Fariña de otro costal

Por LUIS GRAU LOBO

Hace tiempo que no voy a Arco, porque hace tiempo que dejé de encontrar allí aquello que las primeras ediciones nos ofrecían a los provincianos de excursión dominical madrileña: novedades rabiosas y efervescentes en el terreno de la creación artística en medio del secarral en que se desenvolvía nuestra maltrecha experiencia estética. Después nos hicimos europeos y empezamos a comprobar que rabia y efervescencia son fruta de temporada para cuando hay déficit vitamínico. Sin embargo, este año, Arco renueva aquella rabiosa y efervescente actualidad a causa de la polémica que rodea la retirada de una obra que retrataba como presos políticos a los presos del soberanismo catalán. A propósito de este asunto, dos consideraciones. Arco es una feria, un negocio, un mercado. Si no se está de acuerdo con la actitud de sus responsables, la forma de protesta más eficaz es no visitarla pues, aun pública, es una empresa. Sin embargo, esta ha sido una excelente operación de mercadotecnia que ha vuelto a situarla en boca de todo el mundo. Es bien conocido que, en las sociedades democráticas (y a veces en las demás), un producto sometido a censura provoca el efecto contrario: mucha mayor difusión de la esperada. Mientras en las dictaduras suele haber relación inversa, en las democracias la censura aviva publicidad como levadura a pan. La prohibición produce tal resonancia porque es un efecto extraño, pervertido incluso, de la democracia: un unicornio. Provoca nuestra sorpresa y escándalo porque la censura no se encuentra entre sus actos naturales y legítimos y de ahí que convierta aquello tocado por su dedo acusador en rara avis digna de observación, conocimiento y comentarios exponenciales, con frecuencia de manera desacorde con la calidad del producto incriminado.

Pero este no es un episodio aislado y en absoluto es el más preocupante, pues no solo no lesiona, sino que beneficia a los interesados (artista, galerista…). Cosa distinta cabe decir de la reciente proscripción judicial de una publicación (el libro ‘Fariña’), o las condenas a letristas de rap y chirigoteros o a las mofas de iconos religiosos, entre otros delitos medievales. Tan flagrantes recortes de libertad de expresión derivan de las reformas legales de un gobierno que repliega al país a los años previos a la movida madrileña (cuyos componentes hubieran pasado años entre rejas…), convirtiendo Arco y su pared desnuda en un gesto a la altura de su supuesta función de reflejo (y refrendo) de tendencias contemporáneas en materia de cultura y de actitudes creativas. Como entonces.

El titubeo inicial de algunos partidos de la oposición a la hora de manifestar su parecer y el posterior reproche unánime no deberían excusar la necesidad de revertir tales normas de inmediato. Si no, puede que un día de estos Puigdemont acabe teniendo razón, en especial cuando va disfrazado de Joaquín Reyes.

(Publicado en La Nueva Crónica de León el 25 de febrero de 2018,
en una serie llamada “Las razones del polizón”)

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