Museos, arte, mujeres

Autorrretrato de Artemisia Gentileschi. Detalle del cuadro “Self-Portrait as the Allegory of Painting. (La Pittura)” (c. 1638-9). Royal Collection.

Por LUIS GRAU LOBO

Los museos se comportan como el retrato de Dorian Gray para la sociedad que los sostiene ante sí. Colgados en sus salas descubrimos las arrugas y cicatrices de un pasado que a menudo no reconocemos como propio, aunque nos delate inmisericorde. Más allá de la belleza de las obras que disfrutamos individualmente, a menudo no soportamos el crudo escrutinio al que nos someten como colectivo. El caso de las mujeres hace tiempo que fue declarado como principal entre esos bochornos. Un lema concluyente condensó la imagen de la mitad de la población que ofrecen los santuarios de la creación: o santas o putas. En los museos solemos encontrarnos con cuerpos femeninos puestos al servicio de la contemplación libidinosa del hombre, o a la mujer convertida en suma de virtudes: un objeto o un símbolo. Poco más, incluso entre los museos que se ocupan del arte de las históricas vanguardias, pues al parecer esa revolución no predominaba entre sus muchos afanes, discursos y ardores programáticos, pese a que ya era tiempo de ello.

Junto a esta deformada representación, que por supuesto no es tanto culpa de los museos como de lo que estos reflejan y contienen, nos encontramos el otro lado, el perfil de los representados, los artistas. Apenas algún nombre femenino, un puñado quizás en fechas del pasado siglo, suelen acicalar más que otra cosa la mala conciencia que supone asistir al desfile incesante de nombres de varón en los catálogos de autorías.

Por otro lado, cuando hallamos alguna mujer en épocas impávidas ante su marginación, suele servir para ejemplificar cuánto hubieron de superar para alcanzar el estatus de artista, por otra parte poco envidiable en el pasado. Son un prototipo, una anomalía. Una de las más representativas, la excelente pintora barroca Artemisia Gentileschi es caso canónico, pues no solamente hubo de abrirse camino precursor en un terreno exclusivamente masculino, llegando a ser primera mujer en algunos círculos profesionales del arte, sino que sufrió una violación a manos de su preceptor artístico de la que se conserva el crudo testimonio de las humillaciones a que fue sometida por el tribunal durante el proceso. Se cree que fue una mujer con gran atractivo, pero en su autorretrato pintando, el moderno observador comprueba su determinación por abrirse paso en un territorio inhóspito, el brío creativo de quien pretende ser un igual a los otros porque, posiblemente, sea mejor. En el cuadro, Artemisia quiere ser tenida por lo que es, artista, no juzgada como una mujer que pinta en un siglo, el XVII, en que casi ninguna podía hacerlo. No quiere ser una rareza, aunque deba encubrirse como una alegoría de la pintura. Su figura, olvidada a su muerte, ha sido recobrada en libros, exposiciones y documentales a menudo centrados en su difícil existencia y en su condición de mujer. Pero sobre todo fue una de las mejores artistas de su generación y está en los museos por derecho propio.

(Publicado en La Nueva Crónica de León el 11 de marzo de 2018,
en una serie llamada “Las razones del polizón”)

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