Agua carbonatada

© Fotografía: Óscar García Bárcena.

Nuevo relato de Sol Gomez Arteaga, dentro de su sección “Trazos de sombra”, sobre el sufrimiento relacionado con los misterios y desórdenes de la mente. En esta ocasión, la autora intenta acercarse “a un delirio erotomaniaco, en el que la protagonista está perdidamente obsesionada con el marido de su mejor amiga, sin que tengamos nada claro si éste la corresponde en alguna medida”. / Ilustrado con una fotografía de ÓSCAR GARCÍA BÁRCENA.

AGUA CARBONATADA

Por SOL GÓMEZ ARTEAGA

Amar es dar lo que uno no tiene y recibir aquello sobre lo que uno no tiene poder.
“De profundis”. OSCAR WILDE

Imagino que descubres, al ir a rellenar las botellas de agua carbonatada, el pequeño rollo de papel atado con una cinta verde que yo he puesto dentro para que tú, y nadie más que tú, acierte a verlo. Imagino que te quitas los guantes y ya con tus manos libres, esas manos largas y cuidadas que siempre me han fascinado, das la vuelta al envase, sacas el rollo de papel, desatas la cinta con delicadeza, también con desenvoltura, y lees mi declaración de amor:

Te quiero, Mario, te he querido desde antes de conocerte, te he querido desde el principio de los tiempos. Colecciono jabones solo por ver cómo los envuelves encima del mostrador en papel de estraza mientras me siento un jabón más, compro aceitunas o pimiento a granel en míseras cantidades embebida en la elaboración de los cucuruchos, me pierdo en el juego de tus nudillos cuando desenroscas la tapa del bote de golosinas para los niños que, mientras espero, “Atiende, no tengo prisa” vienen y se van fugaces.

Quizá te sorprenda descubrir que quien firma la declaración soy yo, Mariana, la mejor amiga de Rosa, como así nos presentó ella en la plaza el día que llegaste al pueblo un tres de junio hace ocho años. Tú eras el chico de la capital que conoció cuando hacía un curso de contabilidad para gestionar mejor la fábrica de gaseosas y la tienda de ultramarinos que heredó de sus padres. Desde que te vi, con ese traje claro de lana fría y ese aspecto fino y cuidado, tan distinto a los chicos de piel atezada y manos rudas del pueblo, me colé por ti. Fue lo que se dice un amor a primera vista.

A partir de entonces he sido testigo incondicional de los acontecimientos más importantes de vuestra vida, la boda, pactada desde tu llegada al pueblo, el primero de ellos. Tengo grabadas a fuego algunas de las frases que Rosa recitaba desde el altar mientras sentía que no era ella, sino yo, quien las tenía que estar diciendo:

“Mi amado es para mí, y yo soy para mi amado… Grábame como un tatuaje sobre tu corazón, como un tatuaje en tu brazo… Porque es fuerte el amor como la muerte, y la pasión, tenaz como el infierno”.

Por eso cuando recibí las fotos en las que salía en compañía de ambos, recorté el rostro de Rosa y en su lugar puse el mío. Y a ella la coloqué a mi lado, y así permaneció hasta el día que me anunció que estaba embarazada y de pura rabia o impotencia o no sé, la quité definitivamente de las fotos y nos quedamos solos los dos. Solos en la foto, solos también en la intimidad cuando al acostarme, querido Mario, ponía en las sábanas unas gotitas de tu perfume con toques de bergamota que me llevaban a unirnos en carnal abrazo y sentir tus yemas jugueteando con mi sexo hasta hacerlo agua, hasta llegar a los profundo, hasta alcanzar la gloria para quedarse ahí detenidas en un espasmo de entrega amorosa. Aunque he de confesar que después de conciliar el sueño muchas noches me despertaba abrazada a la almohada y al sentir el pico de ésta rozando mis muslos, volvía a querer de nuevo. Así han sido mis años.

Pero no solo he asistido a los acontecimientos importantes de vuestra vida sino que además he participado de las confidencias que Rosa me hacía mientras tomábamos café o cosíamos o mirábamos revistas al abrigo de la mesa camilla, cosas que de seguro solo sabíamos los tres y nadie más: ese baño desnudos en la playa de Lanzarote en vuestra luna de miel, el estupor con el que ponías el oído en su tripa cada vez más hinchada –yo esa temporada cuando volvía a casa también me creía embarazada–, el temor con el que cogiste a la niña nada más nacer como si se fuera a quebrar en mil pedazos, o detalles más livianos pero para mí importantes, todo lo que te atañe para mí es importante, como esa manía por las corbatas bien planchadas y estiradas, el gusto por el licor de café tras la cena, o la afición por la literatura francesa del siglo XIX que yo secretamente espiaba y luego buscaba y leía a solas ¡Cuántas conversaciones mentales hemos mantenido a cuenta de los personajes y el escenario de la novela que en esos momentos te traías entre manos! No se me olvida, Mario, el día que te quedaste dormido en el sofá con un libro de Zola y te despertaste con un abultamiento en tus partes, me miraste, viste que yo te miraba, en ese intercambio de miradas quiero pensar que se cruzó el deseo y con disimulo, “Vaya me he debido quedar traspuesto, es tardísimo”, te levantaste y abandonaste el cuarto.

De lo que sí estoy segura es que mi necesidad de ti era cada vez más imperiosa. La de veces que pretextaba haberme olvidado la sal o el pan o los huevos, y llamaba a horas intempestivas a la puerta trasera de vuestra casa para sentir el roce casi imperceptible de nuestros dedos al recoger los alimentos que siempre, condescendiente y amable, me entregabas, también para oír tu voz, “Me lo pagas en otro momento, mujer” antes de reunirme, ya esas yemas tocadas, ya tu voz oída, con mi deseo insaciable como un pozo sin fondo.

Aunque cuando Rosa enfermó ya no necesité ninguna excusa para estar a tu lado pues todas las manos fueron pocas y mi presencia entonces se hizo casi constante: me dediqué a cuidar de la niña –irla a buscar al colegio, salir un rato al parque, ayudarla a hacer los deberes–, y a atender a Rosa contigo cuando perdió su autonomía: había que asearla, peinarla, hacerle cambios posturales en la cama, darle las medicinas, la comida. Lo hice por ella, es cierto, pero sobre todo lo hice por estar más cerca de ti. En el transcurso de esa enfermedad que se declaraba cada vez más letal vi un atisbo cada vez mayor de esperanza para mí, para nosotros, como una puerta que se abre al fin, pues cuando todo pasara serías libre.

Aunque después de la despedida emotiva en la tumba, las manos juntas, más prietas que nunca, “Jamás terminaré de agradecerte todo lo que has hecho por nosotros”, cada vez te noto más distante. El otro día al salir de misa me pareció percibir un brillo esperanzado en tu mirada, pero debió ser tal solo el reflejo de tus ojos en los míos, pues al despedirnos en la puerta de tu casa, quieto como un pasmarote, solo dijiste, “Bueno, Mariana, pues hasta otro momento”.

Y como no puedo seguir así me arranqué a escribí mi mensaje en una botella para que tú al leerlo sepas de esta locura de amor y atenazado silencio que necesita tan solo de una palabra tuya, que espero con ganas pero también con miedo, para sanarme.

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