Envío 35 (nieve negra, ciudadanía, al que camina hacia atrás…)

Guzmán el Bueno (León). Fotografía: Rafa Murciego.

Por ILDEFONSO RODRÍGUEZ

Estaba yo en la estación, a la espera de un tren. En un poste amarillo se leía: OPRIMA AQUÍ PARA SOLICITAR AYUDA, sobre un botón rojo. Había también un recuadro con bultitos, grumos, puntos en relieve; parecía un circuito integrado. Era escritura para ser leída con los dedos, sistema Braille. Entonces puse allí los dedos, repasé, rocé sin oprimir, quería leer algo. Cerré los ojos tratando de imaginar la oscuridad del ciego que pide ayuda. ¿Quién oiría esa llamada, en la distancia, en una habitación que me resultaba inimaginable? ¿Sería una señal acústica o luminosa, una luz encendida?
Mi juego en el andén fue como ser asaltado; era pura soledad, las ganas de llegar a casa.

Nieve negra, montones de nieve carbonizada en las aceras. La nieve de la postal en la ciudad se ennegrece, se acabó el prestigioso paisaje nevado.
Lo más hermoso del nevar es el gris que se le pone al cielo, como si el firmamento hubiera desaparecido y el mundo sideral estuviera reducido a esa lechada tan cerca de nuestras cabezas. El cielo que nieva es casi un cielo de cocina.

Ciudadanía. El ateniense anónimo que se cruzó con Platón y le hizo sombra, por un instante. ¿Qué personaje alzado no tuvo ese instante de sombra por causa de un hombre o mujer anónimos, de un esclavo, de un asno que pasaba por allí?

La Costa Azul en León. Los bares que la recorren, el Mónaco, el Montecarlo, el Niza, San Remo…
Cosmopolitismo elegante en los bares leoneses de postín.

Una mujer alta y delgada (como aquella de la canción), muy erguida, con aspecto de ser o haber sido señora de clase alta, sí, abrigo de paño, un loden, la cara enrojecida por el frío, el pelo recogido en una trenza larga y gruesa, muy bien anudada.
Muy derecha, con un cuenco de plástico a sus pies, calzados con botas de ante, está soplando en una armónica pequeñita, casi sin aliento. Repite en un bucle la misma melodía simple, infantil, las tres notas de un acorde mayor, mecánicamente, es un signo del mal mental.
El primer que la vi día no me acerque a ella, me dio algo parecido al miedo.
Al día siguiente allí estaba, en el mismo cuadrante del suelo, la misma baldosa. Me acerqué, me fijé en más detalles y puse unas monedas en el cuenco. No hizo ningún gesto, no cambió en nada su expresión, la melodía, la postura.
Un buen cuentista haría de esa figura el origen de una indagación. Aunque fuera de un modo imaginario, le restituiría eso que solemos llamar humanidad, sería menos estatua que en este apunte rápido.
Muchas de las imágenes y figuras que salen en este álbum son eso, estatuas en la calle, aunque a veces hablen o miren. Estatuas vivientes, dontancredos. Todas merecerían la indagación, un esfuerzo de escritura mayor.
Sólo que yo, el que las ha visto, se ha fijado, las ha descrito, desconfío de la legalidad que pueda tener semejante esfuerzo, ya agotado por tanto realismo, psicologismo, sociología. ¿Inventarles sus propias palabras? Tal vez este álbum sea obra no solo de un mirón sino de un entomólogo con sus alfileres…
Lo importante sería hacerles hablar y saber yo escuchar de cada una su historia.

Le han estado lavando la cara al feroz Guzmán, con su puñal fálico, apodado el Bueno. 

En el autobús, con la radio puesta, voy pensando: aquí, una vez más, defendiéndome como puedo de la Cadena 100 y los 40 ladrones.

Gestos. Esos que estando parados (su compañera se paró a hablar con una conocida) dan un giro de 360º sobre sí mismos. Lo interpreto como signo de chulería canina o de disturbio nervioso.
O esos que caminan con las manos recogidas, los dedos hacia arriba, queriéndose agarrar las bocamangas. Un andar tan cuidado, tan esmerado, de monje lego.
Y todos los que tarde o temprano desfilamos por las alfombras de El Corte Inglés, verdes, rojas, somos los ciudadanos y ciudadanas ejerciendo nuestro derecho mayor, el consumo. Así somos tratados como príncipes, ponen alfombras a nuestro paso.
(¡Cómo satisface un recuento!).

Al que camina hacia atrás (o, en mi caso, se ha sentado en el autobús en sentido contrario a la marcha) el paisaje siempre le parece nuevo. El mundo. Lo ha escrito Eduardo Milán: “ver el Sur sin dar vuelta a la cabeza”.
También José Manuel Arango en su poema BLANCO:

Otra vista a la ciudad.
Como el revés de un sueño.

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