Mayoría de edad

Por LUIS GRAU LOBO

¿Cuándo comienza uno –si es que lo hace– a ser responsable de sus actos? ¿Qué juicio ajeno dilucida el derecho al ejercicio del propio albedrío? ¿Qué significa ser ‘mayor de edad’ si a cada paso se descubre el delirio del absurdo en tantas obras y palabras de los ‘mayores’?

Mi hija menor accede a esa incierta categoría. Hace tres años y medio su hermana cumplía dieciocho años y el mundo era otro, sobre todo el suyo que tan rápido cambia, que tantos acontecimientos acopia, que es nuevo y el mismo a la vez, cada día a estrenar. Siento el mismo orgullo de padre que entonces (el único que me permito). A pocos días de ese cumpleaños que marca una frontera inútil, como tantas otras, en esa responsabilidad que compartimos, evoco algunos de los instantes más luminosos de mi existencia, que me ha proporcionado ella: sus carrerillas a punto de caerse para abrazarme cuando era niña, como si yo fuera todo lo que necesitaba; la música que toca y tanto de ella transmite; sus lágrimas invisibles, su extraña ternura en el momento preciso, sus guasas… Hará muchas cosas que yo no podré hacer. Ya las hace. Es mayor de edad para la ley, para la sociedad. Es mi niña pequeña.

Y es una buena persona. Es divertida, aunque se irrita con frecuencia, posiblemente más consigo misma que con los demás, porque aún no calza el mundo a su medida y a menudo le lastima. Quizás le suceda siempre, como a la gente de bien. Le incomoda que a su alrededor las personas que conoce, los hechos que la afectan, no estén a la altura de sus expectativas porque aún tiene la piel fina y el corazón tierno. Con suerte, quizás lo tenga siempre… A pesar de su edad, ya ha debido afrontar algunos dramas familiares y alguna pérdida que han modelado su carácter desde aquella criatura risueña y resplandeciente a esta de hoy, perspicaz, verdadera. A menudo me sorprende su lucidez, mucho mayor de la que se presupone a su edad, una comprensión lejos de esos prejuicios que labramos meticulosamente con el tiempo. Una rara confidencia suya vale más que cientos de charlas… Sufre. Pero al tiempo es capaz de disfrutar del ingenio y su risa aún es cantarina, como cristales en un brindis. Nada hay en ella con doblez, incluso cuando ensaya el humor negro con que juega a hacerse fuerte. Quiere irse fuera a estudiar. Quizás, como para tantos, León ya no sea suficiente. El mundo se le ensancha, pero a mis ojos, ella camina sin mancha sobre este lodazal.

Dicen que su generación se ha preparado a conciencia pero eso no les garantiza que vayan a tener lo que merecen, justo pago por sus esfuerzos, o se conviertan a su pesar en administradores de nuestros errores. Como decía aquel otoño de 2014, espero que ambas hermanas intenten ser felices, pero no a cualquier precio. Estoy esperanzado en su generación. No se merecen este país decepcionante y gris, y quieren voltearlo de arriba abajo. Confío en que lo logren. Felicidades, hija.

(Publicado en La Nueva Crónica de León el 29 de abril de 2018,
en una serie llamada “Las razones del polizón”)

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