Lenguaje impersonal

Por LUIS GRAU LOBO

Saca alguien un vocablo nuevo cual flor de chistera y hay que ver cómo nos ponemos, como si el lenguaje fuera dogma y no lo contrario, la norma persiguiera al habla sin alcanzarlo jamás. Preocupa el sexismo del idioma, eco de la sociedad que lo alumbró, pero hay trampas no menos enfangadas y más desapercibidas, sintácticamente correctas. Como el uso del impersonal. La palabra «se», por ejemplo, es pronombre reflexivo que a menudo forma ese tipo de oraciones de sujeto genérico, o sea, no identificado. Cuestión de género muy práctica. Si la reflexión filtra, el reflexivo nos la cuela. O lo pretende. Me refiero a todos esas afirmaciones que leemos y escuchamos y comienzan por un «se». Si la victoria tiene cien padres y la derrota ninguno, la especulación es hija putativa. «Se calcula que…», en especial, encabeza casi siempre una cifra de la que nadie se hace responsable (de ahí el impersonal), no solo cuando se lanza, sino cuando en teoría haya que comprobarla. Nadie pide cuentas a los que calculan. Ni sabemos quiénes son, ni cómo, cuándo, dónde y con qué herramientas han deducido tales recuentos, frecuentemente redondos y tan persuasivos que, si uno los cuestiona, parece que busca con perversa premeditación el mal de todos los demás. Gusta mucho ese «se calcula» para hablar de beneficio económico y de puestos de trabajo, que son cosas ellas muy contables, nada sutiles: un euro tras otro, un contrato tras otro. Sin embargo, mientras quienes sean calculan tales cosas, nos niegan el derecho a conocer sus aritméticas, saber de dónde salen y quienes son sus grandes capitanes, los contables. Nadie hace, tampoco, arqueo final.

Eso sí: habitualmente sabemos lo que va a costarnos de momento el futuro beneficio. Y los sobrecostes. Estos sí acaban por contabilizarse y pagarse a tocateja, sacando efectivo del mismo sitio, aunque desconozcamos por qué sumidero se fueron las ganancias calculadas para justificarlos y, acaso, quién las disfrutó. Casos hay para ilustrar una enciclopedia, lean cualquier periódico cualquier día. Se proyecta un monstruo arquitectónico que nadie necesitaba, se prepara un evento que ha de interesar a una ciudad entera, a un país entero (entre otras cosas porque la ciudad o el país serán quienes lo paguen), se publicita, se hacen logos y diseños, mercaderías y hasta mascotas; mucha ceremonia y protocolos, se crean entes y se nombran responsables que cuando todo acabe no se harán responsables de nada. Pero cuidado, si alguien barrunta, en un arrebato desleal, ¿todo esto para qué? Enseguida surge de la nada un titular, una proclamación, una revelación cuasi divina que asegura «se calcula que traerá un beneficio de….» (rellenen la línea de puntos con la cantidad que prefieran: cuanto más oronda e incontestable mejor). Todos los ánimos se aquietan entonces, a la espera del maná que ha de llover. En medio de este desierto, la zarza sigue ardiendo.

(Publicado en La Nueva Crónica de León el 18 de febrero de 2018,
en una serie llamada “Las razones del polizón”)

  1. Olé… Pero cuál: ¿el de Luis Grau o Tam Tam? ¿o tal vez ambos?

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