Querido diario (112)

© Ilustración de Avelino Fierro.

DÍAS EN PARÍS / 4

Esta cuarta entrega del viaje que realiza el autor a París, tras leer el diario de Ramón Gaya, de alguna manera está dedicada enteramente a Pablo Picasso

Por AVELINO FIERRO

Durante mucho tiempo estuve pensando en conocer a Pablo Picasso. A veces parecía morir ese deseo; pero él, por su cuenta, siempre reaparecía, con cualquier motivo o pretexto, sin ni siquiera yo quererlo. Eso sucedía a menudo en aquel verano, en la casa de los abuelos, cuando uno tenía tiempo para las ensoñaciones y hacía planes de futuro. Te acariciaban entonces esas ideas, se posaban en tus mejillas al anochecer, ya en la cama, mientras el sueño todavía no estaba en la parte alta de la casa, no había entrado en aquella habitación con piso de listones de madera que crujían bajo los pasos y andaba por la plaza o en otras casas cercanas cerrando otros ojos.

Eso venía a suceder. En aquel secarral de páramo prerromano –las cosas no habían cambiado mucho desde entonces– un muchacho de dieciséis años estaba obsesionado con esa idea. Aquel verano era igual a los otros veranos: paseos en bici, el vislumbre de los colores de una abubilla, días enteros en las ramas, los cigarros a escondidas, el partido de fútbol en la era –López, unos años después, jugaría en la Cultural– el cri cri de los grillos, la noche en la calleja hablando de las chicas y mirando las estrellas mientras desde las luces tristes del bar llegaban las voces gruesas de los mayores.

Yo había visto fotos en alguna revista ilustrada. Y leído nombres franceses que tenían una sonoridad tan especial: Mougins, Vallauris, Vauvenargues, La Californie… Y había comprado al inicio de ese mismo año, 1972, un libro de la editorial Labor titulado Picasso 85; y llenaba cuadernos con dibujos de rostros y bodegones de mi periodo azul. A veces, cuando ya me vencía el sueño, me imaginaba en esa zona de la costa, apostado a la entrada de la finca del pintor, sin molestar, sin decir ni hacer nada, viendo venir a las visitas de vez en cuando, un impresor, alguien del restaurante del pueblo que llevaba una bolsa de erizos de mar y otros platos de comida por encargo, un fotógrafo, el chófer Marcel Boudin… Y miraba de vez en cuando hacia la casa, esperando verlo en el primer piso, en aquel balcón amplio y blanco, con arcadas en sombra, estirando los brazos y frotándose los ojos después de varias horas pintando y corrigiendo su Paisaje, un óleo de 130×162 cm, o su Femme nue couchée et tête. O cualquiera de esos otros hombres sentados o cabezas que irían a la exposición del Palacio de los Papas de Avignon. Esa exposición de sus últimas obras que visita en 1973 David Hockney, y en la que despide a Douglas Cooper, le pide que le espere fuera, que le deje ver, que le deje a solas con Picasso. Y escribe: “Y por fin pude mirar, y era una exposición extraordinaria: un anciano nos hablaba de la vejez y de la muerte. Ese era el tema, aquel anciano, con los cojones colgantes, aún tenía cosas que decirnos. Y aquel último retrato, pocos días antes de morir…”.

Yo no tenía muchas esperanzas de poder hablar con él. Aunque a veces pensaba que alguien le diría algo, le avisaría. “Hay ahí afuera un muchacho, lleva varios días sentado a la entrada, no molesta, no dice nada, no sabemos qué hace, ni qué quiere”. Y a veces, mirando en las sombras de la alcoba, semidormido, venían a aclararse unas imágenes y allí estaba yo, explicándole que había hecho ese viaje, escapando de casa y con unos pocos ahorros, para conocerle.

Hace poco he leído que, en 1913, Vladímir Tatlin llegó a París con un grupo de músicos; él tocaba la bandura, un instrumento de cuerda. Otros artistas rusos que habían viajado a Francia conocían la obra de Picasso por las exposiciones que el coleccionista Shchukin hacía los domingos por la mañana en su apartamento. Tatlin quería conocer al pintor y convertirse en su ayudante. Lo visitó varias veces. A la vuelta, en Rusia, compuso obras inspiradas en las que había visto en el estudio del 212 del Boulevard Raspail. Yo seguí dibujando desnudos, mujeres jóvenes miradas por hombres y viejos, bodegones, compañeros de clase, rostros deformes, autorretratos, formas destrozadas… en aquel otoño del setenta y dos.

Ahora estoy sentado en el murete que rodea un jardín, uno de tantos como los que hay en esta zona, agradables, modestos, sorpresivos, un como sin venir a cuento, en el Marais. Dentro están viendo las plantas C. y M. Yo hago un dibujo a lápiz en el cuaderno de viaje, la casa de enfrente, con una enredadera comiendo a besos las maderas de las ventanas del primer piso, llenas también de visillos celosos de aquel abrazo de las hojas. He anotado el nombre de algunas calles antes de llegar al museo: Payenne, Racine. Los fondos provienen en su mayoría del pago del impuesto al Estado sobre la herencia del pintor; hay obras de su colección privada: Degas, Van Gogh y otros (había comprado seis o siete Corot a Paul Rosenberg).

Estoy un buen rato viendo Baigneuse ouvrant une cabine, de 1928. Y los cuadros del periodo clásico. Me gustan las dos mujeres corriendo por la playa, la flauta de Pan. La lecture de la lettre, 1921, me parece un cuadro italiano, como el de aquellos pintores metafísicos y novecentistas. De ese trozo de papel que leen los amigos fluyen los versos como el vaho que se eleva desde el asfalto caliente tras un chaparrón de verano: “Questo silenzio fermo nelle strade, / questo vento indolente, che ora scivola / basso tra le foglie morte o risale / ai colori delle insegne straniere…”.

Picasso ama a los poetas. Ilustra sus libros o les regala dibujos para que no pasen apuros económicos. Picasso pinta búhos y erizos de mar; esto lo hace en el verano de 1946, en Golfe-Juan, donde le acompaña Françoise Gilot, que ya está entonces embarazada. Toca una vieja corneta del ejército francés, que lleva un cordón rojo, blanco y azul. Pinta La alegría de vivir, en el Palacio Grimaldi, en Antibes. “Yo pinto exactamente igual, como otras personas escriben su autobiografía. Mis telas, acabadas o no, son páginas de mi diario…”, le dice a Françoise. Pinta palomas, la masacre de Corea, los rostros de sus mujeres. Sus pinceles se mueven sabiendo que van guiados por manos que beben en las formas clásicas, que vienen desde aquellos dibujos al natural en las primeras clases con su padre. Que hay detrás de esos trazos algo de Grecia y Roma, de Velázquez y el Mediterráneo. Dice Gaya de una exposición de Picasso en París, en verano del 52: “Unas cuantas cosas magníficas, que no son, quizá, propiamente pintura, pero que desde luego la han sufrido, no evitado, traicionado, como sucede con esos pobres artefactos de los demás”.

En una de las salas del museo está la actriz Natalie Portman con su pareja y dos niños; pienso que Picasso la habría retratado hoy repetidas veces a la manera de Sylvette David. Yo me siento para dibujar en el cuaderno uno de sus “objetos encontrados”, una regadera oxidada de la que emerge una indescifrable cabellera. En las salas del primer piso se puede ver una exposición temporal sobre el Guernica. Nos detenemos ante algunas imágenes de Tierra sin pan, de Buñuel.

Vamos hacia la plaza de los Vosgos. En uno de sus accesos está cantando Dessy Stefano arias de ópera. Un poco más allá compramos unos cuencos japoneses para Fío, en el atelier ambulante “Murmur”, y en la rue des Rossiers, conseguimos mesa en Chez Hanna; no hemos encontrado el viejo restaurante israelí que yo recordaba. M. fija y dispara decenas de veces su cámara contra la pared de enfrente para que queden enmarcados los paseantes en ese trozo de ciudad. Volvemos a casa en el autobús 76, que llega hasta la Plaza de la Bastilla.

Por la tarde, quizá podría decirse que tenemos unas horas absolutamente francesas: vamos al Sena, descansamos en los parques que rodean Notre Dame; el sol pinta en los árboles ya florecidos. Hay eléboros y alcachofas. En un arenero los niños hunden los pies. M. nos señala un mito y los zorzales. En la catedral hay un concierto de órgano; toca Hervé Désarbre. El azul del cielo es menos luminoso al salir y hace que se marquen nítidamente las estelas de los aviones. Vamos al río. Con este calor de la tarde acude allí un enorme gentío, pero las márgenes del Sena nos acogen ordenadamente a todos. Justo detrás de nosotros cantan tres jóvenes argelinos. Se hace de noche. Vemos pasar, cansados y embobados, los barcos de luces repletos de turistas, bodas, recepciones o navegantes tranquilos. Hay una escena de aquel barco iluminado que aparece a cámara lenta bajo el puente en la película de Bresson, cuyo título no consigo recordar…

Ahora pienso que Picasso pintó pocas marinas. Tiene a sus familias y bañistas de los años 30 y ese dibujo mínimo de barcos de vela, de 1896, cuando tenía catorce o quince años. Quizá siempre estuvo amarrado mentalmente al clasicismo, a las formas antiguas, a las que retorcía sin cesar. Escribió Eugenio d’Ors: “Y hará lo que siempre hubiera podido hacer, aquello a lo que se acercó más que nadie: obras maestras-apaciguadas-tranquilas”.

Puede que en el cuarto oscuro de su cerebro, donde duermen las ideas y donde uno siempre acude para nutrirse, no estuvieran los colores sin motivo de la abstracción ni las estampas de los barcos de Argenteuil, la luz de los impresionistas, su nerviosa fugacidad.

 

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