JM López desde Siria / Las esposas del ISIS ya no tienen quien las quiera

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Mujeres caminan por el campo de desplazados internos de Al Hol, en la provincia de Hasaka, Siria. | JM LÓPEZ

El fotoperiodista leonés JM López muestra la realidad de las mujeres en un país con tantos problemas como Siria, desde donde explica con sus imágenes y sus palabras la situación actual, ahora desde la perspectiva que da el Día Internacional de la Mujer.

Por JM LÓPEZ
Al Hol (Siria)

Mientras las Fuerzas Democráticas Sirias, con la ayuda de una coalición internacional liderada por Estados Unidos, continúan avanzando sobre el último bastión del Estado Islámico en la aldea de Baghuz, cientos de civiles entre los que se encuentran numerosas familias de combatientes extranjeros, huyen de los combates. Su destino es el campo de desplazados internos de Al Hol, situado en la provincia de Hasaka.

Hasta aquí ha llegado Leonora Lemke con sus dos hijas: Habiba, de 16 meses, y María, de tan solo 20 días. “Cuando vine a Siria tenía 15 años. Me escapé de mi casa en Alemania porque quería vivir bajo las reglas del Islam, ahora empiezo a darme cuenta del error que cometí”, dice apesadumbrada, y continúa: “Me casé con mi marido días después de llegar al territorio controlado por el ISIS, pero él no es un combatiente, se dedicaba a reparar ordenadores portátiles y yo era ama de casa”, explica, mientras sostiene en brazos a su hija mayor.

Lo cierto es que tanto para ella como para su esposo, que permanece detenido en la cárcel, el futuro no es muy prometedor. Alemania, al igual que muchos países europeos, se ha mostrado reticente a acogerles ante la falta de una legislación apropiada para este tipo de casos. “Fui muy ingenua. Pensé que eran un estado fuerte que cuidaría de sus ciudadanos. La realidad es que al final ya no tenía nada que dar de comer a mis hijos”, se lamenta.

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Leonora Lemke sostiene en brazos a su hija Habiba, de 16 meses, en el campo de desplazados internos de Al Hol, en la provincia de Hasaka, Siria. | JM LÓPEZ

Deja de llover y un enorme arco iris asoma sobre el horizonte de tiendas de campaña que conforman este campo de desplazados, cada vez más saturado. Las esposas de los combatientes extranjeros tienen reservado un sitio aparte del resto de civiles sin hogar. Hasta el momento hay registradas 566 familias. Un total de 1.800 personas entre mujeres y niños de 40 nacionalidades diferentes. Con tal mezcla de culturas e ideologías no es difícil de entender que ya hayan surgido los primeros enfrentamientos. Las mujeres procedentes de países europeos se quejan de que las de origen caucásico y las tunecinas les están haciendo la vida imposible.

Lisa Andresson es de Suecia. Sus preciosos ojos verdes y su tez pálida, vistos entre las telas del niqab, no dejan lugar a dudas. Según su relato, esta joven de 29 años llegó a Siria un año antes de que existiera el Estado Islámico, en 2013. Comenzó viviendo en Raqa, pero luego fue cambiando de ciudades a medida que el Califato iba perdiendo su territorio, hasta acabar en Baghuz. “Vine aquí siguiendo a mi marido para ayudar a la gente porque había visto las condiciones en las que estaban los hospitales, luego me vi atrapada en esta situación. Antes de conocerle a él hacía un año que me había convertido al Islam. Ahora esta en la cárcel”, comenta, mientras uno de sus hijos juguetea entre sus pies. “No entiendo cómo la gente me puede llamar terrorista, yo solo he vivido mi vida y no soy culpable de nada. Una vez que estás dentro ya no te puedes ir voluntariamente, yo me escapé hace dos meses. Al final ya no teníamos nada que llevarnos a la boca, he sobrevivido comiendo las hierbas del campo”, asegura.

Las condiciones en el campo este invierno han sido especialmente duras, el frío, la mala alimentación, y una atención médica deficiente han provocado la muerte de más de 30 niños. En los últimos dos meses han llegado 24.000 personas, cansados y desnutridos, triplicando así su población. Lisa tenía una hija de un año que murió el mes pasado. “El único beneficio que he sacado viniendo aquí ha sido tener a mis hijos, que son lo más importante para mí. He cambiado, soy una persona diferente. Quiero volver a mi país pero se que mi país no me quiere. Solo pido que me perdonen por lo que hice. Mi vida en este campo es un infierno. Me siento triste, humillada y descorazonada”, concluye entre sollozos.

Con sus maridos muertos o en la cárcel, el destino de estas mujeres y de sus hijos es permanecer en un limbo legal por un tiempo indefinido. Nadie sabe cuánto. Todas ignoraban las consecuencias que podría tener su decisión y muy pocas son las que reconocen haber venido a combatir con el Estado Islámico. Una de ellas se hace llamar Fátima y es de Chechenia. “Vine aquí porque estaba interesada en formar parte del Califato. Enseguida me casé con un yihadista australiano que se llamaba Mohammed Walid y que fue asesinado en combate. Tengo un hijo de 3 años y ahora me arrepiento de todo. Traté de escapar varias veces y por eso estuve arrestada 5 meses en la cárcel”.

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Lisa Andersson, de 29 años de edad, permanece al lado de su tienda en el campo de desplazados internos de Al Hol, en la provincia de Hasaka, Siria. | JM LÓPEZ

Tanto el presidente Donald Trump como las milicias kurdo-árabes han pedido a los países de origen que se hagan cargo de sus yihadistas, que se los lleven, o que creen un Tribunal Internacional para juzgarlos, ya que estos podrían quedar en libertad tras la inminente derrota del Califato. Hasta el momento no hay ningún español en la lista, pero sí se sabe que más de un centenar de hombres y mujeres se sumaron a grupos yihadistas en Irak y Siria en los últimos 6 años.

Quizás el caso más mediático sea el de Shamima Begum, también recluida en este campo. Esta joven británica huyó de su hogar con dos amigas cuando tenía 15 años, llegó a Siria y, a los pocos días, se casó en Raqa con un yihadista holandés de 27 años. Tras vivir cuatro años en el Califato abandonó la localidad de Baghuz hace unas semanas. Pese a no mostrar síntomas de arrepentimiento exige a su país que la acepte porque está embarazada, y amenaza con emprender acciones legales. Antes ya tuvo otros dos hijos que murieron por desnutrición.

Un grupo de niños sucios y mal vestidos corretean por el barro. Otros juegan a fútbol en una improvisada cancha con porterías imaginarias. Aquí no tienen otra cosa que hacer, no hay escuelas a las que ir ni maestros que expliquen la lección. Los más hacendosos llevan agua desde el depósito hasta sus tiendas de campaña utilizando cualquier recipiente. Los diferentes tonos de piel, así como los ojos rasgados, confirman sus múltiples nacionalidades.

Desde Azerbayán llegó Shalima con su marido para unirse al Estado Islámico hace cuatro años. “Vinimos buscando una vida mejor que la que nos ofrecía nuestro país, nos creímos lo que decían los vídeos de propaganda. Mi marido murió durante un bombardeo y yo tengo dos hijos por los que luchar”, relata, con la mirada perdida en el suelo, antes de finalizar diciendo: “Llegué al campo hace dos meses y me arrepiento de haber venido a Siria, pero fue la decisión de mi marido. Yo sólo le seguí. Ahora quiero volver a casa con mi familia y regresar a mi vida anterior”.

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