El conferenciante vocacional (tipos tópicos 3)

Por LUIS GRAU LOBO

En sus ‘Vidas de los doce césares’, Suetonio describe con la mayor de las circunspecciones algunas notables atrocidades de los gobernantes romanos, pocas veces virtuosos y muchas bárbaros, como el mito histórico y hasta el cine acabarían por asociar a su cargo. Con idéntico espíritu ajeno a la moralización de las costumbres, describamos otro caso no por frecuente menos prodigioso.

Dotado de saberes imaginarios e indiferencia proverbial, voluntarioso en el afán e impasible en el ademán, encontramos al conferenciante vocacional y/o espontáneo, que tanto monta. Aunque esta etiqueta extraída del mundo taurino, la espontaneidad, estrictamente hablando no se le ajuste, ya que, como veremos, su intervención resulta ineludible las más de las veces. Este conferenciante con quien nadie cuenta a priori se lanza al ruedo en cuanto comienza el turno de preguntas, sea cual fuere el tema, la duración del evento o el cansancio y la paciencia del respetable. Al contrario de lo que cabría suponer por la presteza y desenvoltura de su gesto llamando la atención de la mesa, no pregunta para resolver duda alguna, pues no la tiene. Es más, se diría que desconoce la duda, salvo como subterfugio para disimular sus ansias de despejar las de otros. Él lo que pretende, sí, estimado lector veraniego, sé que lo has adivinado como adivinaste que no preguntaría nada en cuanto lo reconociste allí donde hayáis coincidido, es ofrecer su propia conferencia. Ha acercado hasta ese foro su augusta persona para perorar, sorprendido quizás, desde el momento en que se percató del tema y la ocasión, de que no le hayan invitado a él a dar la conferencia y sí al tipo a quien es necesario enmendar, no vaya a ser. Caiga quien caiga, él debe argüir más y mejor.

Puede que el conferenciante vocacional esté instruido en el tema de la charla. O puede que no, eso poco importa al fin. Lo que sí importa y mucho es que carece de empatía alguna y por ello no percibe el agotamiento del respetable, el gesto desfallecido del orador o la agitación que se forma a su alrededor cuando las gentes susurran y, al cabo, las sillas se arrastran y las puertas se abren para un desalojo discreto y taimado que acaba con el conferenciante vocacional prácticamente solo ante el conferenciante oficial que sonríe con resignación educada. A veces, los astros se alinean y en la misma sala coinciden dos o más conferenciantes vocacionales. Entonces, como si el tiempo se estirase sin misericordia en una dimensión improbable, el acto se precipita por el horizonte de sucesos de un agujero negro: el final es incierto, azaroso, quimérico.

¿A qué dedica su verano el conferenciante vocacional? Merodea por playas, piscinas, terrazas y mentideros a la busca de víctima(s) propiciatoria(s) que convertirá en sufrida audiencia a la mínima oportunidad que se le ofrezca. Sin respetar el turno de preguntas.

(Publicado en La Nueva Crónica de León el 15 de julio de 2018,
en una serie llamada “Las razones del polizón”)

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