“Un dios ciego”. Javier Sagastiberri

Un dios ciego
JAVIER SAGASTIBERRI
Ed. Erein, 2018

El escritor leonés Luis Artigue continúa reseñando algunas de las novedades más interesantes del género negro y del género fantástico que desfilarán este verano por la Semana Negra de Gijón (7 al 16 de julio de 2018). En su octava entrega aborda “Un dios ciego”, del autor donostiarra Javier Sagastiberri.

Por LUIS ARTIGUE

¿Se puede en una novela negra coger una idea teológica de Santo Tomás de Aquino y combinarla con el gusto por la inventiva, los pasotes sarcásticos y los finales salvajes del cine de Alex de la Iglesia, y con el pijoterismo en apariencia pulcro de un barrio selecto, y con ese cruento y naturalistamente descarnado hard-boiled que describe la vida como es (frente a la novela-enigma que describe la vida como debiera ser, como querríamos que fuera), y, además, con el milenarismo orientaloide de las sectas hindú-vascas, y que todo eso funcione?

Si creen que es imposible, pasen y lean.

Y es que en su novela negra de tono irónico, dramático y frenético Un dios ciego (Ed. Erein) –tercera entrega de las historias policiales de la pareja de ertzainas Itziar Elcoro y Arantza Renteria–, Javier Sagastiberri (Donosti, 1959) se muestra, en cuanto que novelista noir, como un experimentador simbólico:

esto queda patente en primer lugar en la dualidad teológica oriental –el yin y el yan, que representan en estas páginas el duro Bilbao en su conjunto frente al pijo barrio de Neguri–, y en segundo lugar esa misma dualidad teológica oriental de yin y el yan que a su vez suponen las dos ertzainas protagonistas, la visceral Itziar Elcoro y la protocolaria y reflexiva Arantza Renteria, y ese orientalismo de la secta de religión hindú que aparece en la segunda parte de la trama, y sobre todo la carga teológica que rebosa por un lado el título Un dios ciego (en su célebre libro de Tomás de Aquino Cuestiones Disputadas sobre el Mal ya hablaba el teólogo que el problema del mal radica en que en este mundo a veces alcanza tal grado de insoportable crueldad, que, en apariencia, la única forma de que fuera compatible con la existencia de un Dios de amor, sería que ese Dios fuera un Dios ciego), y por otro el personaje del narcotraficante ciego que dirige el mal, la criminalidad, en esta novela realista con trazas de frenético delirio.

Argumentalmente todo sucede en un Bilbao actual pero descrito con texturas de los años 80, y se nos cuenta la historia (en veinte intensos capítulos o días) por medio de dos historias paralelas que de pronto convergen de manera inopinada pero necesaria: un peligroso recluso que Elcoro y Renteria encarcelaron en su día se acaba de fugar de la prisión de Basauri jurando venganza, y, mientras tanto, las dos ertzainas investigando la muerte a manos de un asesino a sueldo de un conocido abogado de Neguri (son dos tramas paralelas contadas de manera acelerada y rompedora pero, en un abrir y cerrar de ojos, el círculo se cierra, y las dos tramas se hacen una sorprendentemente para desconcertarnos primero, luego dejarnos pasmaos y, al poco, iluminarnos con su mensaje: todo en Bilbao, una ciudad donde se nos hace ver que cada vez tienen más peso las violentísimas bandas de narcotraficantes).

Narrada en presente y alternando la primera y la tercera persona, se trata de una novela politonal formalmente exuberante y sin esquema narrativo predecible ni guiño explícito a los clásicos del género (salvo a los clásicos contemporáneos del noir vasco, a los cuales este cachondo autor saca en varios cameos), y metafísicamente descreída de los valores burgueses al retratarnos un Neguri sofisticado y corrupto como trasunto de una idea melancólica y existencial de la opulencia por la opulencia… Además, a nivel simbólico Un dios ciego es una crítica casi teológica y desde luego estremecedora a la parte más maligna o más negra de la realidad y, por extensión, una crítica al profundo sinsentido de la existencia, del cual apenas nos salva el humor.

Pero por encima de la profundidad metafísica y de la crítica social y de valores sobre todo brilla la inventiva pura de oliva (salpicada de un humor emparentado a ratos con David Foster Wallace y sus discípulos más nuestros Quim Monzó y Eduardo Mendoza) a través de la mirada narrativa fresca, lúcida y por momentos cachondísima de un escritor que, al novelar, se divierte de modo evidente con el material que está manejando… Como lector, gracias.

— — —

El escritor vasco Javier Sagastiberri.

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