JM López desde Siria / Jinwar, una comuna feminista para las víctimas del Estado Islámico

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Fatima Umm Nasrin, de 34 años, mira por la ventana de su casa, en la comuna de Jinwar, Siria. | JM LÓPEZ

El feminismo en Siria y en el Kurdistán existe. Y el fotoperiodista leonés JM LÓPEZ es testigo de ello con este reportaje, el segundo seguido que envía a TAM TAM PRESS con motivo del Día Internacional de la Mujer, y el tercero de la serie de su octavo viaje a ese país en guerra, para captar con su cámara el lado oscuro de una realidad que los medios de comunicación parecen haber renunciado a contar.

Por JM LÓPEZ
Jinwar (Siria)

“Vivir en un lugar reservado sólo para las mujeres, consiste en crear un modelo de sociedad alejado del poder opresivo del patriarcado, que limita nuestro desarrollo como personas”. Quien así habla es Nujin, integrante del Comité para la Creación de Jinwar. Esta joven activista, junto con un grupo de mujeres pertenecientes a distintas asociaciones, han puesto en marcha la primera comuna feminista de Oriente Medio, un espacio alternativo dedicado a todas las mujeres del mundo.

Un sueño hecho realidad después de varios años de trabajo y basado en la democracia, la diversidad y el ecologismo. “En la construcción de las casas han participado todas las mujeres. Los materiales utilizados son tierra, barro, forraje y madera, todos productos naturales que no contaminan ni dañan el medio ambiente. Asimismo, la electricidad la obtenemos de fuentes de energía renovables, principalmente la solar”, explica Nujin.

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Bedra Darwish, de 35 años, juega con dos de sus siete hijos en la cocina de su casa, en la comuna de Jinwar, Siria. | JM LÓPEZ

La comuna se dispone de forma triangular y alberga 30 casas, de una, dos y tres habitaciones. Abrió sus puertas el 25 de noviembre de 2018, coincidiendo con el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, y hasta la fecha doce de ellas ya han sido ocupadas por mujeres kurdas, yazidíes y árabes, pero se espera que lleguen muchas más con el comienzo de la primavera. “Todas son bienvenidas, sin diferencia de etnia o religión. Será también un refugio para las que sufren abusos de cualquier tipo y un hogar para las viudas con hijos que perdieron a sus maridos durante la guerra, así como para todas aquellas que se quieran alejar de la sociedad capitalista”, asegura Nujin.

Fatima Umm Nasrin tiene 34 años. La vida de esta mujer kurda cambió hace cuatro años, cuando su marido murió en Kobane luchando contra el Estado Islámico. Desde hace tres meses vive en Jinwar. “Yo ya era una mujer activista y conocía este proyecto, por eso decidí venir. La idea de vivir en una sociedad autosuficiente para mí significa libertad”, dice, mientras sostiene en brazos a la más pequeña de sus seis hijas. “Vengo de una ciudad conservadora y mi familia es muy tradicional, allí no permiten que las mujeres sean independientes, pero yo trataré de educar a mis hijas de otra manera, para que tengan éxito en la vida. No me pienso volver a casar otra vez, me he enamorado de Jinwar y le quiero dedicar mi vida”, afirma.

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Vista parcial de las casas que forman en triángulo la comuna de Jinwar, en Siria. | JM LÓPEZ

La comuna cuenta con los servicios básicos para que sus habitantes se puedan administrar por sí mismas. Las mujeres trabajan el campo, cuidan del ganado, reciben cursos de formación y educan a los niños en la escuela. Además, hay una panadería, biblioteca, dispensario de medicina natural y una cocina comunal en el centro de la aldea, junto con un parque para que los más pequeños puedan jugar. Está previsto que en verano finalicen las obras de construcción de una piscina, donde todas las residentes podrán bañarse, una actividad reservada solo a los hombres.

En una esquina del triángulo que forman las casas vive Hawan Suli, nombre ficticio para preservar su identidad. Vivía en Suleimaniya y la primera vez que se casó contaba 13 años. “Yo era muy joven y no sabía nada de la vida, ni lo que significaba estar casada. Mi marido era un abusador y me pegaba mucho, con él tuve cinco hijos. Me divorcié y me volví a casar otra vez. A mi segundo marido le dije que estaba viuda, para que me aceptara, y pasé a ser su segunda esposa, pero la situación no mejoró. He sufrido mucho. Mi experiencia con los hombres ha sido muy mala”, recuerda apesadumbrada, “traté de suicidarme dos veces rociándome con gasolina, pero la gente me lo impidió”.

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En el Kurdistán iraquí son frecuentes este tipo de casos y que no reciben ningún apoyo del gobierno, las autoridades se limitan a recluirlas en casas de acogida que son más bien una cárcel. Hawan aguantó un mes allí hasta que decidió huir sin decírselo a nadie. “Descubrí Rojava por la televisión, entonces me puse en contacto con un partido político cercano al YPG y ellos me trajeron a través de Sinjar”, asegura, y continúa con su relato: “Al principio fue un poco difícil para mí porque estaba sola y hablo un dialecto kurdo diferente, pero ahora me siento muy bien con estas familias. He aprendido a hacer cosas, trabajo en la panadería y en el campo. Le diría a otras mujeres que tratan de suicidarse que hay otras soluciones como Jinwar, a todas las animo a venir aquí para liberarse a sí mismas”.

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La mascota de la comuna descansa en el centro de formación para mujeres donde las residentes reciben cursos. | JM LÓPEZ

La comuna se autogobierna a través de un consejo asambleario que se reúne una vez al mes, donde las mujeres pueden aportar ideas nuevas para mejorar la convivencia; todas las opiniones son escuchadas y todas tienen el mismo valor. También es el momento adecuado para repartir las tareas, que van rotando para tener las mismas posibilidades de aprender los diferentes oficios.

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Una vecina de Jinwar barre la entrada de la cocina comunal, situada en el centro de la ecoaldea. | JM LÓPEZ

La idea es que este proyecto no sea el único y que pronto haya más ecoaldeas en todo el Kurdistán sirio. El origen está en la creación de las YPJ, o Unidades de Defensa de la Mujer, un ejército de mujeres kurdas sin precedente en el mundo árabe que se alistaron cuando comenzó la guerra civil en Siria. La lucha armada junto con los hombres las igualó a ellos, y la lucha social las liberó del patriarcado.

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Simar, de 10 años, hace los deberes escolares en el salón de su casa, en la comuna de Jinwar, Siria. | JM LÓPEZ

A 60 km de Qamishli, entre campos de cultivo y árboles frutales, se encuentra Jinwar. Lejos del frente de batalla, donde el Estado Islámico ve desaparecer su temido Califato, nace esta ecoaldea para ser un remanso de paz, amor y convivencia. “La comuna no es un espacio cerrado”, explica Nujin, “sus habitantes pueden entrar y salir cuando quieran y se permite la visita a todo el mundo, eso sí, los hombres no pueden quedarse a dormir”.

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Hawan Suli, nombre ficticio, se cubre el rostro con sus manos para no ser reconocida en el salón de su casa, en la comuna de Jinwar, Siria. | JM LÓPEZ

“La única oportunidad de tener una vida mejor era venir a Jinwar”, argumenta Bedra Darwish. Ella es árabe, de la provincia de Deir Ezzor. Tiene 35 años y siete hijos. Su marido murió hace un año combatiendo al ISIS y no podía cuidar de todos sola. “Yo viví con el Estado Islámico y la situación para las mujeres era muy difícil, siempre tenía que ir cubierta y no podía hacer nada. Mi marido también estaba cansado del ISIS, por eso, en cuanto tuvo una oportunidad, se alistó con las YPG. Nunca podré volver a casarme porque con tantos hijos ningún hombre me quiere”, se lamenta. “Para mí esta es la primera experiencia de tener un poco de libertad, nadie me dice cómo tengo que vestir, ni lo que tengo que hacer. Mi vida es completamente diferente ahora. En Jinwar hay kurdos y árabes, y todos nos llevamos bien, yo no entiendo el kurdo pero la gente me ayuda con la traducción. Si ahora volviera a mi pueblo ya no sería aceptada, por eso he decidido quedarme aquí para siempre”, concluye.

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