El día de la bestia

Por LUIS GRAU LOBO

Ya somos europeos del todo. Ya tenemos votantes y escaños para un partido ultraderechista, de corte reaccionario cuando no fascista, que irrumpe con fuerza sorpresiva donde antes se suponía un baldío balsámico. Pero no. Los votantes inesperados, como las sorpresas electorales, no surgen de la nada, aunque su todo se explique a posteriori. En este caso, si todo el mundo coincidía en suponer que el simpatizante de este tipo de planteamientos se instalaba, incómodo pero acomodado, en el ala derecha del PP, de ahí su supuesta incomparecencia, resulta que el cachorro se ha hecho grande y este, por tanto, ha sido un destete previsible, aunque imprevisto. Muchos datos avalan este supuesto: la propia ubicación en el arco político del partido ultra; la procedencia de la mayoría de sus candidatos, exiliados sulfurosos del PP donde muchos de ellos tuvieron cargos y prebendas (empezando por el presidente de VOX, ricamente instalado en el gobierno de Esperanza Aguirre después de pasar por diversas instituciones vascas, siempre en el PP), y finalmente, pero no menos importante, la presteza del propio PP en disponerse a obtener su apoyo para gobernar. Sin un reparo, sin explicaciones ni recelos, fruto de una meditación que, si tuvo lugar, lo fue tiempo atrás o simplemente se ignora a la vista de los resultados. El PP vivía por encima de sus posibilidades. No solo se naturaliza esta opción política como una más (ante el pasmo del liberalismo y la mayoría de la derecha europea), sino que además el líder del PP ve exitoso su giro a la derecha constatado el avance de esta hijuela. Aunque igual afirmación podría hacerse sobre un hipotético giro al centro, por el avance de Ciudadanos. Si estos fueran algún centro, pues tampoco parecen hacer ascos a un apoyo de este nuevo grupo, lo que les inhabilita como centro alguno. El constitucionalismo es solo para las ocasiones.

Además de tantas elucidaciones como procuran explicar no sólo el auge en Europa de estos movimientos, sino también su triunfo electoral en países de gran importancia mundial, cabe señalar en el tardío caso español la existencia de una brecha generacional que quizás solo ahora comience a abrirse en canal. Una mayoría electoral que, por primera vez, generacionalmente, no ha conocido el franquismo. Como sucede en Portugal, el otro país a salvo –¿de momento?–, a la generación sometida a dictadura y a la de sus hijos posiblemente nunca pudo ocurrírseles votar una opción con un ideario tan afín. En este momento, tal y como se ha visto, hay quienes no observan ese límite y, en compañía de quienes no lo tuvieron nunca, vuelven a postulados trogloditas, abominables e injustos que el mundo consideró obsoletos hace décadas y en España habíamos derogado al menos desde 1975. Esperemos que la inmensa mayoría de esta nueva generación siga sirviendo de noble parapeto ante la bestia que ha acabado por salir de su cueva. No se sabe si vivimos el día de la bestia o el de la marmota.

(Publicado en La Nueva Crónica de León el 9 de diciembre de 2018,
en una serie llamada “Las razones del polizón”)

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