Desde “La casa del poema” / Adiós a José Manuel de la Huerga

José Manuel de la Huerga, paseando por la orilla de la Esgueva, en Valladolid, en febrero de 2018. Foto: E. Otero.

El escritor José Manuel de la Huerga falleció inesperadamente durante la noche del pasado jueves 22 de noviembre en Valladolid, a los 51 años, a causa de un infarto. Nacido en el pueblo leonés de Audanzas del Valle en 1967, residía en Valladolid desde niño, y en esa ciudad se licenció en Filología Hispánica antes de ejercer como profesor de Lengua y Literatura en un Instituto. Estaba casado con Ana Rojo, y deja dos hijos maravillosos. Desde TAMTAM PRESS, donde colaboraba de forma esporádica con una hermosa sección de lecturas y conversaciones sobre arte y literatura: “DIÁLOGOS EN LA RAYA”, queremos despedirle con una pequeña selección de sus versos extraídos de “La casa del poema”, libro con el que quedó finalista del Premio de la Crítica de Castilla y León en 2005, editado por César Sanz (Difácil) e ilustrado por el editor, dibujante y columnista Rafael Vega, ‘Sansón’.

Escritor vocacional desde muy joven, José Manuel de la Huerga ha tenido una trayectoria literaria interesante e intensa, desde que en 1985 ganó el eI Premio Internacional ‘Juventud’ de Poesía con ‘Salmos de amor y de batalla’.

Entre sus relatos y novelas, atravesados por un agudo conocimiento de la historia, destacan ‘Conjúrote, triste Plutón’ (Premio Letras Jóvenes de Castilla y León 1992), ‘Este cuaderno azul’ (Premio Novela Corta Ciudad de Móstoles 1998), ‘La vida con David’ (2003), ‘Leipzig sobre Leipzig’ (Premio Fray Luis de León de Creación Literaria 2005), ‘Apuntes de medicina interna’ (Premio Miguel Delibes de Narrativa 2012) o ‘Pasos en la Piedra’, novela que se llevó el Premio de la Crítica de Castilla y León 2017. También ha cultivado la narrativa breve: en 1999 publicó el libro de relatos “Historias del lector” y en 2010 logró el premio Hucha de Oro con su cuento ‘Un pájaro de invierno’.

José Manuel de la Huerga ejercía como profesor en un instituto de Valladolid, estaba muy comprometido con el movimiento reivindicativo vecinal en su barrio, La Pilarica, y compaginaba su labor literaria con la colaboración en prensa escrita y digital, y con la participación en foros de crítica literaria, clubs de lectura y talleres de escritura creativa. El curso pasado, además, se volcó en la coordinación del proyecto El Duero Lee, con el que intentó llevar la literatura de Castilla y León y a sus autores por los centros escolares de distintas zonas rurales de la Comunidad.

En su despedida, ayer sábado 24 de noviembre en el Tanatorio vallisoletano de El Salvador, su gran amigo Rafael Vega, editor de Multiversa (donde José Manuel publicó ‘La vida con David’ en 2003), pronunció estas emotivas palabras:

Querido José Manuel:

Me ha pedido Ana que hable yo para decirte —en nombre de todos— que esto no se hace. Porque siempre que hemos acudido a tu llamada, siempre que nos has congregado, ha sido para escuchar lo que decías, no para escuchar tu silencio.

Todos nosotros, familiares, amigos, compañeros, lectores, alumnos… estábamos acostumbrados a acercarnos a ti, como las palomas del Campo Grande, como los patos de la Esgueva, para recibir tus palabras.

Nunca antes nos habíamos quedado sin ellas a tu vera. Y has de saber que nos duele. Tenemos un dolor tan grande que no nos cabe en el cuerpo. Si empezáramos todos a contarte nuestro dolor faltarían días en el mundo.
Por eso lo hago yo, en nombre de todos.

Aunque ayer comprendí que hace tiempo, veintidós años —cuando nos regalaste a Leticia y a mí un poema manuscrito que nos cobija enmarcado en casa desde entonces—, depositabas en nosotros las palabras que hoy has querido regalarnos.

A veces parece que el tiempo transcurre todo a la vez, como en un libro cerrado entre las manos, y que vivir consiste en pasar el dedo índice por sus renglones y leer. Tú nos tienes ya entre las tuyas, puedes abrir esta bonita historia por la página que quieras. Y la página de hoy pasa por escucharte decir esto:

“¿Qué agua podemos recoger entre las manos? ¿Qué sal ha de quedar entre ellas si contra el sol las calentamos? ¿Y contra qué sol debemos ofrecerlas? ¿Y para cuánto?

Desnudos llegamos. Y un cuerpo a otro apenas con gestos lo reclama. ¿Por qué tú y en esta tierra de los hombres? ¿Qué siglo nos ha unido? ¿En qué instante de arena el azar ha cruzado nuestros cuerpos?

No tenemos mucho más en este viaje: la incertidumbre del nido que fundamos. Como unas manos puestas al sol, así colocamos palitos, perseguimos plumas, hojas secas para el invierno.

Cuando el nido es perfecto, muy caliente, lo miramos ajenos a su obra. O hechos obra, ya.
Las paredes huelen a tu cuerpo, amor. En las noches escuchamos respirar a los que hemos sido ayer, que nos arropan.”

Gracias, José Manuel.

:: Fragmentos de “La casa del poema”, de José Manuel de la Huerga

(…)

Sus canciones eran de la luz y a la luz iban.

Quien las cantaba escondía el corazón bajo flores muy pequeñas.

Allí lo podía olvidar.

Lo encontraría si repetía la canción.

(…)

Lo sorprendimos revolviendo en nuestro armario.

Buscaba —se justificó— lo que ni siquiera nosotros imaginábamos poseer: la sensación exacta de un recuerdo. Ansiaba la memoria precisa de las cosas, la vuelta a ellas y a su espacio.

Por su gesto huido, sus manos extendidas y humilladas, decidimos dejarle.

(…)

Eran sus canciones muy pequeñas:

piedra callada sobre el cuerpo del páramo,

hilo de lana ovillado en el corazón de la tarde,

voz escondida de él, detrás de él.

(…)

Escondíamos palabras bajo piedras terrosas. Levantadas de improviso, descubrían las galerías del ciempiés y del gusano rojo.

Ahí aguardaba nuestra voz.

Para soñar su crecimiento, su hervor insomne. La maceración en el color y la textura, la levedad para su peso.

Bajo el silencio de la piedra. Como atesorar monedas, botones, cristalitos.

(…)

A veces nos quedábamos solos con los muertos, con los que nunca más regresarían.

La casa latía como un puño. Desentrañaban las paredes sus desconchones de cal. En los rincones se acumulaba la broza de los sueños recientes.

Íbamos de su mano por la vereda del canal hasta las huertas, o nos sentábamos bajo la sombra de la parra a esperar el paso de la cigüeña que trasladaba palitos a su nido.

El viento pasaba entre nosotros. Y nosotros tirábamos piedras contra él.

(…)

¿Qué se llevan los muertos en el viaje?
¿Qué se abisma en sus ojos hacia dentro?
¿Hacia dónde cae o sube?

El tiempo los envuelve
mas no entra.

(…)

Siempre quisimos retener
agua en el cuenco de las manos.

Cuando vengas,
nuestras manos serán
cuenco a tu reposo.

(…)

¿Qué cuerpo vendrá sobre tu cuerpo?
No será la luz la que distraiga
mi corazón que espera.

Sólo tu cuerpo
contra la luz
entrando.

(…)

Nuestra espera,
abeja y luz.

Largos serán
los atardeceres a tu lado,
cuando con palitos remuevas en el agua.

(…)

Acaso alguien nos dijera:
caminaba como llevando piedrecitas
de una esquina   a otra
de la casa del poema.

— — —
Enlace complementario:

Acerca de Eloísa Otero

Periodista y escritora leonesa.

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