Querido diario (109)

© Ilustración de Avelino Fierro.

DÍAS EN PARÍS / 1

Tras leer el diario de Ramón Gaya, el autor toma la decisión de “viajar a París, a pasearlo, a ver cuadros y pinturas”. Dicho y hecho. El relato de este viaje se prolongará a lo largo de varias entregas. Ésta es la primera…

Por AVELINO FIERRO

Miércoles, 17:30 h. Estamos en el tren. De repente ha entrado un tiempo veraniego en la ciudad. Hemos llegado sudorosos al andén; veníamos con calma, pero la temperatura ha empezado a subir. Aquí, en esta zona del país, cada vez con mayor frecuencia, las noticias dicen que tal o cual día se registrará una variación de más de diez grados, y sucede a veces. Antes sabíamos a qué atenernos, no teníamos estos sobresaltos. El termómetro del vagón marca 26º.

El campo está muy verde, aparecen los brotes de los primeros sembrados y en las hondonadas y depresiones siguen lagunas y charcas. Los montes, a lo lejos, están muy nevados. Con tanto sol en estos momentos el contraste es extraño: más que nieve parecen blanquísimas nubes bajas que han decidido descansar en su errancia, cosiéndose a la tierra, echando una siesta sobre las rocas.

Estoy más calmado, repantigado en el asiento, escribiendo en el cuaderno de viaje. He tomado un Lexatin. Tenía algunos desarreglos debido a los derrapes –y hasta trompos– de última hora en la oficina. Cuando llegué a casa, a eso de las dos del mediodía, Mar me dijo que olía a rancio. Puede. Los que vamos teniendo una edad imagino que exhalamos en las prisas, el estrés y los calores, un aroma de carne casi con fecha próxima a caducidad. Y eso que uno no huele, dicho por mi señora. En eso tampoco miente: enferma –como es– por un accidente biológico de la adolescencia, tiene un olfato finísimo, a la manera de un Grenouille, el personaje de la novela de Patrick Suskind, El perfume. Yo la conozco en verdaderos lances y alardes “pituitáricos”, sin afectación, sin darse el pote, más bien con resignación.

Decía que no huelo, nada. En el anterior viaje con Mar y C., a Sicilia, durante once días de octubre, me cambiaba por pura coquetería –aunque mis camisas eran casi indistinguibles, prácticamente iguales, azules y negras–, pero podría haber pasado sin hacerlo y seguiría oliendo a las verdes y limpias praderas. Pero este calor que ha llegado tan imperioso…

En la película que proyectan en el tren se ven unas imágenes con la Torre Eiffel al fondo. Vamos a París. Yo me lo había propuesto hacía ya unos meses, leyendo el diario de Ramón Gaya. En ese diario de pintor, de 1952, anota un 22 de junio que en el Louvre se tropieza, buscando otra cosa, con L’Atelier de Courbet. “Es, como me parecía, un cuadranco… “grosso”, tontamente ambicioso, empeñativo, que no acaba de ser malo, muy pintura, eso sí, pero no pintura consistente –como, por ejemplo, es consistente y… trascendente la pintura material de Murillo–, sino pesada, opaca, de una materialidad sordomuda y ciega, zopenca, irredenta”. A los dos días visita una exposición espléndida –anota– de Picasso.

Tras leer esas líneas tomé la decisión de viajar a París, a pasearlo, a ver cuadros y pinturas (John Berger, que alguna vez se pone entre tonto y estupendo, dice que eso es, en realidad, ir a ver muertos). Estaba, además, exponiendo Miguel Galano. Anoté en un papelito –notas que tomo y no sirven para nada, o desaparecen, y una de cada tantas aparece, quizá como esta, en el momento justo– lo siguiente: “Leyendo hoy, en la noche del viernes al sábado de 5 de mayo, el diario de R. Gaya, he decidido ir a París. La vida vale bien poco si nos ensimismamos tanto, si la pereza nos arredra”. Ha pasado casi un año.

¿Cómo será la ciudad en abril? Ayer miré por Internet el tiempo que posiblemente vamos a tener y no me gustó. Allí también ha llegado el calor; yo quería luces y sombras y algo de viento que hiciera ondear los toldos de los bistrots y las láminas de papel viejo de los puestos de los buquinistas.

Llevo tres libros. Ha pasado lo de siempre: enormes dudas y dificultades hasta poderlos elegir. Poemas de Verlaine y gente de su cuerda, en versiones de Esteban Torre. ElParís”, de Pla, del que ya escribí para los Diarios hace tiempo. Lo llevo porque el escritor se pasea por barrios y lugares de la ciudad, a principios de siglo, y si alguno de esos días lo queremos comenzar con un cierto plan o ruta acordada me gustará echarle una lectura previa. Aunque lo he leído hace tiempo, recuerdo algunos sitios porque hice en él varios dibujos a lápiz y, a estas edades, la memoria se va convirtiendo en algo más visual que conceptual.

Vamos a un apartamento en la plaza de los Vosgos. Es de un familiar de C., que estos días está fuera de la ciudad, creo que de viaje en Tanzania. Tienen por allí algún hotel y una empresa que organiza safaris fotográficos. El caso es que, decíamos, quise recordar ayer el nombre de la escritora americana que vivía en ese barrio en la época del cubismo, y no podía ser. Se lo quería decir a M. y Ó., ayer, mientras tomábamos una cerveza en el Castilla, y nada. Les hablé de su amante, de su rostro, de una foto hecha por Man Ray del salón de su casa, repleta de cuadros hasta el techo en la Rue Fleurus, de uno de los libros que escribió, Autobiografía de Alice B. Toklas, y nada. Llegando a casa recordé el nombre de Gertrude Stein.

El tercer libro es Prisonnier au berceau, de Christian Bobin, ilustrado con algunas fotografías en blanco y negro de su pueblo –Creusot– y de la habitación en Amherst de Emily Dickinson.

Me está entrando el sueño. El viajero del asiento de atrás, unos cincuenta años, camiseta negra de los All Blacks, pendiente, fuerte –es como uno de esos tipos que montan y desmontan escenarios en un periquete para las giras de los Rolling y similares–, bien parecido, se ha puesto a hablar por teléfono con la enfermera o secretaria de una consulta médica. Al parecer, tenía hora para esta misma tarde y se le ha olvidado. Ella repasa la agenda, quiere darle una cita. Él le pone pegas. Tiene una voz grave y bonita, monótona. Pero hay alguna inflexión en ella que utiliza muy adecuadamente. Sería un buen locutor radiofónico. No se puede saber de dónde es, no hay acentos. Llevan ya un buen rato. Parece que él ha entendido lo de la cita de otra manera y quiere ligar.

Suben ahora pasajeros en Valladolid. Son más historiados y finolis que los que montaron en Palencia. Una chica con un bonito corte de pelo y chaqueta exclusiva de rayas y zapatos high class. Dos hombres de mediana edad, de buena presencia; puede que usen cremas faciales. Van con ordenadores portátiles. Aunque ya se han quitado las corbatas, se les transparenta la buena percha y el saber estar: altos funcionarios o ejecutivos que van a la capital a conseguir prebendas y que han tenido que invitar a una comida en un restaurante postinero. El cuarto es híper moderno: pelo rapado, pantalones certeramente agujereados, chaleco. Un negociante del ocio y de la noche, sin duda. Sí, marcan paquete, cierta impronta. Hay otro que me tiene despistado; no he pillado su “árbol genealógico”. Los palentinos –no dudo de sus otras bondades– tenían pinta de oler, como yo, a rancio. Decir democracia es decir igualdad de oportunidades, pero dime de dónde eres y te diré a qué estás predestinado.

Alguien, en el asiento trasero de la izquierda, habla muy alto por el móvil. Vaqueros, pelo rojo y zapatillas negras de deporte; no va mal. Pero tiene un cuerpo lleno de excesos, difícil de adecentar. Cacharrea en el móvil, teclea en el ordenador. Ya ha tenido tres conversaciones con tres colegas, puede que de la universidad. Se va poniendo medallas a cada frase, etiquetas de autenticidad: todo es un desastre, pero él es honesto, y ya no puede hacer más. Esto lo resalta, lo deja bien claro para que todos nos enteremos. Igual está algo tocado por los últimos acontecimientos en los que a algunos políticos se les han acabado subiendo las titulaciones y másteres por las piernas a su pesar. Habla de eso. Y, ya digo, deja muy claro a todos los viajeros que a él eso nunca le afectará; lo hace con fanfarrias, tutti y maniobra orquestal. ¡Dios, qué tono de voz! Mi siesta jodiendo está.

A su lado, ha comenzado a charlar por teléfono uno de los de Palencia. El pobre ha hecho esfuerzos por ir conjuntado en el vestir, pero no ha tenido suerte. Es fuerte, bueno, es gordo; no muy alto y con poco pelo, ese poco pelo que favorece poco y mejor no llevar nada. Viste pantalón color teja oscuro, como de un tejado batido por la lluvia. Camisa a cuadros grandes en el mismo tono, y zapatos negros, con cordones, de los de toda la vida. Coge el móvil de una extraña manera, como las personas de antes de la revolución digital, como si todavía fuera un teléfono fijo, apretándolo con su manaza, como si fuera un teléfono como aquel de baquelita del almacén de mi padre, que yo de niño no podía casi levantar para coger los recados si no había desayunado bien. Sus interlocutores tienen nombres analógicos: Gregorio, Herminio, Pascual.

Mar, de vez en cuando, me pone en la oreja un auricular para que yo pueda escuchar su música. Se trata ahora del aria del dúo de Alfredo y Violetta, “Un dì felice eterea”, del primer acto de La Traviata. La he susurrado levemente. Alguna vez la memoricé porque va bien a mi registro vocal. Hace poco alguien me dijo que sonaba al final de Las amargas lágrimas de Petra von Kant.

Estamos llegando a la estación de Segovia, Guiomar. Voy a dejar este primer envite de escritura. Quizá me esté quedando un poco marcial, con tanta rima consonante en “ar”. Llegaremos pronto a Madrid. Acabó la película y hay música ambiente en el vagón, unas “Memorias de África” o algo similar.

Chez C. no he dormido bien. El calor. El loro, que tampoco encontraba acomodo en su jaula, nervioso –pensando quizá que esta vez también vendría de viaje con nosotros– removía los papeles del suelo y batía sus alas. A las tres de la madrugada me levanté y tomé un Lorazepam; cambié la almohada por un cojín, apoyé mi cabeza en el pico sureste del mismo y conseguí dormir. También me ayudó una lectura miorrelajante, las frases de Ch. Bobin: “J’ai toujours habité deux villes: Le Creusot et la ville qui est au-dessus dans les nuages”.

 

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  3. José Luis Avello Álvarez

    Has ido bien acompañado a París. Pero en este primer capítulo, me ha gustado mi Avelino preferido: el que fotocopia a todos esos habitantes que viven en el tren. Son los mismos que encontramos todos, con móviles de cola de pavo real que les permiten desplegar lo más bello de sus plumajes. Pero que, en realidad, sus plumazones pasan más tiempo arrastradas por el suelo que enhiestas. Nuevas clases sociales acordes con el Ave, no de lino, que con el ya desfasado Alvia. ¿Quiénes habrán aparecido antes, ellas o este maravilloso tren? No hay que olvidar que tren es sinónimo de ostentación o boato.

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