Resignificación

Por LUIS GRAU LOBO

Resignificar o asignar intencionadamente un nuevo significado a un elemento significante supone riesgos no siempre evidentes de primeras. Más aún en un elemento caracterizado precisamente por una fuerte carga simbólica, construido para soportarla. Es el caso del Valle de los Caídos, cuya conversión en un monumento homologable histórica y democráticamente habrá de conllevar transformaciones de un calado que aún no se ha definido. El primero de esos cambios era, por supuesto, el desalojo de la momia del dictador, anomalía histórica solo comparable a la abstención de ciertos grupos en la votación del Congreso. Dice Casado (y lleva diciendo décadas el PP) que no corre prisa. En efecto, corría prisa hace cuarenta años, ahora es otra cosa, una ignominia que cabe solucionar sin poner pegas miserables (curioso que, después de entenderlo como no prioritario, anuncie una ‘Ley de concordia’, como si la concordia estuviera en duda: no es eso, señor Casado, no entienden nada…). Que Ciudadanos se añada a este sinsentido confirma su condición de PP versión 2.0. Como nuestro Ayuntamiento, aún reacio a acabar con el callejero franquista. Pocos comentarios merecen tales infamias.

Pero el Valle habrá de contemplar más cambios, entre otros su conversón en un templo laico, desacralizado, segundo paso lógico de esa resignificación. No parece razonable que un patrimonio público que quiere dedicarse a una memoria ecuánime de los fallecidos en la guerra y la dictadura sea atendido por una entidad privada, la Iglesia católica. Y menos aún si se recuerda el papel que jugó precisamente esa institución durante la guerra y la dictadura. Si me apuran, hasta por el que ha jugado en este momento concreto el responsable del culto actual. La conversión de la basílica en un santuario civil chocará, en efecto, con la profusión de símbolos cristianos, empezando por la descomunal cruz que la remata. Por ello, la tercera de las operaciones habrá de consistir en una adecuada y sensible interpretación de tales símbolos en su contexto, con el añadido de otros que permitan relativizarlos. Nadie en su juicio pediría la alteración de un monumento (de estética dudosa, eso sí), pero fórmulas para cambiar su sentido las hay y no sería el primer caso. El Valle de los Caídos, con su hermoso nombre, puede y debe ser un lugar de homenaje: del último bastión del dictador a un santuario de respetuoso recuerdo que recoja en su interior el dolor de tantas cunetas, como testimonio documental y como evocación meditada. Para ello se ha dado solo el primer paso.

Respecto a la propuesta de un Museo de la Memoria (todos lo son), quizás amparada en la notoriedad del excelente museo chileno, opino que sería más proactivo y beneficioso plantear un museo del siglo XX en el que el franquismo fuera contextualizado como lo que fue, con el protagonismo terrible que tuvo, en especial en contraste con el resto de la centuria. Museos para recordar y monumentos para honrar a quienes lo merezcan. No debería ser tan complicado.

(Publicado en La Nueva Crónica de León el 16 de septiembre de 2018,
en una serie llamada “Las razones del polizón”)

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