Franquicia Francisco Franco

Por LUIS GRAU LOBO

A mi generación empezó a sonarle Franco el día que murió. Nos hizo ilusión porque suspendieron las clases y luego nos cabreamos porque la televisión no cesó de emitir desfiles y velatorios. Teníamos un familiar que brindaba y otro que quería ir a la cola del Palacio de Oriente. La mayoría disimulaba la angustia en las cocinas entre susurros y evitaciones.

Esta semana, con el interés por los grupitos ultra y el fiambre del dictador, ha habido un 20N más sonoro de lo normal. Pero siempre que llega esa fecha me acuerdo de una anécdota que no he podido comprobar si es real o no, pues el tiempo transcurrido desde que tengo noción de haberla leído en la prensa (entre 20 y 25 años) ha hecho infructuosa mi búsqueda (tampoco exhaustiva, debo confesarlo). En fin, ‘se non è vero è ben trovato’. Esta es la crónica: 20N. Comitivas desplazadas desde distantes puntos de España, en autocares y turismos, para reunirse en el Valle de los Caídos a honrar al dictador. Lunes. El lugar, como casi todos los monumentos de Patrimonio nacional y la mayoría de los museos, cierra los lunes. Los expedicionarios no lo han comprobado previamente. Cuando llegan, se monta un pequeño tumulto que pretende forzar las verjas. Alguien llama a la Guardia Civil. Al poco, se piden refuerzos porque el enfrentamiento cobra virulencia. Los franquistas acaban por disolverse (frase redonda, oye).

¿No me dirán que no es una historia ejemplar? Han propuesto muchas fechas, pero para mí aquel día dio término la Transición. De hecho, un cambio de régimen significa en buena medida un cambio de ubicación respecto a las porras de la policía. Aquello que parecía una página de ‘Martínez el facha’ hecha realidad (para los jóvenes: una historieta cómica de ‘El Jueves’) situaba el legado de la dictadura en el terreno de la viñeta burlesca. Pasa mucho con los hechos históricos, una vez pasados de cocción se convierten en astracanada o disputa de sabios alejandrinos.

Sin embargo, el franquismo, como franquicia estatal, ha dejado tras de sí un reguero de pufos, impagos y morralla sin recoger. Se han olvidado de cerrar algunos garitos, liquidar cuentas y compensar y disculparse con los afectados. Quedan nombres de calles y placas honrando a fascistas y golpistas (estos sí, en el correcto uso de ambas denominaciones), fundaciones consentidas y hasta subvencionadas, bienes robados que no regresan a dominio público, asesinados en cunetas de todo el territorio, exhibición impune de enseñas viles… Y lo peor de todo: una sociedad incapaz de aplicar la lógica democrática para dar carpetazo a esa vergüenza, con partidos políticos supuestamente modernos que se abstienen o critican cualquier iniciativa para cancelar de una vez asunto tan enojoso. El problema es que esto hace daño a personas, a la imagen del país y a una ciudadanía supuestamente liberada en la que un 20N debería ser motivo de exaltación, como mucho, de lo absurdo.

(Publicado en La Nueva Crónica de León el 25 de noviembre de 2018,
en una serie llamada “Las razones del polizón”)

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