Flores de hiel

© Fotografía: Óscar García Bárcena.

Un nuevo relato de Sol Gomez Arteaga, escritora nacida en Valderas (León) y afincada en Madrid, dentro de su sección “Trazos de sombra”, sobre el sufrimiento relacionado con los misterios y desórdenes de la mente. En este texto, desde una aparente normalidad y en el contexto de una terapia de grupo, la voz que narra cuenta y da cuenta del drama y el conflicto de muchas mujeres objeto de violencia de género. / Ilustrado con una fotografía de ÓSCAR GARCÍA BÁRCENA.

FLORES DE HIEL

Por SOL GÓMEZ ARTEAGA

Momento 1

Le conocí un veintiuno de marzo, fiesta de la primavera, al pedir la bebida en el chiringuito del parque. Nos pusimos a hablar, reímos, bromeamos, parecía que nos conociéramos de toda la vida. Quedamos dos días después en la puerta de un cine del barrio, era fin de semana. Vino con una gerbera amarilla en la mano y no nos volvimos a separar. Ya sé que parece una historia de telenovela, pero fue así. Él era lo que yo siempre había soñado, educado, comprensivo, servicial, atento, cariñoso, hasta que un día, a los seis meses de vivir juntos, volví a casa más tarde que de costumbre. Me preguntó con quien había estado. “Con Julia tomando una cerveza”. “Has estado con un tío, hueles a tío. Además, ¿no te da vergüenza ir como vas?”. Me miré, llevaba el vestido negro de lunares y las sandalias fucsias de tacón que me ponía en ocasiones cuando salía con él, por eso me reí, me dio por reírme. Entonces me soltó un bofetón. Me tapé ese corro de la cara que estaba abrasando y me fui a llorar a mi cuarto. Vino detrás, me dijo cosas horribles, zorra, puta, sucia, y me siguió golpeando mientras yo me protegía la cara y el cuerpo con los brazos. No podía creer lo que estaba ocurriendo. Al día siguiente se lo conté a mi amiga Julia, me dijo que le dejara. Siguiendo su consejo me fui unos días a la misma casa de la playa que alquilábamos a veces. Él me llamó, dijo que estaba arrepentido, juró y perjuró que no volvería a pasar algo así. No sabía qué hacer y accedí a que viniera al “Refugio”, que así se llamaba la casa de la playa. Esa noche reiniciamos la relación. Esa noche también se engendró Nela. Poco después nos casamos.

Momento 2

Fue una alegría saber que venía. Él ponía el oído en mi tripa para escuchar cada uno de sus movimientos, la palpaba, se pasaba las horas muertas observándola como quien observa una pecera opaca que crece y crece, me acompañaba a cada revisión médica, interpretaba en la ecografía en tres dimensiones cada uno de los rasgos físicos –mira, tiene tu cara, tu nariz, ese mentón–, estaba entusiasmado con ser padre. El período de gestación fue una segunda luna de miel tan grato que me hizo olvidar la sombra de lo que había ocurrido. Y un día el pez salió de la pecera, vino al mundo con él a mi lado, me acompañó en el dolor del parto, se puede decir que la tuvimos juntos. No se me olvida el detalle de la orquídea que puso en la mesilla metálica al día siguiente. Pero la niña era un cuerpo vivo y necesitado de atención, se despertaba por la noche, lloraba, y yo tuve claro que estaba por y para ella. Creo que le entraron celos de la niña pues él, que no bebe nunca, una tarde volvió de la ruta achispado, discutimos, me retorció el brazo. Por la niña tuve claro que no lo iba a permitir. En el hospital conté lo que había pasado, me pusieron una orden de protección. Y aunque mis padres me acogieron en casa pensaron que me había precipitado, que no era para tanto. No les conté, claro, me dio vergüenza o reparo o no sé, el primer episodio de violencia. Al cabo de unos días me volvió a pedir perdón, y antes de que tuviera lugar el juicio, retiré la denuncia. En la puerta de la comisaría nos volvimos a juntar. Sí, aunque parezca increíble, me había acompañado hasta allí.

Momento 3

Nela tiene ya ocho años. Es un bichejo. Tan bonita. La delicia de papá y mamá. Este verano fue por primera vez a un campamento. La despedimos en el autobús, y antes de regresar a casa tomamos algo con otra pareja que tiene una niña amiga de la nuestra. Javier Tomás, el marido, es muy agradable. También es profesor. El mío, no lo he dicho, conductor de autobús. Reímos, bromeamos. Un día de los que las niñas estaban en el campamento, Javier Tomás llamó por teléfono, lo cogió él. Mientras hablaban vi cómo le cambiaba el semblante, entré en alarma. “¿Desde cuando hablas con él?” Quise alcanzar la puerta pero no llegué, me cogió por el brazo, luego me pateó. Llevamos dos meses separados y aunque sé que es un enfermo y que si vuelvo con él más tarde o más temprano me agredirá de nuevo, tengo miedo de mí, por eso estoy en terapia. Doctor, ¿es una enfermedad querer tener una vida feliz, con el ideal de familia –un marido, una hija– que te has formado?, ¿es una enfermedad tener estas dudas? Porque aunque por un lado tengo claro que no quiero volver, no, no quiero más flores de hiel –me aterra pensar que viene con una flor y a veces hasta tengo pesadillas con ello–, por otro, no puedo evitar acordarme de los buenos momentos que pasamos juntos y me da por pensar que mi caso no es un caso típico de violencia de género, que él solo me pega esporádicamente, cuando se le cruza el cable, o yo que sé.

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