Homenaje a Miguel Ángel Ibáñez (1) / La SAFA, una escuela para alumnos críticos

Grupo de alumnos de La SAFA en 1971. Fotografía: Carlos Rojas.

Homenaje a Miguel Ángel Ibáñez (1)

La SAFA, una escuela para alumnos críticos

Finales de la década de los 60. En la comarca de las minas de Riotinto (Huelva), una escuela de Formación Profesional –La SAFA– desafía las leyes de la gravedad educativa del momento. Emprende una profunda reforma educativa, revolucionaria, para romper con la desazón general en que viven instalados sus estudiantes. La dirección de la escuela y los profesores ponen al alumno en el centro del proceso educativo. Las clásicas aulas donde el profesor explica a los alumnos el libro de texto son sustituidas por reuniones en grupo para realizar puestas en común en las que se aclaran dudas; suprimen los exámenes y las notas; alivian a los chavales eliminando las tareas para casa con un argumento de cajón: si los mineros no llevan el trabajo para casa, ¿por qué tienen que hacerlo los chicos de la escuela? Los resultados sorprenden a padres y estudiosos de la ética, la educación y la sociedad.

Este es un homenaje a Miguel Ángel Ibáñez, promotor de la SAFA-Riotinto, jesuita de extraordinaria finura intelectual, pedagogo militante y persona intensamente comprometida con los pobres.

Por ISAAC MACHO

Miguel Ángel Ibáñez murió a los 94 años, meses atrás. Tuvo su primer contacto con La SAFA-Riotinto, propiedad de la empresa minera, a finales del curso 1960/61 y prolongó su estancia en la escuela hasta terminar el curso siguiente. En ese tiempo participó de aquel ambiente de ilusión y entusiasmo ya que, según escribió, los alumnos “se sentían felices y orgullosos y se aplicaban a su formación con verdadero entusiasmo”. Allí empezó a hacerse realidad el primer sueño de aquel visionario pedagogo.

La fundación civil Escuelas Profesionales de la Sagrada Familia (SAFA) es una institución con más de 75 años de historia, gestionada por la Compañía de Jesús, que actualmente cuenta con 27 centros, 20.000 alumnos y 1.500 profesores. Educa a la población desfavorecida de Andalucía, desde Infantil a Bachillerato y dispone de una amplia oferta de Formación Profesional.

Ibáñez estuvo en Riotinto hasta finalizar la temporada 61-62. Enseguida fue destinado a la misma institución en Andújar (Jaén). Siete años después, regresa, de nuevo, como director general de las escuelas de Primaria y Formación Profesional. En ese instante (curso 1969-70) ni el espíritu de los chavales ni la filosofía educativa eran los mismos en el centro de FP que cuando el jesuita los había conocido. En esta segunda etapa, vivió de cerca “el lamentable despertar del primer sueño pues me encontré con una escuela que era lo contrario de lo que había dejado en 1962”, manifestó.

¿Qué había pasado para que se produjese esa radical trasformación? Con cierto tono de humor, el padre Ibáñez comparó la situación con las lunas de miel y estas, advirtió, “no duran mucho”. Lo que sucedió durante estos años fue que, por una parte, cambió el director local de la empresa, un empresario-funcionario con tintes totalitarios, que consideraba la escuela como un departamento más de la firma minera.

Por otro lado, se habían creado en la cuenca nuevos centros docentes (un instituto de Enseñanza Media, un colegio Libre Adoptado, becas para Universidades Laborales, etc.) y la escuela SAFA se había convertido en una opción más entre otras ofertas al término de la Enseñanza Primaria.

Ese progresivo deterioro, como queda reflejado en el libro La empresa contra la Escuela, realizado por los propios profesores de La SAFA, también guardaba relación con la “dura selección que hacía el centro, orientada a formar a 25-30 oficiales que luego se incorporarían a las plantillas de Minas de Riotinto”, recuerda Tomás Alberdi, director de la escuela de Formación Profesional.

Alberdi apunta, además, que el elemento más negativo del comportamiento en ese momento de los alumnos era “su pasividad”, una característica muy extendida, por otra parte, en el ámbito educativo.

Autonomía para los alumnos

Romper con esa tendencia y devolver la autoestima a los jóvenes estudiantes supuso introducir cambios de enorme calado en la estrategia educativa de este centro de enseñanza. Una verdadera revolución frente al sistema sostenido en los años anteriores, una reforma de gran envergadura.

Para esa nueva dinámica se buscaron experiencias educativas que estimularan la autonomía de los alumnos así como su desarrollo personal. Se sustituyeron los exámenes, las clases magistrales y los deberes en casa por fichas personalizadas, trabajos en grupo y distintas actividades orientadas a la reflexión y el diálogo asambleario.

Por si fuera poco, desaparecieron casi por completo las llamadas clases magistrales, se suprimieron los libros de texto que desarrollaban los programas, no había notas y las normas disciplinarias de comportamiento se elaboraban entre todos los estamentos de la comunidad educativa.

Los jóvenes profesores introdujeron el tratamiento de “tú” en lugar del acostumbrado “usted”, en las relaciones alumno-profesor, y aquello que podía ser, para la época, raro y hasta “escandaloso”, no supuso rebajar el nivel de respeto hacia el profesorado. Al contrario.

¿Cómo funcionaba, pues, esta escuela tan singular, fuera del statu quo establecido? Los alumnos desarrollaban el trabajo personal en las aulas-taller sin que tuvieran que llevar tareas para casa. Eso no quería decir que no se impartieran las materias incluidas en el curriculum escolar. Se trasmitían con otro método pedagógico, siguiendo las pautas de las aulas-taller en base a una planificación del trabajo partiendo del interés propuesto por el propio alumno. La Escuela disponía, por supuesto, de biblioteca con libros de las asignaturas, diccionarios, enciclopedias y otros materiales que sirviesen de complemento o consulta.

Poco a poco, esas nuevas directrices, junto a una más coherente selección de maestros de Taller, hicieron que la implantación de esta experiencia empezara a funcionar “sin roce alguno”, como dejó constancia Miguel Ángel Ibáñez muchos años después en su libro Des-educación institucional. La raíz de (casi) todos nuestros males.

Grupo de alumnos de La SAFA en 1971. Fotografía: Carlos Rojas.

Crítica y autocrítica

La profesora Carmen Lampaya llegó a la SAFA recién terminada su carrera de Biología en la Universidad Complutense de Madrid. Con todos los ideales intactos, la veinteañera educadora de Ciencias (impartía asignaturas experimentales, Matemáticas, Dibujo técnico…) explica 47 años después algunos de los ejes que hicieron mover el molino educativo de la reforma en Riotinto. “El objetivo fundamental de la Escuela se centraba en el desarrollo del alumno, respetando los ritmos de cada uno, buscando la participación activa de todos en las decisiones del proceso educativo. Esto era un aspecto básico”, señala.

Desde el principio, se fijaron los criterios para mantener vivo y evaluar el proceso de corresponsabilidad escolar entre profesores y alumnos en la marcha del centro. En cada asunto a tratar, lo primero era analizar la realidad que favoreciera el desarrollo integral de la persona; en segundo lugar, se proponían las iniciativas para resolver de forma más adecuada las cuestiones a debate; a continuación, la asamblea fijaba las conclusiones y se establecía un seguimiento de los resultados y se proponían posibles mejoras.

Si el contenido a debate era de índole colectiva, describe Lampaya, tras realizar un análisis de manera individual, el tratamiento pasaba al grupo afectado: sección, curso, delegados, profesorado…y, luego, se tomaba la decisión de forma colectiva.

Para llevar a cabo el cumplimiento de las normas –aceptadas previamente por la mayoría y, por tanto, exigibles con toda la autoridad–, se crearon distintos órganos de trabajo y decisión: equipo de profesores, asamblea de alumnado, asambleas de sección por cursos, tutorías y también un consejo de delegados.

Algunas de las materias que se llevaron a cabo siguiendo este proceso participativo fueron, por citar algunas, la limpieza de las aulas, la organización del comedor, el modelo de evaluación trimestral, la fórmula de elección de tutores y delegados, la escuela de verano, la colaboración de los alumnos de los cursos superiores con los inferiores y, lo último, todo el proceso de defensa y lucha de la Escuela tras anunciar Unión de Explosivos Riotinto su intención de rescindir el contrato con La SAFA. 

La difícil conjugación del verbo molestar

Los intentos infructuosos por parte de la empresa, ante el Provincial de los jesuitas, para sustituir en la dirección de la Escuela a Miguel Ángel Ibáñez por otro religioso y el aviso de traspasar la Escuela al Estado “porque les molestábamos”, en expresión del propio Ibáñez, fueron una etapa convulsa.

Cabeza visible e instigador de toda la operación era Leopoldo Calvo Sotelo, consejero delegado de la sociedad y más tarde presidente del Gobierno. El máximo responsable de la compañía, en una reunión con Miguel Ángel Ibáñez, solicitada para pedir explicaciones, le espetó al promotor de la reforma: “la botella estaba ahí y nadie se atrevía a descorcharla y ha sido usted, padre Ibáñez, el que la ha descorchado”.

En aquella fase crítica también los propios alumnos se involucraron con todas sus fuerzas en defensa de “su escuela”. Conscientes de lo que se jugaban enviaron insistentemente cartas a Calvo Sotelo exigiéndole aclaraciones por las que la compañía pretendía romper su relación con la SAFA.

Ante la falta de respuesta, varios alumnos y alumnas se reunieron en Madrid con Calvo Sotelo. Como no les ofreció solución alguna, y simplemente les despachó con que no se preocuparan porque el nuevo cambio en la dirección de la Escuela implicaría más actividades teatrales, deportivas y conferencias, los jóvenes emisarios, con inusitado desparpajo, emplazaron al consejero delegado proponiéndole que la única conferencia que esperaban en Riotinto era aquella en la que fuera él, en persona, a explicar los motivos por los que la empresa había decidido echar de la Escuela a la Compañía de Jesús. La esperada conferencia nunca llegó a celebrarse y la decisión empresarial se consumó, finalmente.

Muchos años después, al recordar aquellos momentos, el líder de la reforma calificó la operación de “inhumana y canallesca”. Ibáñez interpretó esa forma de actuar “como suele hacer el que tiene el poder y le estorba o molesta algo: arremete con soberbia y mentira sin tener en cuenta el daño que hace a los más pobres”.

Pese a la fuerte oposición popular, Unión de Explosivos Riotinto traspasó la SAFA, de la que era propietario, al Estado. Acababan así tres años, granados, de innovadora y trabajada reforma educativa con una cosecha de profesionales que se sienten orgullosos de su paso por el centro.

Vista general de La SAFA en 1965. Fotografía: Carlos Rojas.

  1. Manuel Aragón Román

    Interesante articulo de una experiencia que cuenta ya con casi 50 años de vida.
    Algo importante debería haber pasado en aquella experiencia para que tantos años después se siga hablando de ella. Fui participe de ella y os puedo asegurar que marcó mi vida para siempre.Mi paso por aquella experiencia supuso un “abrirme los ojos” y buscar las realidades que en una escuela al uso pasan desapercibidas.
    Para llevar a buen puerto esta experiencia se dieron varias conjunciones sin las cuales no habría sido posible llevar a cabo dicha experiencia, a saber Un impulsor de la misma – Miguel Ángel Ibáñez-, un equipo de profesores dispuesto a llevarlas a cabo (prefiero no dar nombre por temor a olvidar a alguno) y un grupo de alumnos dispuestos a probar el cambio.
    Felicidades por sacar a relucir esta experiencia tantos años después.

  2. jose antonio perea.

    Actualmente los métodos de la Escuela de la Safa en Riotinto, son muy avanzados para la mentalidad creada por el sistema. A pesar de los 64 años disfruto cuando estoy con antiguos alumnos y nos damos cuenta que en un sistema capitalista una escuela para la libertad, la formación humana y colectiva, tenían que cargársela y no sólo el sistema también los profesores progre..soes, que jugaban a lo que no creían. Mereció la pena.

  3. leonardo valladares Dguez

    El traspaso y propiedad de Safa al estado no se aclara bien. Tenia entendido, como centros concertados pero de los jesuitas igual que el resto de los centros

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