“Compañía”

© Fotografía: Óscar García Bárcena.

Nuevo relato de Sol Gomez Arteaga, dentro de su sección “Trazos de sombra” sobre el sufrimiento relacionado con los misterios y desórdenes de la mente. El tema de fondo, en esta ocasión, gira en torno a “la negación o la incapacidad de ver la realidad tal como se nos presenta para vivir otra realidad imaginada, más grata y reconfortante, que es también una defensa frente a lo inasumible de la vida”. / Ilustrado con una fotografía de ÓSCAR GARCÍA BÁRCENA.

COMPAÑÍA

Por SOL GÓMEZ ARTEAGA

Han pasado quince años desde que Juan la abandonó. Pero como todos los días a las cinco de la tarde, Fanny pone un mantelito de punto de cruz que ella misma confeccionó y dos tazas de té decoradas con motivos florales sobre la mesa camilla, en la que hoy reposa además un sobre apaisado con su nombre y apellidos.

Sirve el té humeante en ambas tazas. Con un levísimo temblor de manos acerca su taza a los labios, mojándolos apenas.

—Hoy en la pescadería han dicho que Aurora se ha separado —sorbe con fruición, posa la taza y añade, displicente—. Se veía a la legua que ese matrimonio no iba a funcionar. Él era un aprovechado que iba por el dinero y Aurora una mujer rica, pero sin gracia, que no quería quedarse para vestir santos, y cuando el negocio familiar fracasó él salió por patas —tras un silencio, continúa—. Hoy llegó esta carta. Es raro. En el remite pone que es del hospital de Santa Fe. Y ese… Um, es un hospital de terminales.

Mira las brasas encendidas y rojas. Le gusta el fuego, le tranquiliza, por eso, pese al esfuerzo que supone cargar la chimenea y limpiarla, la mantiene encendida todos los meses del año. Ella misma se encarga de agenciarse la leña, de cortar con el hacha los troncos más grandes, de hacer con las ramas palitos pequeños. Muchas noches duerme en el sofá que hay junto a la chimenea en vez de hacerlo en la cama, ha descubierto que el fuego es el mejor somnífero. También el mejor tranquilizante. Cuando algo la desazona se reconcentra en él. Y él la calma y la evade de lo feo de la vida. Hoy, sin embargo, no puede quitarse de la cabeza la llamada de su hija.

—Llamó la niña, dijo que venía el fin de semana a dar una vueltina pues tenía algo que contarme… de tu enfermedad, dijo, como si yo no supiera, ja, que estás más sano que una pera limonera. No quería seguir escuchándola así que le dije que se me quemaba la comida y colgué.

Fanny no soporta que su hija se inmiscuya en sus asuntos; cada vez que ella viene lo pone todo patas arriba, le mueve las cosas de sitio, le tira trastos que considera que están viejos. La última vez tuvieron una pelotera tremenda cuando su hija descubrió que la caja de pastillas seguía intacta desde su última visita. Para que se callara le prometió que las tomaría y que la próxima semana iría al médico, pero cuando la vio alejarse en su Citroën rojo por el camino de tierra respiró aliviada. “Mi hija que haga su vida y deje a los demás hacer la suya”, pensó. Acto seguido se dirigió al contenedor a recoger lo que le había tirado. Vaya susto que se pegó al intentar volcarlo, por poco se cae, pero no, recogió los cuadros, las fotos, la ropa y los devolvió a su sitio, donde siempre habían estado. De eso hace dos meses. Menos mal que la niña, destinada en un pueblecito de Granada como profesora, no puede venir con la frecuencia que quisiera.

Bebe lo que le queda de la taza, coge la carta y sin abrirla la lanza al fuego.

—Hale Hop! —exclama con voz impostada.

Se levanta, ríe estrepitosamente. Da vueltas sobre sí misma en medio de la estancia en un baile rocambolesco, desaforado, impropio. Cuando se detiene nota que se marea. Se acerca a la ventana para contemplar el ciruelo en flor que ya se encontraba en el patio cuando Juan y ella entraron a vivir a la casa hace cuarenta y nueve años.

Se vuelve. Sonríe con sonrisa grande y tontorrona al lugar donde reposa la taza con el líquido marrón, intacto y frío. Luego contempla la fotografía de ambos enmarcada en la pared, ella vestida con un traje de novia de organdí, los labios entreabiertos, mirando a un punto incierto; él, mirándola a ella. Tan enamorados. Una fotografía que también rescató de la basura, su hija no tiene corazón, y volvió a poner en su sitio.

—¿Recuerdas, Juan, cuando nos conocimos?

Solo se escucha el sonido del fuego, el crepitar de la leña consumiéndose.

La expresión del rostro de Fanny es tan triste que parece que en cualquier momento fuera a echarse a llorar; sin embargo, de sus labios entreabiertos brota inopinadamente la misma sonrisa ingenua y esperanzada que se puede apreciar en la fotografía de la pared, como si entre esa fotografía y hoy no hubiera pasado el tiempo. Con voz meliflua, susurra:

—No se me olvidará nunca, Juan. Era abril, nevaba.

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