Querido diario (110)

© Ilustración: Avelino Fierro.

DÍAS EN PARÍS / 2

Segunda entrega del viaje que realiza el autor a París, tras leer el diario de Ramón Gaya… Nada más llegar al aeropuerto de la capital francesa, a una de sus acompañantes le roban la maleta. Las cámaras de seguridad no funcionan desde hace días. Sin embargo, no dejarán que el hurto les amargue el viaje…

Por AVELINO FIERRO

El avión sobrevuela ya los barrios del norte de la ciudad. Estoy tratando de ver la casa de Berger en las afueras, donde quizá esté apoyada en el muro del jardín la viejísima bicicleta de su amigo Luca, que trabajó tanto tiempo revisando los controles de la cabina de los aviones de Air France. No consigo distinguir ese trozo de planeta, y busco ahora la torre, el piso veintiocho, en el que viven Carmen y Goss. Fracaso de nuevo y no insisto en esas miradas de francotirador; pero aquellos edificios del fondo parecen las “Nuage” de Émile Aillaud. Miro ahora las nubes. Repaso los efectos personales, no quiero olvidar nada, el lápiz, el libro, unas hojas sueltas con notas al azar.

Viaja con nosotros Lolette, tía de C. Tiene ochenta y siete años y no sé quién se le podría comparar de los más grandes viajeros de la antigüedad: Herodoto, Marco Polo, Juan Sebastián Elcano, Paul Morand. Me dice que únicamente no ha estado en un par de países de África Central y en Madagascar. C. va leyendo un libro de Bove, pero me ha mostrado –muy orgullosa– otro que se acaba de publicar en el que aparece su tía, joven, sonriente, amical, al lado de expresidentes de la República.

Ayer, durante la cena en Madrid, L. disertó y luego se encorajinó contra la lepra del nacionalismo. A una mujer como ella, inteligente, diplomática y ecuménica, eso le parece un trastorno del espíritu, una lacra moral. Luego cambió de asuntos y nos diseccionó lo que para ella había sido una película fallida, la de Berlanga, con Michel Piccoli, Tamaño natural. Y todos reímos cuando no fue capaz de recordar el nombre de uno de sus ex maridos, del que contó una anécdota conyugal. Los temas de conversación los había ido sirviendo a la mesa igual que los platos; a los postres fue cuando relató con graciosa elegancia las anécdotas de la “lingerie”.

Estoy mirando a una rubia que dormita al otro lado del pasillo. A veces boquea; por las noches, sin duda, roncará. Joven, cazadora de cuero, minifalda y medias negras con algún dibujo. Zapatillas deportivas virando a zapatos, con manchas del mismo color de su pelo. Le digo a C. que el conjunto me gusta mucho. “Es que es francesa –responde–, te tienes que acostumbrar”. Viajamos con Transavia. No sé nada más, siempre es C. quien se encarga de todo a través de su oficina.

En Orly, L. desaparece en un taxi. Seguramente lo hace –eso cree ella– para no molestar, pero la echaremos de menos; se aloja en casa de una amiga, ya que ha vendido su casa en París. Quizá no la veamos más.

En el avión una flaca uruguaya o paraguaya se nos “lapa” y nos pregunta cómo llegar al centro, al oírnos hablar español. Se llama Elizabeth y hace veinte años que no viene a París; va a visitar a una amiga. C., especialista en urgencias domiciliarias, confidencias, apuros y ApoyoSinFronteras, le brinda ayuda. Desde el autobús llegamos al intercambiador de metro.

Un lugar medianamente luminoso, no muy espacioso, aunque tampoco angosto. Rodeado de cristales y níquel. Los reflejos de afuera y el sol de la mañana se amortiguan en este interior. Pimentel tiene un poema sobre un mendigo en el quirófano y también escribe “níquel y cristal”. Luz tamizada, filtrada desde el exterior a través de una gran carpa de hilo. Tampoco los sonidos te inquieren, puede que porque todos los viajeros seamos en ese momento personajes soñolientos. Con ojos abiertos hacia los carteles, cabinas, letreros y mapas, pero con los párpados a medias, abatidos por el cansancio del viaje. El ambiente no te punza. Se parece a una sala de espera de la consulta de un médico de familia. Quienes por allí deambulan son pacientes tranquilos, sin grandes dolores ni males. Es un espacio de tránsito, donde podían haber instalado mesas camillas y una pequeña cafetería atendida por jubilados de guerra marcando un ritmo amortiguado, y poseedores de idiomas europeos casi olvidados. En esas formas se mostraría que queremos ser parte de un proyecto común.

El suelo es de loseta gris, con estrías antideslizantes. La pintura de la pared es amarillo cadmio en grumos. El aire interior es soportablemente tibio y enrarecido: hay indecisiones, asombros, angustias en el aire. Pero una invisible maquinaria de extracción parece ir filtrando y expulsando al exterior, a la plaza donde han parado los autobuses del aeropuerto o a la zona interior de las vías del metro, todas las preguntas, precipitaciones, errores y pasos en falso de todos los viajeros que llegan, entran, pasan unos minutos y salen vomitados hacia destinos acordados. Sí, no hay excesiva confusión, perplejidad e indeterminaciones. Se pasea bien hasta las cristaleras para ver el otro lado, la luz de grisalla de la estación.

Ya he anotado que los humores de los vacilantes e irresolutos han sido absorbidos o se han ido hacia la techumbre, formando un smog grisáceo con puntitos brillantes, como un estropajo metálico pero sin peso, airoso, como esas pelotas de polvo que se crían detrás de los muebles pesados. También hay motas de dubitación pegadas y ensombreciendo el amarillo de las paredes. Diríase que andamos en un fanal vacío, sin labores, arrastrando pies y maletas como zánganos de distintas camadas de varias abejas madre.

Nada resalta, nada molesta, casi es como tener los pies en sombra y los pómulos untados de silencio. Vemos las taquillas, los hombres y mujeres que atienden a los viajeros. Horarios y precios no demasiado explícitos. Hay un panel con varios mapas montados sobre una guía metálica, que se abre y puedes pasar como las hojas de un gran libro. Llegan palabras repetidas por el aire, los bolígrafos de los funcionarios van y vienen marcando horarios o destinos en los billetes; aletean las imprecisiones y sonidos de las dificultades idiomáticas, los aciertos e inoperancias de cada cual; son los frutos de los dones sembrados a voleo en tierra fértil o árida.

C. se acerca a los paneles con Elizabeth, a mostrarle su línea de metro y luego de autobús o ruta a pie hasta el domicilio de su amiga en la maraña de líneas y colores. Al otro lado de la estancia, durante esos breves minutos, ha debido de dejar su maleta. Una maleta gris, nueva, comprada para este viaje. Dentro lleva regalos para la familia parisina. Lencería para estrenar y una línea de cremas corporales bastante cara. Algunas bolsas con jamón de Jabugo envasado al vacío, un capricho de siempre de una de sus primas. Dos camisetas nuevas, dos usadas y un pullover a lo garçon. Un pantalón también nuevo que le sienta divinamente. Dos libros de los que ya hemos hablado. Un pendrive con el documental para entregar a uno de los gerifaltes de Gallimard y del que ha dejado copia en Madrid. Unas bailarinas de repuesto. Una prenda de entretiempo de Uniqlo. Un pequeño botiquín y un neceser. Un paraguas barato.

Cuando vuelve hacia el extremo donde nosotros, M. y yo, esperamos distraídos viendo el ir y venir, gesticula, se azora, vuelve sobre sus pasos y exhala un grueso taco en el idioma vernáculo. Su maleta ha desaparecido. Hay entonces algo de carmín en nuestros rostros y los pulsos se aceleran. Las miradas escrutan la superficie gris, y se enredan entre las piernas de los pasajeros, examinan las esquinas, se posan en algunos rostros, rebobinan las grabaciones, vuelven a pasar lenta o rápidamente las imágenes, en algunas se detienen, se amplían rostros y zonas, se pixelan hasta la exageración para interrogar hasta el absurdo lo que a veces ya no son sino manchas abstractas. Algunos personajes se parecen a ese desconocido paseante solitario que aparece en la esquina del boulevard du Temple, en la foto de Daguerre: se detiene unos minutos para que le limpien los zapatos y así queda impresionado en la placa: es la primera imagen del ser humano en una fotografía.

Miro, escudriño sin pestañear hasta que me lloran los ojos; quiero ver algo que me aleje de este desasosiego. En esa mirada estoy recreando uno de los problemas de la epistemología del siglo XX, “la relación de incertidumbre”, la presencia del observador de un fenómeno que impide el conocimiento exacto del mismo. Reparo en el calzado de los viajeros, busco pasos indecisos o apresurados. Subo por las pantorrillas de las mujeres y las perneras de los hombres, manoseo en sus bolsillos, inquiero en las posibles respiraciones inquietas o el vidrio sucio de las miradas. Reparo unos instantes en dos mujeres, madre e hija posiblemente. La madre, de pelo corto, negro, teñida, pechos de bretona y falda oscura tableada hasta el suelo, camisa blanca y dibujos negros; la hija, pantalón oscuro, melena larga y nada que destaque. Han estado cerca de nosotros, hablaban francés y se han parado excesivamente para lo que a ellas no les requiere demasiado esfuerzo. Ya no están en el lugar.

Todos los tonos y colores han virado al blanco y negro. Todos los movimientos han empezado a oscurecerse. El cerebro reacciona aislando y concentrando la atención y la mirada: fuera olores, colores, sonidos y escenografías superfluas: vamos a reconstruir los últimos cinco minutos: yo estaba en esta misma esquina; en la cola de los billetes la madre y la hija sin ningún equipaje. C. se había alejado a ver los mapas y veo que vuelve ya hacia nosotros. Tengo tiempo –con el cerebro a pleno pulmón, exacerbado por el esfuerzo– para recordar las escenas de los carteristas trabajando en otra especie de intercambiador como este nuestro, en una estación de trenes, en Pickpocket (1959), de Robert Bresson. Y siempre aparece Blow Up, de Antonioni. Esa reflexión sobre la mirada y la narración fotográfica en la que David Hemmings, al revelar las fotos que ha tomado por la mañana en el parque y ampliarlas, descubre un crimen. Él, y también su amigo el pintor Bill, buscan en la ampliación desmesurada del cliché fotográfico o en las manchas de pintura algo a lo que aferrarse. “Es como encontrar la clave de una novela policíaca”, dice Bill.

Yo reconstruyo fotograma a fotograma, grumo a grumo, grano a grano, imagen estática o en movimiento, la escena, y no he hallado nada. He querido ser metódico y aséptico en las descripciones, en las revisiones y repeticiones. Como lo era el estilo literario del nouveau roman, llegar al grado cero de la objetividad, quedarme en la superficie de los objetos y personas y recorrerlos por igual sin conceder privilegios a tal o cual de sus cualidades, exactamente lo contrario de un estilo poético. Esa es la descripción de la literatura de Robbe-Grillet que hace Roland Barthes. Escribir con la precisión del topógrafo. Pero nada he conseguido. Quizá el método no ha sido el adecuado. Si hubiéramos interrogado, torturado a los objetos en un ambiente opresivo de lámparas de luz baja, ocultando al sospechoso los rostros de los inquisidores, puede que ellos –Barthes de nuevo, en “Literatura literal”, 1955, Critique– hubieran segregado fatalmente su adjetivo (el brillo holandés, el desierto raciniano, la materia superlativa de Baudelaire).

Tanta precisión y fragmentación nos ha llevado a la desorientación. Y quedamos en la piel de la historia, en la superficie de las cosas. No hemos conseguido plasmar las vísceras de los hechos, las entretelas del abordaje, el pálpito sin duda distinto en los ventrículos del ladrón. Quizá el pasado por muy inmediato que sea no pueda ya reconstruirse.

Las cámaras de seguridad que hay en el lugar –nos dice un empleado– hace unos días que no funcionan. Le propongo a C. acudir a la comisaría más cercana por si aparecieran restos llamativos en algún momento, como el pendrive o las bragas. Me dice que no es necesario, que borre todas las imágenes y sinsabores del incidente, no vaya a amargarnos el viaje.

Estamos ya arrastrando la maleta por la amplia acera en sombra de la Rue du Faubourg Saint Antoine en dirección a casa. Al parecer no nos vamos a alojar en la plaza de los Vosgos. “Y Gertrude Stein nunca vivió allí”, dice C. Sí, puede que esté equivocado, pero esa información me la había proporcionado ella. No pienso decirle nada. Va la primera –claro, más ligera de equipaje–, levantando la cabeza, dirigiendo la comitiva, contenta de que una débil brisa le haga fiestas en el pelo y de sentir el murmullo, que siempre llevará consigo, de la ciudad de su infancia.

 

  1. José Luna Borge

    Precisión, cuidado, mimo en la descripción de la llegada y del mundo cambiante y fabuloso que puebla un gran aeropuerto como Orly. Muy birn traida la divagación sobre el nouveau roman y el cine de Besson y Antonioni, el texto se enriquece y busca otros horizontes…
    Magnífica segunda entrega Avelino!

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