Querido diario (125)

© Ilustración: Avelino Fierro.

El autor abre las páginas todavía en blanco del nuevo año… y escribe hasta descubrir “la sintaxis entrecortada del invierno”, hasta volver a sumergirse en el eco de los días.

Por AVELINO FIERRO

Y comenzó el año sin hacerse notar. Los minutos discurrían de manera indecisa; avanzaban o se detenían, incluso caminaban marcha atrás por ver si enganchaban mejor en la rueda dentada de la máquina del tiempo. En mi cabeza estaba sucediendo algo parecido: los hemisferios, inquietos, se apretujaban y rozaban contra los muros de hueso. Un desasosiego. Nada parecía funcionar en su rutina de siempre. Ir hacia el futuro era costoso, casi provocaba miedo; volver atrás, embozarse bajo las sábanas en una estancia con imágenes del pasado –mientras seguían girando los planetas–, un desbarajuste, un cobarde desconcierto. También las casas sentían esos titubeos de las constelaciones, se resentían en sus entrañas. En el sótano, la caldera que inyecta el calor en las venas de las paredes era un continuo carraspeo; algunas tuberías goteaban.

Yo esperaba señales del mundo, de la atmósfera al menos. Una mañana, muy temprano, en que leía sobre psicopolítica digital y la web 3.0, algunas nubes aparecieron como una manada de cetáceos; el cielo era un perfecto mar azul surcado por ellos. Iban hacia el este, familias con sus cachorros. Y de repente, sobre la raya del horizonte –donde todavía había luces nocturnas que salpicaban las urbanizaciones de las lomas– salió el sol y todos sus vientres se tornaron bermejos. El mundo se había volcado, vuelto del revés, pues en el suelo la helada había pintado con brochazos blanquecinos un cielo gris de invierno. Así pasó un buen rato; un diapasón oculto marcaba un tono lento y sostenido. La luz se mantenía sin variaciones, quieta: una foto fija del Tiempo. Pasadas unas horas comprendí el porqué de aquel parón y que el mundo no latiera, que estuviera embridado: sin duda los cirujanos celestes habían aplicado su anestesia y trataban de reparar el corazón de la Tierra, sus ventrículos enfermos, el tic-tac de su sangre para que el soplo de la vida brotara de nuevo.

Empezaron a suceder algunas cosas. Aquellas cortinas se descorrieron; el quitanieves comenzó a rascar el hielo en las carreteras de montaña; Orión se elevó en la noche por encima de los bosques de hayas; en la cafetería, una adolescente temblorosa que esperaba retocó el carmín de sus labios; unas decenas de pájaros nocturnos velaban… Alrededor de nosotros se movía otra vez la sintaxis entrecortada del invierno.

Yo no había conseguido escribir ni una línea. Solamente tenía en el “haber” lecturas apresuradas para redactar la presentación de los ensayos de R.M., Unos cuerpos. Pero había estado paseando varios días entre la niebla. Volvía tarde a casa; la escarcha caía sobre mí y apelmazaba mis cabellos de forma irregular, como letras sueltas, briznas de un poema en endecasílabos blancos. Luces lejanas me entretenían, e imaginaba tras ellas fervores y corazones ocultos y parecían servirme de consuelo.

Removí, cambié en las estanterías algunos libros que ya moteaba el polvo: las cartas de un filósofo antiguo, el manual de un aventurero de salón, poesías (releí Noche triste de octubre, que era el poema perfecto para este compás de espera) y los manuscritos de guerra de un autor francés, otras virutas de taller. Un día pasé un buen rato viendo gotear una cohorte de carámbanos.

Me refugié en casa más de lo habitual. Anduve a veces descalzo para notar las impurezas de las tablas del suelo. Volví a estar inmerso en el eco de los días, en el curso de eso que llamamos vida. Fui perdiendo el miedo. Dejé de pensar que cada instante que pasa es también el último, aunque a veces volviera el recuerdo impreciso de aquel verso: Todo es ahora, y nada de nuevo.

 

  1. José Luis Avello Álvarez

    Leo lo que tú has visto. Y lo llevo a mis recuerdos, a las bermejas tierras del Moncayo: las de Vozmediano, Trasmoz y Los Fayos. Miradas, las mías, también del 2019, batidas por el Cierzo y de las que duelen en los ojos. Con tu lectura, recobré una parte de mis percepciones visuales hechas realidad gracias a los milagros de San Valero.
    La lectura te ayuda a saber que todos los días almacenamos, en nuestra memoria Ram, fragmentos de las distintas realidades de la vida. Y para ello se necesita un escribidor, alguien que complete lo que San Valero emprendió. Y así el prodigio se llevó a término.

  2. José Luis Avello Álvarez

    Y como dijo José Antonio Labordeta “…hacia el Oeste el Moncayo como un Dios que ya no ampara”.

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