Orquídea azul

© Fotografía: Óscar García Bárcena.

Nuevo relato de Sol Gomez Arteaga, dentro de su sección “Trazos de sombra” sobre el sufrimiento relacionado con los misterios y desórdenes de la mente. “Escuché hace unos días que un psicópata es aquella persona que quiere quemar el mundo y creo que es una definición bastante acertada”, comenta la autora sobre el texto que nos envía, y añade: “A mí me cuesta mucho meterme en la piel de alguien así, por eso he escrito este nuevo ‘trazo de sombra’ en un plano más simbólico que real. En el texto el horror conserva, al menos esa era mi intención, un punto de belleza”. / Ilustrado con una fotografía de ÓSCAR GARCÍA BÁRCENA.

ORQUÍDEA AZUL

Por SOL GÓMEZ ARTEAGA

Lo bello es el comienzo de lo terrible
que todavía podemos soportar.
R. M. Rilke

J. observa el cielo plagado de nubes mientras escucha la sinfonía nº 1 en Do mayor de Beethoven. Entra en el invernadero que hizo construir en medio de la terraza del ático y contempla con arrobo el casi centenar de orquídeas que crecen en su interior. Sabe todo de estas plantas y cualquier cambio, por insignificante que sea –el agrietamiento de una hoja, un giro del tallo en el crecimiento–, es advertido por su atenta mirada.

En un cuaderno de pastas duras ha ido registrando las características de cada orquídea, momento en que fue adquirida, especie, procedencia, plan de cuidados. Hace un mes viajó al sur del Nepal en busca de una especie única, la vanda coerulea, que se ha convertido en la reina del invernadero. Isis, llama a la orquídea azul y no pasa un día sin que la susurre palabras que solo él sabe lo que significan, que parecen hechas para la planta. Va a tocar sus pétalos, pero en el último momento su mano queda suspendida en el aire.

A través de la pared acristalada contempla los tejados de pizarra, las cúpulas de los viejos edificios rematados por agujas y se topa con el enorme reloj, testigo impenitente del tiempo, que hay bajo una de ellas. Las siete y cuarto. Es la hora. Una leve, casi imperceptible crispación, altera su rostro. Por ganas no iría a trabajar, por ganas se quedaría. Pero no puede. Dejando atrás los acordes de la música sale del apartamento, baja en el ascensor los once pisos que hay hasta la calle y con paso firme camina entre anónimos viandantes. Este trabajo se le está atravesando, cinco días son muchos días, es la primera vez que le pasa algo así. Avanza por calles poco transitadas y de pronto un niño le tira de la punta de la cazadora.

“Deme algo, señor”.

Se detiene, le da un billete grande. El niño echa a correr temiendo acaso que el hombre se arrepienta de su generosidad y J. sigue con paso decidido hasta llegar a un callejón lúgubre. Antes de adentrarse en un portal abierto de par en par, lleno de desconchones, escucha a lo lejos el lamento de un recién nacido. Baja las escaleras que conducen a un sótano con olor a humedad. Con los nudillos golpea tres veces una puerta. Abre un hombre jorobado, el mismo desde hace diez años que, sin dirigirle la palabra, le conduce al cuarto de paredes de barro levemente iluminado por una bombilla donde un joven permanece sujeto por las muñecas a una argolla del techo.

“Nada”, solo dice el jorobado, “está igual que ayer”.

Antes de entrar J. deja en una percha su cazadora de cuero y se pone su bata blanca.

Se acerca al joven que en esos momentos mantiene la cabeza inclinada hacia adelante. No reacciona a su llegada. Probablemente ni siquiera le haya oído. J. le estudia durante largo rato. Es extremadamente delgado, tiene el cabello largo y rizado, pero pese a su aparente fragilidad sabe que no es una presa fácil. De hecho, nunca se encontró a nadie con tanta capacidad de resistencia. Es evidente que ha sido adiestrado para el dolor, aunque todas sus víctimas, en buena medida, lo están. Tal vez lo que está fallando es algo que tiene que ver con él mismo.

Blandiendo el bisturí le tira del cabello hacia atrás. El cuello del joven se tensa.

“Hoy vas a hablar, sí o sí, ¿me oyes? ¿quie-nes-son-tus-com-pa-ñe-ros?”

El joven ni se inmuta.

“¿Quiénes, DÍ?”

J. le hace un corte profundo en la mejilla con el bisturí, unos gruesos goterones de sangre caen al suelo y, ahora sí, el joven abre los ojos y le atraviesa con su mirada azul. Mantiene su mirada clavada en los ojos de J. y J. se estremece. Le suelta. Abandona el cuarto como una exhalación. Deja la bata, se pone su cazadora de cuero. En el bolsillo introduce el bisturí manchado de sangre.

“Vuelvo mañana”, le dice al jorobado dirigiéndose con grandes zancadas a la salida. “No permitas que duerma”.

Cuando alcanza la calle el cielo está plagado de destellos rojos. Dejando atrás el lamento del recién nacido, camina veloz por callejuelas oscuras. Una mujer se acerca ofreciéndole sus servicios, J. la aparta con violencia. Sigue andando hasta adentrarse en el bullicio de la ciudad y sus iluminadas avenidas.

Cuando llega al apartamento solo tiene un objetivo: el azul, el azul, la orquídea…

 

  1. Pilar Serrano

    Muy bonito Sol. Me gustan las descripciones de los lugares por donde pasa J, sus sentimientos de amor y violencia, el desorden en su cabeza. El relato tiene mucho interés desde que empieza hasta que acaba. Enhorabuena Sol.

  2. Sol Gómez Arteaga

    Gracias, Pilar, compañera de avatares de escritura y personajes tan reales para nosotros (o más) que algunas personas de carne y hueso y corazón palpitante. Nuestro lexatin, que siempre decías.

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