El privilegio de los párpados

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Por LUIS GRAU LOBO

Los peces no tienen párpados. Viven, sueñan y mueren con los ojos abiertos. O, mejor dicho, con los ojos desnudos. Están confinados a una existencia atónita, a una mirada, de tan alerta, eternamente enajenada. Nos observan inocentes y herméticos, como si estuvieran condenados de antemano al solipsismo o al escueto desamparo del mostrador de una lonja, el expositor de una pescadería o la estupefacción sobresaliendo de un capirote de papel de estraza. Duermen mirándolo todo sin mirar nada en concreto. Observan, tal vez, el interior que alojan sus escamas metálicas, su extraño cuerpo de habitantes de otro mundo. Los peces no tienen párpados y eso nos asombra. Sin embargo, de nuevo juzgamos lo que nos rodea con el punto de vista de siempre, con nuestros ojos, que parpadean constantemente, tal vez porque no son capaces de tolerar la realidad en toda su incesante prolongación.

Pero la pregunta es ¿por qué tenemos nosotros? En un principio no se necesitaba contar con párpados, ningún ser vivo había requerido su existencia, y la naturaleza no se había planteado buscarlos durante miles de generaciones. Porque, como es bien sabido, cuando despertamos los peces estaban ahí, mucho antes que nosotros. Seres que pertenecen a un mundo raro y pavoroso, palpitante de vida bajo las aguas. Dentro, he ahí la diferencia. Sus ojos, esféricos e inmóviles como pequeños astros en un celaje brillante, no se secan jamás. Hasta que salieron del mar, y entonces hubo que mantener húmeda la esfera de un ojo cada vez más otro, más explícito y más nervioso. El precio de poseer ojos inquisitivos y efusivos fueron los párpados. Los ojos hubieron de llevarse un pequeño mar con ellos, un océano metido en una bolsita que los envuelve infinidad de veces cada día, que los restituye al piélago de los sueños por la noche. Quizás por eso se valoran tanto los ojos azules. Quizás por eso todos los ojos son del color del mar: unos verdes, otros negros, otros del tornadizo color del mar. Quizás por eso lloran cuando hay viento y en otras muchas otras ocasiones, añorando.

A poco que uno los mire por dentro –cosa imposible– los párpados se tornan pequeños y recónditos universos gemelos. En ellos encontramos una membrana conjuntiva palpebral (nótese la fastuosa palabra), un músculo orbicular y glándulas con apellidos ilustres sacados de una novela de aventuras submarinas de Julio Verne: glándulas de Meibomio, glándulas de Zeiss, glándulas de Moll… Menos llamativas en lo lingüístico, pestañas o lágrimas contribuyen a confirmarlos como una sofisticada conquista de la última especie en llegar al planeta. Nos definen. Usen sus párpados, ese don tan reciente. Escóndanlos, ciérrenlos, ábranlos de par en par o de soslayo, guiñen uno y luego el otro, achínenlos… Hagan gimnasia de párpados. Renuncien a la realidad durante un instante fugacísimo, un parpadeo, y tal vez pasen una buena navidad.

(Publicado en La Nueva Crónica de León el 25 de diciembre de 2017,
en una serie llamada “Las razones del polizón”)

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