que Goethe dedica tantas páginas para comentar el derroche y los desvaríos del Príncipe de Palagonia, al que llega a avistar caminando sobre la basura de la calle, rizado y empolvado, pidiendo limosna para los esclavos cristianos de Berbería. Está cerrada a esas horas –son las dos del mediodía–, pero la mujer que la guarda está saliendo en ese momento y nos indica que podemos ir a la Villa Cattolica, que es en realidad el Museo Renato Guttuso. Nos atraen más el edificio y los óxidos de una gran fábrica vecina y abandonada, que las pinturas.

Esa tarde damos nuestro último paseo por Palermo. Nos movemos alrededor de los Quattro Canti, Santa Ninfa dei Crociferi, la Martorana, San Giuseppe dei Teatini…

Repetimos en nuestra osteria a la hora de la cena. En una mesa próxima un tipo enorme, rapado y musculoso, se levanta la camiseta y enseña su cuerpo tatuado a los camareros; uno de ellos también le muestra sus monstruos en la barriga.

Hemos reservado habitación en los mismos apartamentos. A la mañana siguiente, esa pereza del partir hace que nos descuidemos con el transporte hasta el aeropuerto y estamos a punto de perder nuestro autobús en la plaza Politeama. En el trayecto, la mujer de al lado, cuarenta años, largas uñas esculpidas y pelo “pulp fiction”, recorre la pantalla de su móvil; leo sus contactos: Pinuccia, dottore, m. giorgia, Rita, peppino, fiorella, Giussepa, sorella, simona, Fabiana…

En el avión, la azafata fa la dimostrazione di sicurezza. M. recibe en ese momento en su móvil una foto de Gianluca, el pavisoso adolescente que gobernaba nuestro alojamiento en Palermo, vestido de cuero y montando una moto infernal. ¡Ah, la doble vida de nuestros restauradores y hoteleros palermitanos!

Llegamos a mediodía al aeropuerto de Barajas. Es dieciocho de octubre. La torre de control se refleja en tímidos charcos sembrados como indecisiones en el pavimento gris. Gotas de lluvia tibia y delicada cuchichean en el cielo de Madrid.

  1. José Luna Borge

    La pluma de Avelino también pinta, dibuja un paisaje siciliano difícil de olvidar. Sabe rescatar miradas de ilustres viajeros que han pasado antes por los mismos escenarios y darles nueva vida de manera que a nuestros ojos parecen recién estrenados.

  2. Pingback: Querido diario (99) | Retazos de un escritor

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