Querido diario (103)

© Ilustración: Avelino Fierro.

Con el pretexto de ver una exposición de Miguel Galano en el Instituto Cervantes, el autor viaja en coche con unos amigos a Lisboa. “La finalidad del arte es elevar”, reza uno de los aforismos de Pessoa que irán leyendo como un rito, cual si fueran oraciones, cada mañana antes de salir de ruta por la ciudad…

Por AVELINO FIERRO

Cuando me dispongo a escribir de viajes en pos de la belleza, me sorprende el nacimiento de la luna, alzándose sobre el conjunto de tejados y lomas del este. A la vez, brillan, con un rabioso anaranjado, los cristales de esos edificios en los que se refleja el sol que se filtra entre dos pabellones del cuartel militar. Destellos de níquel, azul del mar del cielo, naranjas irisados salpicando este gran cuadro vibrante que contemplan mis ojos. Parece que este mundo se haya puesto de cháchara antes de la llegada de las sombras.

Sí, en un rato saldré a pasear; veré cómo se apagan las luces de algunos comercios modestos del barrio y se encenderán las farolas. Esos paseos son una forma de viajar, ¿no?; de salir de uno mismo, oír conversaciones, ruidos de las entrañas de los edificios, un rumor de hojas, ver otros paseantes lentos, el alboroto de unos niños que vuelven con su madre a casa; notar cómo se prenden virutas de sus vidas en nuestra ropa y en nuestro pelo, cómo se va formando esa nube que vibra a nuestro alrededor como un aura. Esa es la realidad, el líquido amniótico en el que braceamos en los días. Y algunas veces queremos andar más rápido sobre esas aguas densas, transformarnos en Ulises modernos.

Recuerdo ahora el arranque del libro de Patrick Leigh Fermor, El tiempo de los regalos; sí, porque allí el joven viajero recorre chapoteando la ciudad y descubriendo las vagas siluetas de los edificios a través de la cortina de lluvia, hasta embarcarse, despedido por cuatro amigos y un coro de gaviotas chillonas, en el Stadthouder Willem, que le llevará a Holanda, desde donde viajará a pie hasta Constantinopla. Es diciembre de 1933; en 1970 tendrá en el mes de agosto, como invitado en su casa de Kardamyli, al otro gran viajero del siglo, Bruce Chatwin.

Ese vibrante comienzo de viaje, en un barco de poco calado que exhala abanicos de humo sobre el río, con la cadena del ancla matraqueando y aullidos de sirena y bancos de nubes carmesí oscuro, no es como nuestra salida, también en un día de diciembre, hacia Lisboa. Ahí el instante era como de enfermiza quietud, puede que por el bálsamo de niebla leve que embadurnaba la ciudad. Pero hacia las afueras, la luz se espesa y emblanquece. Y en medio de los campos la tierra ya está oculta por una gran túnica de pureza, un reino de escarcha. Algunos trozos de hielo se desprenden desde la parte delantera del coche cuando comienza a salir el sol en las dehesas de Salamanca y chocan contra el cristal. Ruge suave el motor de este viejo y enorme BMW; sí, es como un barco que surca el río de mercurio de la autopista, en estos parajes en los que la sombra de las encinas todavía es blanca a esta hora de la mañana. Un mundo sutil suspendido en el aire, prendido con alfileres, como un limbo sin culpa. En la frontera, el paisaje recobra sus tonos habituales, sus medias tintas, su color local.

Ya en el restaurante cercano a Almeida tenemos la sensación de estar en un territorio diferente, en el que no acabamos de posar los pies, como si un grandullón invisible nos ayudara a dar pasos alzándonos por los brazos del suelo con cuidado. La entonación, un brillo apagado…, todo tintinea un poco distinto. Habla el camarero con suavidad y la luz que entra por los ventanales se posa en los objetos de otra manera. Un velo finísimo se interpone para que todo llegue más amortiguado, sin estridencias. Hay algo de delicada alucinación si nos dejamos llevar por esta otra niebla que no vemos y sin embargo borbotea a nuestro alrededor. Leve hechizo, leve sueño, mirar de ojos entornados. Como los personajes de Réquiem, la novela de Antonio Tabucchi.

Todo seguirá así en el hotel de la ciudad –claroscuros leves–, en lo alto del Chiado. Esa noche entramos a beber cerveza en un bar de la Rua do Alecrim, repleto de colecciones de objetos, como un abrigo recosido de bordados inútiles y superpuestos. Al fondo del local, como una bahía y remanso, una sala de jugadores de billar, de lámparas bajas, terciopelos, ceniceros y taburetes. Para jugar una partida como la del libro de A. T., entre el narrador y el Maître de la Casa del Alentejo, mientras beben despacio un oporto del cincuentaidós. Bajamos hasta el mar. Vemos antes, tras los cristales, el escorzo en sombra de la mujer que canta fados en un bar a la luz de las velas.

Frente al hotel, hay una parada de autobús, unos plátanos esbeltos, un vagabundo en el banco y la iglesia de San Mamede. Miramos y hablamos; leo algunos aforismos de un libro de Pessoa; se nos queman las tostadas. Ese será el rito de las mañanas: leeremos, cual oraciones, algunos aforismos, como otros comienzan el día moviéndose como garzas en el taichí o bailan un minué para tratar de evitar el cansancio de vivir.

Vamos paseando hasta la Fundación Gulbenkian. Una mañana luminosa, una noria de feria en un parque, y aviones volando bajo a posarse en el aeropuerto al norte de la ciudad. Hay autores modernos en las primeras salas que visitamos y revistas de la historia literaria portuguesa. Atravesamos los jardines para ver la Colección. Junto a un pequeño lago, una joven yogui de cabellos mojados ofrece su cuerpo al aire y al sol. Manet, Rubens, Carpaccio, y vidrios de Lalique.

Por la tarde seguimos viendo pintura, la exposición de Miguel Galano en el Cervantes. Este era el pretexto del viaje, ver sus cuadros en esfumado, plenos de claroscuros, donde puede oírse el eco de unos pasos y sentir las sombras frías. Me imaginé llevando ya, en aquel momento, bajo el brazo, sin decir nada a nadie, el óleo de la Rue Ravignan, esa calle del Bateau Lavoir. Allí vivió Picasso unos años, y allí tenía su taller. Allí se instala en su cuarta visita a la ciudad, una ciudad de la cual adoraba hasta el polvo, como escribe en su biografía Richardson. Allí está, con su mundo lleno de artistas y amantes, troupes de circo y arlequines.

Caminamos luego hasta Alfama; ya es de noche cuando llegamos a la Catedral. Sabemos que dentro está san Vicente, que sólo ve Lisboa con ojos de muerto, pues entró por el Tajo siendo cadáver navegante, bajo la vigilancia de dos cuervos, como cuenta José Cardoso Pires en su Lisboa. Diario de a bordo. Volviendo a casa, las luces de la margen izquierda de la ciudad, vistas desde el barrio alto, son una lluvia brillante y lejana.

A la mañana siguiente encontramos cerrado el cementerio inglés; lluvia fina; día gris. Y puede que algo de niebla deshecha, como el despertar tras un sueño. Campanas sonando en la iglesia del Sagrado Corazón, una algarabía que hace que se retrase la partida del tranvía rojo cargado de turistas japoneses, y que a M. se le empañen los cristales de sus gafas de hipermétrope. Vamos al Museo Nacional de Arte Antiguo, el Museo das Janelas Verdes. Está el paisaje de Rembrandt, un dibujito con tinta sepia sobre papel. Es una cesión temporal del Rijksmuseum. Hace poco he leído unas palabras de Hockney: “He mirado a Rembrandt, los dibujos de Rembrandt. Ah, los chinos le hubieran llamado ‘maestro’. El pincel cargado de tinta, la mano, la muñeca, el antebrazo, el brazo. ¡Y esa velocidad! Nadie le llega a la suela de los zapatos”.

Esa mañana, bajando desde la parte alta, habíamos visto, cosida a una fachada, la placa que anunciaba que allí vivió Pessoa, en 1905, con su tía Anica, irmã da sua mãe. Y tuvimos que recordar los versos, “Otra vez vuelvo a verte, / ciudad de mi infancia pavorosamente perdida… / ciudad triste y alegre, otra vez sueño aquí…”.

Altos pensamientos nos invadían cuando los cuatro caminábamos ya de noche por el Terreiro do Paço, a la orilla del río. Un estado espiritual elevado y voluptuoso; lo habíamos leído en uno de los aforismos de la mañana, “La finalidad del arte es elevar”.

Buscamos en la zona del castillo A Tasca do Jaime, una taberna familiar en la que los propios dueños –dicen nuestras notas– se animan a veces a cantar. Encontramos un cartel a la entrada, se trasladaban a partir de las ocho a la zona de Alfama. Anotamos la dirección. Ese paseo, bajando, es agradable. Llegamos a un pequeño bar, uno más entre las callejuelas del barrio. Hay dos guitarristas y canta una mujer joven, que al poco se despide. Pedimos algo de cenar. La tabernera insiste en que cada uno pidamos un plato porque “el fado hay que pagarlo”. Estamos expectantes, porque no sabemos si aquello ha acabado ya. Se apagan las luces; parece que sigue, pedimos algo de la carta que no se entiende bien. Canta uno de los guitarristas. Luego se arranca el dueño, voz torrencial. Nos sirven; la luz sigue apagada, sólo unas velas. Mar comienza a hacer aspavientos, pienso que es por la emoción, un momento mágico más, como esos otros del día. Pero comienza a agacharse y a rugir extrañamente, boqueando sonidos en los que percibo vibrar su glotis. Acaba expulsando algo –yo tenía preparado el cuchillo para la incisión en el cuello, como había visto en un programa de televisión– y acerca la vela a su plato. Aquello es un lomo fofo, blanquecino y con partes cartilaginosas, nadando en un puré de grumos. El primer bocado ha podido ser fatal. Yo ilumino mi plato con el mechero y en él veo bucear algo parecido a una empanadilla sobre un arroz, diremos que caldoso. Un parecido siniestro con mi menú observo en el plato de Ó. Y M. dice que su presunto sabe a cerdo sin capar. Tengo hambre. Acabo comiendo lo que siempre se deja, el rebozado; me parece lo menos peligroso.

Entran unos turistas franceses y les decimos que pidan champagne si es necesario, pero que no pidan de comer. Todo aquello, por las trazas, me ha recordado ese plato de sarrabulho, que el narrador de Réquiem toma en la tasca del señor Casimiro, patatas con grasa, trozos de carne y tripas, con una salsa marrón que no sabe si es de vino o sangre cocida. Pero que al final resulta exquisito, y riegan él y su amigo Tadeus con un vino de Reguengos.

Entra una pareja: él, algo desastrado, con gruesas gafas de pasta y chaquetón de piel raída, y ella, gran cardado de pelo teñido muy a lo negro, altiva. Son nuestros próximos fadistas. A él le faltan dientes y por allí algunas notas se le huyen.

Ella –de joven ha sido guapa y ha cantado en locales elegantes– retiene formas y algo de un tono que pudo ser hermoso. Canta “Não rias”. La noche lisboeta vuelve a acariciarnos. Nos recogemos otra vez, entornamos las contraventanas de nuestro espíritu. Vuelve esa especie de niebla que amortigua los sentidos, tonos, color y sonidos; el ser sin disonancias del vivir portugués.

Sólo nos quedará una mañana de aforismos, mirando la plaza y a nuestro vagabundo, que va del banco de madera al de la parada de autobús; hoy parece un poco inquieto.

Damos un paseo al lado del Tajo. La luz deslumbra hoy si uno mira el agua. Compramos sardinas y vino tinto de las bodegas de los familiares de Andy, un Quinta Ataide, y salimos hacia el norte para cruzar la frontera por Fuentes de Oñoro.

Al día siguiente, temprano, llevo a casa de M. y Ó. unas latas y chocolates que han aparecido entre nuestro equipaje. Nubes bajas. Pasado el parque, aunque es domingo, unos obreros están sobre una escalera colocando un letrero que bambolea el aire. “Mercería-Acapulco-Lencería”. Un letrero ovalado y rosa. A su lado, una chica rubia, de unos treinta años, abrigada con anorak y con el pijama que le asoma un poquito por la pernera derecha, mira ilusionada el anuncio de su modesto negocio. Piensa en un futuro mejor. Una rama tronchada por el viento de la noche está sobre la acera. Y una señal de tráfico arrancada. La vida a ras de suelo. Sueños rotos.

  1. José Luna Borge

    Los viajes de Avelino son para no perdérselos. Cuando los cuenta dejan de ser viajes inaugurales para para elevarse sobre lo cotidiano y hacer de ello algo mágico, algo que te arrastra elevándote por las calles y tabernas, aunque en alguna entres equivocado y salgas un poco revuelto. Avelino tiene el don de la mirada, sabe mirar, tiene sus guías y sigue sus pasos, pero el lector se deja llevar y guiar por los suyos y casi nunca se equivoca.

  2. José Luis Avello Álvarez

    Gracias. Tenía necesidad de volver a Lisboa, esa ciudad que se duplica en eso que no sé si es río o mar, con minúscula (tú lo escribirías con mayúscula). Este viaje me ha salido gratis y sin maleta ni mochila de viajero urbano. Tres puntos: León, Lisboa y la frontera (Almeida y Fuentes de Oñoro). Los tres indispensables; el tercero, ya sin funciones y aventuras, sólo testigo para hacer el cambio de hora. Lisboa, la ciudad que se puede ver de cerca y de lejos; la que se puede leer en Pessoa y en Cardoso Pires, y en la buena traducción de Avelino Fierro; la urbe donde afloran los sentidos; la que te traslada a saborear la melancolía, en muchos casos con el apoyo de un siempre familiar fado, aunque se escuche desde lejos por primera vez. Donde resuenan los pasos propios y ajenos. Su visita te atrapa, una parte mía, allí, se hizo portuguesa.
    Leo a Avelino y lo releo, que es cómo se llega a él, y veo cómo se transforma. Con los sentimientos de sus ojos pinta esa su parte de León de una manera diferente a cuando describe sus vivencias por las rúas y travesías lisboetas.
    Gracias también y, sobre todo, por resaltar el colorido de esta ciudad a la que amamos tanto, León. Algún día las guías de turismo, que se precien, glosarán tus amaneceres, también los anocheceres y las tenues luces de sus farolas compañeras las solitarias medianoches leonesas

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