Querido diario (111)

© Ilustración: Avelino Fierro.

DÍAS EN PARÍS / 3

Tercera entrega del viaje que realiza el autor a París, tras leer el diario de Ramón Gaya… Después de visitar la exposición “Kupka. Pionnier de l’abstraction” en el Grand Palais, el autor ejerce de turista, arruina la planeada visita a los lugares de las novelas de Modiano y hasta pide que le fotografíen sobre el Pont des Arts con una lejana torre Eiffel al fondo.

Por AVELINO FIERRO

El apartamento es amplio, luminoso. Da a un patio que deja pasar la luz y la pone en nuestro salón con un tamiz formado por los reflejos y ecos de las casas vecinas. Se llega a él desde la avenida, a través de un amplio callejón que finaliza en otro patio donde crecen algunas flores. Hay un par de bicicletas apoyadas en la pared blancoazulada; una pared con la vejez y la costra necesarias del paso del tiempo. Una de las puertas de la planta baja tiene un llamador del pleistoceno. Hay también una pequeña regadera de latón. Nosotros tenemos que subir a pie hasta el tercer piso por una escalera de madera; uno de los escalones nos ha recibido interpretando un gemido profundo, distinto y doliente para cada uno.

Hemos recogido las llaves en el bar griego. Almorzamos en él; estiramos las piernas y frotamos los ojos bajo la sombra ensortijada del toldo. Me he quedado un instante solo, adormecido. Llega una mujer ciertamente sofisticada; ojos claros y rasgados, un traje en tonos verde sinople, zapatos de charol color Burdeos. Es Martine Redon, la prima de C. Me dice que se ha enterado por Lolette del robo del equipaje y trae ropa para ella. Luego sabré que fue actriz, amiga y musa de René Char. Está preparando un libro sobre un ilustre antepasado, Jules C., ingeniero contemporáneo de Eiffel, que trazó varias líneas para los ferrocarriles franceses del sur, y diseñó amplias zonas del Delta cuando trabajó en la Real Compañía de Canalizaciones y Riegos del Ebro. Es judía.

Por la tarde hacemos gestiones en una comisaría. Nos aconsejan tramitar la denuncia por Internet. Nos ayuda Arnaud, yerno de Martine, que ha vuelto del trabajo y nos acompañará esta tarde y noche antes de salir de viaje unos días hacia la costa donde le esperan su mujer y sus hijas.

Tras una consulta telefónica venimos a saber que la aseguradora de la tarjeta de crédito habría cubierto el siniestro –el hurto del equipaje– en el caso de que este hubiera sido un robo violento. C. dice que no va a mentir en ningún caso. Le advierto que no sería difícil urdir un engaño y le propongo dramatizar la situación. Todos colaboran. Hago de ladrón y le arrebato a C. la bolsa con las ropas que le ha traído Martine después de darle un empellón. Echo a correr y ella grita ¡Au secours, au secours, le voleur! Dejamos de interpretar cuando vemos que cruzan la calle apresuradamente un par de viandantes y el charcutero con cara de pocos amigos, hachuela de cocina en mano y mandil ensangrentado.

Cenamos en el barrio, en un restaurante italiano, en la terraza; hace calor. Bebemos demasiado, cervezas y vino. Martine cuenta que Char tenía que haber ido en el mismo coche que Albert Camus el día en que este tuvo el accidente mortal. Pero Char era un hombretón y no cabía en aquel deportivo. Dice que escribió un poema tras la muerte de su amigo, “L’Éternité à Lourmarin”, y recita algunos versos. Una voz grave, ahondando en lo nasal, como una nota sostenida de violonchelo. La acompañamos un tramo hasta que toma un taxi en dirección a su casa, en l’Île de France. Cuenta C. que alguna vez le ha oído narrar historias en las que aparecen personajes de familia emparentados con Marcel Proust. “No sé si esto es cierto –dice C.–, y no me he parado nunca a tratar de comprobarlo”.

Paseamos luego por la Plaza de la Bastilla y por la Rue de Lappe, que parece la calle más animada de la ciudad. Dormimos con drogas; hace calor, veintiocho grados. Mañana tenemos entradas reservadas para ver a F. Kupka y pensamos visitar los lugares de las novelas de Modiano.

Las grandes exposiciones convierten a veces al homenajeado en un extraño. Uno tiene situado a un pintor en su casilla, dentro de los manuales, y de repente tienes ante ti a un hombre que ha hecho muchas más cosas que pintar cuadros de masas circulares de color “a lo Delaunay”. Así que echamos un buen rato en ver “Kupka. Pionnier de l’abstraction”, en el Grand Palais. Era un buen dibujante e ilustrador; son hermosos sus desnudos masculinos e ilustraciones para la Enciclopedia El Hombre y la Tierra de Elisée Reclus, el geógrafo anarquista, o sus dibujos satíricos en L’Assiette au Beurre, allá por 1902. Y su autorretrato de 1905.

El resto de la mañana ejerzo de turista y arruino a la comitiva el plan previsto. En vez de recorrer la rue César-Franck, la rue Valentin-Haüy, l’avenue de Saxe, le pont Bir-Hakeim, la Pagode, le Casanova, le 15 quai de Conti, le boulevard Inkermann, llegar al 123 de l’avenue Malakoff…, todos lugares de vida y obra de Patrick Modiano, guío a M. y C., buscando las sombras, por caminos trillados: Louvre, La Concorde, la Madeleine, Tullerías, Plaza Vendôme… y hasta pido que me fotografíen sobre el Pont des Arts con una lejana torre Eiffel al fondo.

La Torre se inaugura en 1889 y sirve de pórtico a la Exposición Universal. Recientemente se han publicado unos diarios inéditos de Unamuno, un viaje por Francia, Italia y Suiza, cuando tenía 25 años. Escribe: “Esto es para cansar a cualquiera: todos los días a la feria. Yo quisiera errar solo por las calles más apartadas y más sucias, pasear por los mercados, no hacer nada, y escapar de esa maldita Exposición. Lo que más me ha gustado es ver París desde los puentes, rodeando a la frescura del río”.

También nosotros nos sentimos agotados y nos acercamos a casa para comer y descansar. Nos entrevelamos oyendo a Ravel y Moustaki. Vamos luego a Montmartre. Mar ve y anota en su libreta una pintada: “La vie, cette morte de chaque instant”. El cementerio está cerrado. Lo vemos desde el puente. Vamos en busca del lugar donde Miguel Galano se detuvo para pintar su cuadro sobre la rue Ravignan, el cuadro que hemos visto expuesto en Lisboa y Madrid.

De ese lugar no queda nada; un gouache y un poema en prosa de Max Jacob. Allí estamos un buen rato viendo caer la tarde, observando las evoluciones de un funambulista adolescente en aquella placita en cuesta, sentados en un banco. Queda una pared, una farola, dos árboles y una pequeña fachada de lo que fue el Bateau-Lavoir. En 1969 André Malraux lo declara monumento histórico, pero cinco meses después un incendio lo reduce a nada. Allí estuvieron Van Dongen, Picasso y Fernande Olivier, Pierre Mac Orlan, el poeta Pierre Reverdy, Pablo Gargallo, Herbin, Max Jacob, André Salmon, Juan Gris

Sin gas ni electricidad –solo con una lámpara de petróleo– los inviernos eran particularmente difíciles en aquel viejo paquebot que no tenía ningún obstáculo contra el agua de lluvia. En el inmueble vecino vivía Mme. Coudray, ángel de la guarda que cuidaba de aquellos artistas, corría a avisarlos si veía venir a los marchantes o a visitas de interés, y dejaba pan o un plato caliente de verduras a la puerta de los ateliers.

Nosotros estamos cenando ahora en el restaurante de un hotel. Hay un portero negro impecable dentro de su traje, tremendamente viril. Las ventanas están abiertas dando a la calle, hace calor. Poca luz y música adecuada. Camarera de ascendencia vasca, alcachofas en salsa, buena cerveza, foie… Un grupo de bluegrass pasa por la calle. Las estrellas van naciendo como flores en las praderas negras de la noche cuando salgo a fumar.

  1. José Luna Borge

    Un paseo impresionista por París, con el encanto del conocedor de sus secretos lugares literarios, revisitados que de nuevo cobran vida bajo una nueva mirada.

  2. Pingback: Querido diario (112) | Tam-Tam Press

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