Viajar es un placer

Por LUIS GRAU LOBO

Cerca de ochenta millones de personas han visitado por placer nuestro país el pasado año. Más del doble de sus habitantes han olisqueado nuestros tópicos y supuestas rarezas; nuestra supuesta idiosincrasia empaquetada y emplatada ha sido puesta a disposición de curiosos impertinentes que posiblemente se han ido como vinieron. Igual nos pasa a nosotros cuando salimos a dar un garbeo por ahí. Nada por aquí, nada por allá.

Algunos dichos populares caducaron hace tiempo, aunque se sigan utilizando con la molicie y comodidad de la rutina. Leer o viajar ya pocas veces destilan cultura o arreglan carencias intelectuales. Aparte de depender mucho de qué se lea (puede ser una montonera de tuits) y de cómo (y a veces, dónde) se viaje. Si el viajar curase algún dilema del espíritu y sublimara su sensibilidad, seríamos todos Stendhal: nunca antes viajamos tantos a tantos lugares. Sin embargo, el topos parece cancelado definitivamente. El mundo se ha hecho pequeño sí, pero sobre todo se ha hecho aburrido, previsible, empalagoso. Aquel elixir destilado de la moda de viajar para completar la formación de las élites europeas mediante el Grand Tour (de ahí turista) ha caducado. Ya no existen lugares desconocidos salvo los que se publicitan como tal y que, evidentemente, no lo son. Tampoco hay rutas alternativas, porque todas lo pretenden. Viajamos todos de igual manera y estamos a punto de acudir a lugares intercambiables, independientemente de dónde se encuentren. Nos instalamos en una burbuja estandarizada en la que se nos humilla en el aeropuerto y se nos apacenta en grupo. Nos llevan a lugares que convierten historias espantosas en teatrillos infantiloides. Nos hacemos ‘selfis’ divertidos sosteniendo la torre de Pisa o entrando el campo de concentración de Auschwitz.

Hay quien todavía se confiesa o se tiene por viajero invocando el mero hecho de hacer turismo en solitario o renegar de los viajes organizados. Suelen gustar de recitar a Cavafis cada vez que alcanzan un islote que creen recóndito, a cien metros de un Starbucks. Pero disfrutan de la previsión y servicios que esconde su teléfono o su estatus social: su supuesta rebeldía es electiva y trivial. Existe un montón de empresas dedicadas a ganar grandes cantidades de dinero gracias a ese afán viajero, sea del ciudadano normal que suele conformarse con apearse del autobús y un par de fotos para Instagram, sea del que gasta ínfulas y cena en una cantina cutre para disfrutar, si no del síndrome de Stendhal, del de Moctezuma.

¿Quedan viajeros? Sí: los inmigrantes que sufren padecimientos sin fin y mueren en ese mismo mar Mediterráneo que ya no existe sino en las leyendas griegas sobre éxodos terribles. Vienen de lugares adonde nadie quiere viajar o vivir y se encaminan a países repletos de turistas que apenas quieren verlos salvo en reivindicativos post que difundirán por las redes para asear su conciencia, preferiblemente en blanco y negro. El resto es Fitur.

(Publicado en La Nueva Crónica de León el 3 de febrero de 2018,
en una serie llamada “Las razones del polizón”)

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