Rosas de marzo

© Fotografía: E. Otero.

 ASÍ QUE PASEN CINCO AÑOS… Es deber de los vivos recordar a los muertos. Ildefonso Rodríguez recuerda a su hermano fallecido hace ahora cinco años.

Por ILDEFONSO RODRÍGUEZ

(a mi hermano José María, que murió el 25 de marzo de 2013)

Unas rosas secas
desde ese rincón que da
a lo abierto: el río y más
la vista de la bahía iluminada por el sol
y más: la playa blanca
y otra vez ahí: el hoyo donde crece tu arbolito
de aquí hacia allí
de allí hacia aquí

casi no puede creerse: un hombre entero
ahí en ese hoyo.

Hubo un sueño:
Íbamos por el barrio de nuestros padres, íbamos de bares. Está muy delgado, cojea, va casi dando saltos. Con un gran bigote y perilla. Sólo bebe cerveza, ha dejado los vinos tintos, ya no bebo nada muerto, dice. Yo me imagino un lagar donde se vierte el mosto, como lo vimos tantas veces en la triste estación de las vendimias, el mosto lustral de los muertos, mosto del gregoriano, su espesor, su olor a tierra. Va eligiendo con precaución los bares. Y al despedirnos me entrega las llaves de la casa paterna.

Ibas silbando, como entonces, aquella canción:
Olvidemos el mañana, olvidemos el mañana, porque nunca llegará…

Mira, ahora pasamos por nuestra calle, la calle del nacimiento.

Quedó pendiente: Un viaje a nuestra villa, a sentir los humos de enero, a buscar juntos restos de la otra vida. Allí están los que vivieron, mira, ahí va el padre de Jesusín, subido en su carro, tan parecido a un judío de Vilna, la desaparecida.

Porque tal parece que detrás de la muerte está la infancia otra vez… (Leopoldo María Panero)

¿Quién era ése que se reía ahí sentado, te miraba y se reía? “Una bandada de cuervos me clavaba los picos en el pecho…”, nos contaste. ¿Era un brujo, el amo de los cuervos?

De aquí hacia allí, de allí hacia aquí:
Los gases medicinales que no curan, los algodones que no acarician…
Lágrimas en la bahía, cómo aguantar tanta luz, cómo luce así el sol, la vida coloreada de Apollinaire…

Mentol, alcanfor, esencia de trementina, aceite de eucalipto, tomillo, nuez moscada, hoja de cedro: Fórmula ineficaz contra el Gran Mal.

Hubo otro sueño:
Se presenta como un artista del hambre, esquelético. Se le caen los pantalones y descubren la cintura, marcada por cintazos, escaras rojizas. Son las pruebas de un duro castigo.

Esto es sólo un agolpamiento de palabras en duelo:
Es duro es morirse en primavera, cantaba Jacques Brel. Y la última nota de Antonio Machado: Estos días azules y este sol de la infancia.. Y antes: Abril florecía frente a la ventana. Tú no llegaste a ver ese abril.

Esta luz me está matando, dije yo en la plaza del Húmedo.

¿Ya estoy muerto?, preguntaste, alzándote en la cama.

Allá te llevaron manzanas rojas y verdes y las rosquillas prometidas. La habitación se fue llenando con abuelos y animales del corral, la yegua negra que por dos veces encontró desde lejos el camino de vuelta a casa. Tú querías escuchar una vez más aquella historia.

En el calendario que cuelga en la pared de una cuadra desaparecida, con su clavo oxidado, ahí, una fecha. Y gira a su alrededor toda la materia oscura y fría.

Cuatro vamos en la yegua, tres son ya transparentes, subimos el alto del camino para entrar en el pueblo. Nuestra abuela guía suave a la yegua. Desde aquí yo veo la espalda de mi hermano.

Una vez más se manifestaba la justeza de la antigua leyenda: el corazón del hombre es una fosa repleta de sangre; en los bordes de la fosa, los muertos queridos se arrojan boca abajo para beber la sangre y reanimarse; y cuanto más queridos nos son, más beben nuestra sangre. (Nikos Kazantzakis)

Eres ya uno de los pálidos sedientos.

Para el débil sonido de la voz de la sombra de un muerto, Homero emplea trizein, gorjear, chirriar. (Botho Strauss)

Siete días antes: En la mano, la última propina; en la cara, el susto.
Las flores de la corona repartidas.

Rondan por la casa carcomas, polillas, gente pequeña viene y revolotea por el rincón, junto al búcaro de las rosas secas.

Hubo otro sueño:
Él conducía en la oscuridad cerrada, casi a ciegas, un piloto intrépido; yo a su lado, silencioso. Íbamos por las tinieblas del otro mundo. En el coche entraba todo el frío del afuera, agujas de hielo. En un hilo, el frío cantaba su canción delgadísima: ¿hacia dónde vamos?, ¿hacia dónde?

Una gran panorámica de la playa blanca.

Acordarse siempre de aquello que escribió San Agustín cuando se le murió el amigo: Yo no lloraba por él, sino por mí, por lo que había perdido. ¿Quién pierde más? La luz de la bahía, la lluvia y el viento de abril cuando cruzo el puente de la estación…

Ya se huelen los prados, ya brotan los colores en la hierba: el mundo balanceándose sobre su eje conmovido.

Mira cómo oscila el mundo sobre su inclinado eje. (Virgilio)

En la nueva vecindad, prado de las almas plantadas en la tierra, cada una en su tiestito, con su cepellón de raicillas.

En el fondo el poeta no admite jamás el dolor; sufre, pero a la vez es ese otro que lo mira sufrir parado a los pies de la cama y pensando que afuera está el sol. (Julio Cortázar)

Qué gusto, sol, sol, sol, dijo Isa al llegar a la plaza.

Hubo otro sueño:
Está en el patio, muy contento, optimista, nos pide que apoyemos su petición de trabajo: seguros de vida para flautistas. También le alegra saber que pronto se abrirá la temporada de las setas. Y nosotros, los mocosos, conteniendo lágrimas, tragando mocos de pena.

Programa de Fiestas del año 1961 (tú me lo enviaste): A las ocho de la tarde, en la Plaza de las Palomas, primera actuación del Teatro de Guiñol MAESE VILLAREJO Y SUS MUÑECOS ANIMADOS. Risas y risas, darle voces al muñeco Gorgorito…

Siempre es un niño lo muerto. (Javier Codesal)

El fantasma de los juegos era Gori-Gori, te asustaba de verdad.

A la entrada del puente había un kiosco con su ogresa, iluminada por la luz de un candil, el olor del carburo. ¿Y qué compro?, preguntabas siempre.

Una mañana, se vino abajo el armario de la cocina, con un ruido de infancia por los suelos. (Eduardo Milán)

Ya no recojo del suelo plumas caídas de la buena suerte.

Déjame que te hipnotice, yo era hipnotizador, hacíamos experimentos…

¿Un hombre no debería ser llamado héroe por su muerte natural? (Alane Rollings)

En la playa, igualito que el niño Agustín, perdido y encontrado jugando en lo suyo, con la pala y el caldero…

Hubo otro sueño:
Va vestido con traje de rayas, color vino, americana cruzada,   se lo pasó su amigo, ése al que llaman El Negro. ¿Es el mismo con el que se le vio en el sueño de enero? Cuando fuimos juntos por aquel territorio bárbaro, arcaico, el Condado de las Grasas: en la fonda nos ofrecieron la comida en cuencos de grasa. Allí, donde la aguas muertas, las ciénagas, los sumideros, las turbulencias, pasar puentes frágiles –o cruzar el río crecido en la barca, tirando del cable que hiere las manos-, abrir compuertas, saltar torrenteras. La excursión era ya una despedida.
Pero es ahora la calle de la modista de nuestra madre, calle para volver a casa después de andar de vinos; es irreconocible, la corta por la mitad un altísimo tapial de adobe ennegrecido por humos grasientos.

En tu laberinto interno, la canción de Pink Floyd. Sonidos de la vida: háblame, respira, ríe, llora, corre, conejo, olvídate del sol, cava tu agujero… En la cara oculta de la luna, ¿es allí a donde iremos? No sé, ojalá estuvieras aquí.

Se trataría de expresar a los que amo (Sade, sí, Sade decía que la novela consiste en pintar a los que amamos) y no de decirles que les amo (algo que sería un proyecto propiamente lírico); espero de la novela una especie de trascendencia del egoísmo, en la medida que expresar a los que amamos es atestiguar que no han vivido (y, con frecuencia, sufrido) para nada. (Roland Barthes)

Hubo otro sueño:
Yo pasaba por un barrio del suburbio, es un ghetto, es el barrio de los gitanos (1). En el patio de una casita hay un chico muy moreno que toca el acordeón y algo más: un cuerno de gran bóvido, un búfalo quizás, y la hoja de un cuchillo, con todo ello percute mientras toca el acordeón. Suena una música de una dulzura envolvente, me quedo parado, le miro. Su reacción es hostil, se lanza contra mí, me pone el cuerno en el cuello (¿o es la hoja del cuchillo desnuda?), me pregunta qué haces aquí, qué miras tú. Y de repente sale el gran sol, hay reconocimiento, me mira más de cerca, quizás sea mi hermano Josemari, con su cara sucia de los juegos en el hollín del barrio (y, entonces, estamos en el barrio del nacimiento, el Barrio del Crucero); y me ruega que me quede con ellos, que me siente, que él va a seguir tocando. Y los niños que lo rodean le piden que toque una canción, gritan el título, me suena algo así como toca Mi morisma, mi morisma. Y el chaval tiznado, o es que es oscuro, toca en su acordeón, olvidando el cuerno y la hoja de cuchillo, una melodía que me inunda, la tristeza me empapa de arriba abajo, hasta los pies.
¿A dónde va el amor de los muertos?

El ojo llora, sigue manando la pena.

(1) La misma tarde del día siguiente al sueño pasé ante la casa natal, con intención de repetir una vez más mi ceremonia: tocar el pomo de la puerta que tú tocaste tantas veces de niño y no hace tanto todavía, la última vez. Vi salir a una niña oscura, entró en un coche amarillo que esperaba delante de la casa, allí estaban sus padres, me pareció ver.

 

  1. Tan único… y sin embargo universal. Desgarrador, sin “dolorismo”.

  2. Anónimo

    Sí… precioso.
    Mar.

  3. Pedro L. Cano Moreno

    Paisajes , presentes , ausentes y los niños corriendo siempre corriendo para llegar más lejos…
    Salud y alegría

  4. María Asunción

    Lo peor no son los ojos llorosos, es la pena que se instala dentro; para siempre.

    Si te sirve de consuelo, si te calma el alma, entonces debes de saber que la última copa de whisky fue contigo, fue para ti….

    Seguramente en una alfombra mágica. ¿ Hacía la cara oculta de la luna? o quizá ¿a “vuestra villa”?, por eso de no dejar nada pendiente. Eso si, a toda velocidad como él hubiera querido; ya sabes.

    Muy emotivo, gracias.

  5. Miguel y Pili

    Siempre en el recuerdo el amigo querido.

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